Chapter 31 #5
Baley entró tras Greyson, que quería llevar la voz cantante ante la única persona que parecía dominarlo elevando tan sólo una ceja.
Se acomodaron en dos sillas frente al vasco, un chico enorme y atractivo, de pelo oscuro y ondulado a lo Superman.
Mary agitó una de sus manos llamando a Clarice.
Ella, sin más, obedeció y se colocó a su lado.
—¿Qué opinas de él? —susurró a su oído.
—¿De quién? —dudó Clarice. No sabía si hablaba del presunto asesino de su hija.
—De ese chico del que estaba totalmente enamorada.
Clarice la miró mientras Mary Anne sujetaba su mano. Estaba helada y pese a la serenidad que parecía emanar de ella, temblaba con fuerza contenida. Clarice la apretó con firmeza, en silencio, segura de que aquella mujer no podría soportar aquella presión por mucho tiempo.
—¿Y él de ella?
—Muchísimo.
—¿Está segura?
—Para que el amor sea auténtico debe ser recíproco. Y el de ellos lo era.
—¿Y? —insistió la desesperada madre.
—No fue él, Mary.
Se volvió hacia Clarice, quería ver sus ojos. Dicen que los ojos, cuando las circunstancias son terribles, no mienten. Y todo lo que las rodeaba era terrible.
—¿Estás segura?
—Ahora más que nunca.
—¿Por qué?
—Porque acaba de decir que ese chico la quería de verdad.
Mary soltó el aire contenido por el dolor, como si se hubiera quitado un gigantesco peso de encima.
—Mi marido es incapaz de entender ciertas cosas. Para él, descubriendo quien la mató quedaría el problema resuelto—dijo perdida en el abismo de la amargura. —Pero para mí, en estos momentos, eso no es lo prioritario.
Clarice se quedó a su lado en silencio, aguardando que terminara una confesión tan honda.
—Ahora sé que podrás entenderlo: lo más importante es saber que mi hija no murió a manos de la persona por la que hubiera dado la vida sin pensar.
En el interior de la sala, Eloitz se mantenía impertérrito ante sus interlocutores.
Miraba a la nada, quizá buscando a Anny, como queriendo romper el hechizo de una pesadilla que aún no podía creer.
Las gesticulaciones del padrastro aumentaban en intensidad.
Pero Eloitz no estaba allí sentado, estaba en otro lugar.
Mary, tras revisar el pupitre de mandos, accionó un interruptor justo cuando el padrastro agarraba con fuerza el robusto cuello del vasco:
—Vaya, eres un jodido mastodonte forzudo—pronunció las palabras mirando a Greyson sin inmutarse.
—Greyson, no se te ocurra volverlo a agarrar del cuello—se interpuso brusco el superintendente.
—Aquí dentro tiene sus derechos, joder. Creí que te lo había dejado claro.
Y a ti—miró con dureza al chico—se te agota el tiempo.
El tuyo es un tipo de cáncer que necesita tratamiento inmediato y el dinero que encontramos en la cabaña estará confiscado hasta que se dicte sentencia.
Es una prueba en tu contra muy consistente, y ningún juez permitirá que se toque.
Greyson soltó el cuello del chico con rudeza.
—Espero que ese cáncer no me prive del placer de acabar contigo personalmente—destilaba rabia como un niño al que le han quitado el regalo recién abierto. —Tú no me conoces, pero te aseguro de que antes de que acabe todo esto, me conocerás…
—¡Greg! —sonó, la voz de Mary por los altavoces.
Los ojos de Greg se abrieron acobardados, dirigiendo su foco hacia la puerta por la que ya entraba su esposa.
—Esperadme fuera—ordenó a los dos. —Ya estoy cansada de riñas que no llevan a ninguna parte.
—¡Pero cariño!
—Fuera, Greg—apuntó con el brazo extendido hacia la puerta.
Greg, como un perrito obediente, agachó la cabeza y salió con el rabo entre las piernas.
—Superintendente, por favor—mantuvo el brazo firme hacia la salida.
—Mary, no puedo permitir que se quede sola con este tipo. Entiéndalo. Si le ocurriera algo, arruinaría toda mi carrera.
Mary miró hacia el cristal, con el brazo aún en punta.
—Clarice, por favor.
—¡Pero, Mary! Está usted empeorando la situación. Clarice tampoco tiene derecho a estar en un interrogatorio. Por favor, desista. Regrese a su casa. Nosotros nos ocuparemos.
—¡George! Solo será un minuto. Nos conocemos desde hace más de quince años y jamás le he pedido nada. Por favor.
Un minuto después, mientras Mary y Clarice ocupaban las sillas frente a Eloitz, Greyson abroncaba al superintendente por permitir aquel atropello.
—¿Cómo te encuentras, Eloitz? —preguntó la madre de Anne.
Este la miró con los ojos vidriosos de rabia y dolor.
—Despedazado, Mary.
—Tengo que preguntártelo. He de estar segura. Sé que lo comprenderás—acercó sus ojos a los de él.
—Mary, si no fuera porque he de acabar con el monstruo que me la ha arrebatado, me hubiera arrojado al pozo de su tumba con ella—un infierno ardía en sus ojos.
Mary se incorporó, dio la vuelta a la mesa y lo abrazó con ternura.
—Espero que cuando esto acabe nos sigas visitando de vez en cuando. Lo eras absolutamente todo para ella.
En la salita contigua, Greg daba puñetazos en las paredes ante lo que acababa de presenciar. Pero Mary aún no había dicho la última palabra:
—Greg, sé que me estás escuchando. Vamos a pagar el tratamiento de Eloitz. Mañana mismo lo quiero en el hospital.
Greg propinó semejante puñetazo en la pared que se partió tres huesos.