La patóloga Chapter 32
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Chapter 32

XXXI.

La sala oval estaba vacía cuando sacaron al presidente del ascensor. El nerviosismo era electrizante y todos parecían a punto de cortocircuitarse. Robert detuvo la camilla en mitad de la sala para dar las instrucciones.

—Tenemos de nuestra parte la misma vida del presidente. Nadie osará ponerla en pelig…

— Dorothy y yo abriremos camino. Vosotros nos seguís con ojos y gesto espantado ante la posibilidad de que Donald muera. Cuando estemos a veinte metros de los hombres que guardan la entrada, le tapáis la boca y la nariz como hizo Dorothy antes.

Los dos médicos se miraron uno al otro.

—Yo me ocupo—aseguró Robert.

Los dos guardias se giraron hacia la comitiva que se aproximaba a toda velocidad. Robert iba tapando la boca y la nariz del presidente mientras la máquina que supervisaba sus constantes parecía volverse loca.

—¿Quién es? —se interpuso uno de ellos.

—Compruébalo tú mismo—apartó Dorothy a la directora Murdock.

El presidente estaba blanco como el mármol. Los dos guardias de seguridad se miraron pasmados.

—Este tipo se parece al presidente Turner—se atrevió a decir el más bajito.

—Es que lo es—respondió Hellen.

—Ya, claro. De ruta en camilla por la Gran Casa, ¿no?

—La está palmando, Tom—abrió la boca Dorothy con su habitual delicadeza.

—¡No es el presidente, Dorothy! ¡No puede serlo! Hay protocolos para todo—bramó el que llevaba la voz cantante.

—No lo tengo tan claro—se había acercado el más alto y miraba la cara del presidente a un palmo de distancia. —Con tanto tubo podría ser cualquier vejestorio—lo miraba receloso.

—Quita—lo apartó el más alto para acercar la nariz a la boca del presidente. —Puagggg. Es él, Tom. Su boca huele a culo de mofeta.

—Os lo hemos dicho. Es el presidente y hay que trasladarlo a mi clínica de inmediato.

—¡Joder! ¡Joder! ¡JODERRR! —se puso a dar vueltas como una peonza el más alto mientras se sujetaba la cabeza para que no le explotara.

—¡Me cago en la puta! Esto es un marrón. Un marronazo.

—Está gravísimo, chicos. Podría fallecer ahora mismo mientras os lamentáis—llamó su atención la directora.

—Hay que llamar al coronel Maxwell y pedir instrucciones—gritó uno de ellos agarrando al otro del cuello de la camisa.

—No hay tiempo para eso. Necesito la ambulancia presidencial ahora. Y cuando digo ahora, es ahora mismo—ordenó la doctora.

—¡No podemos dejar que el presidente salga sin un itinerario marcado! —comenzaban a desvariar enloquecidos. —Podría ser secuestrado. Sufrir un atentado.

—O espicharla aquí mismo ante vuestras narices—volvió a hablar clarividente Dorothy.

—¡La ambulancia, ya! Necesita una UCI de inmediato. Mi clínica está a diez minutos.

—Pero…—dudaba el más bajito aún.

—O mi hospital, el Kriopark Center, ahora… o la morgue—vosotros decidís.

Los dos soldados se quedaron mirando al presidente. Desesperados por no saber qué hacer.

—Seguro que, si muere ahora, ante vuestras narices a las puertas de la Casa Blanca, con una ambulancia de tres millones de dólares sin arrancar en el garaje, os ponen la medalla de honor del congreso.

Hay mucho americano que lo quiere bajo tierra—aseveró Robert para sacarlos del trance histérico que no les dejaba dar pie con bola.

—Tom, tiene razón, que se lo lleven. No podemos dejar que la palme en nuestro turno.

— No pido que os desviváis por salvar al presi, todos sabemos que es un capullo, pero dejarlo morir sería traición—dio el último empujón el sargento Robert.

La palabra traición activó a los dos centinelas como si de golpe les hubiera llegado la corriente eléctrica tras un apagón.

—Sargento, doctora, sígannos. Intentemos salvar a la sabandija sin corazón.

La comitiva se precipitó hacia afuera en un revuelo desordenado. Desde la garita de vigilancia norte percibieron el movimiento y el walkie de ambos centinelas se activó:

—Halcón 1, veo movimientos imprevistos en la puerta principal. Solicito información.

—Halcón 1, aquí centinela Alpha. El presidente ha sufrido un accidente. Necesita evacuación inmediata. La doctora Hellen Murdock está al frente de la misma.

—Centinela Alpha. No toques las pelotas con tus chorradas. El presidente Turner está ingresado en el hospital George Washington recuperándose de un molesto cólico. Llevan dos días dando la brasa en CNN.

—Halcón 1, ¿me copias?

—Te copio, membrillo. ¿Qué cojones pasa?

—Coge los prismáticos y mira hacia la entrada.

—Cómo me hagas una peineta te frío a hostias.

—¿Nos ves?

—Veo tu cara de madaleno .

—No dejes de mirar.

Entonces, Centinela 1 agarró al presidente Turner por los hombros y lo incorporó sobre la camilla. A través del walkie de 1800$ y doce kilómetros de alcance se escuchó:

—¡Me cagüen en lo más barrido, Tom! ¡Es el puto Donald Turner!

—Sí, el mismo que viste y calza. Está a punto de palmarla.

—¡No me jodas! ¡Esto es una putada! Mañana me iba de vacaciones, joder.

—Como la palme seguro que no.

— La verdad es que se le ve blanco como la leche. ¿Seguro que aún respira?

—Malamente, pero sí.

—¿Estás seguro de que es necesario evacuarlo? Nos pueden montar un consejo de guerra por secuestro.

—La doctora Murdock opina que puede diñarla en cualquier momento. Yo no pienso quedarme mirando sin hacer nada. Ella es la que sabe de viejos a punto de palmar.

Se hizo un silencio larguísimo a la espera de si Centinela 1 se apartaba y dejaba actuar a la comitiva de salvamento presidencial.

—Como la palme, mi mujer se va a alegrar un montón. Hasta echaríamos un polvo.

El sargento Robert Bonneville se puso al volante. A su lado, Dorothy no pensaba quedarse en la Gran Casa.

—Robert, terminaremos en una prisión de máxima seguridad por un tipo que sabemos que es de cartón mojado.

—Sigue siendo el presidente, Dorothy.

—¿Y ahora qué?

El portón del garaje se abrió. Fuera, los dos centinelas hacían gestos para que Robert se detuviera.

—¿Qué cojones querrán? —sonreía perspicaz sin apartar una de sus manos del arma.

—Espera en la verja de entrada, en cuatro minutos media docena de coches patrulla os escoltarán hasta el Hospital Kriopark. Está a menos de dos kilómetros de aquí.

Robert saludó marcial y cerró la ventanilla para dirigirse a la salida, sólo que no se detuvo a esperar a nadie. No pensaba dejar que un montón de patrullas los rodearan ni loco.

—Echa el freno, sargento. Hay que esperar a la escolta federal—solicitó Dorothy a su lado.

—No esperaremos a nadie.

—Aseguremos el traslado del presidente al hospital de Hellen.

—No vamos a Kriopark. Nos detendrían de inmediato.

—¡Robert! No podremos escapar. Nos encontrarán en minutos.

—No lo creas… Nos vamos a Rhode Island, nadie nos buscará allí por un tiempo.

—Pero…

—¡Hellen! —abrió la trampilla de comunicación con la parte trasera. —En Washington no estamos seguros. Nos vamos a Rhode Island. Allí hay un estupendo hospital en el que atenderán a Donald de maravilla.

—¿Por qué Rhode Island? —interroga Dorothy.

—Porque allí está la subsecretaria de salud de la Casa Blanca.

—¿Nataly Claiborne otra vez?

—Es la única que tiene contactos al mismo nivel que el cabrón del coronel.  Es la subsecretaria del departamento que administra las aspirinas al presidente cuando le duele la cabeza.

Aquella excusa no convencía a Dorothy, ni mucho menos.

Nataly era la recatada zorrita que le había arrebatado a su hombretón perfecto.

Hellen también golpeaba la trampilla vociferando que había que ir a Kriopark, que en el hospital de Rhode Island carecía del poder necesario para manejar todo lo que le viniera en gana.

Pero el sargento Robert Bonneville sabía que eso daba igual, que en cuanto la camilla con el presidente traspasara la puerta de urgencias del hospital que fuera, todas las instalaciones y personal estarían a su entera disposición; y lo que era más importante, debía mantener alejado al coronel Clayton Maxwell del presidente hasta que supiera qué estaba pasado.

¿Por qué tenía al presidente oculto bajo la sala oval?

¿Por qué había llegado a retener bajo llave a Hellen en una zona de la Casa Blanca cerrada por reformas?

Justo en el momento en que la ambulancia salía de Washinton cargando con el presidente, el coronel Clayton Maxwel se despedía de su exmujer con un apasionado beso en los labios.

—Algún día cortaré esta obsesión para siempre, Clayton. Besarte me hace morir un poco cada vez.

—Nuestro amor es inmortal, Aliyaah. Hasta el viernes que viene.