Chapter 31 #4
—No sé qué pintó aquí, superintendente. Yo sólo—echó mano al bolso para sacar la fotografía que Zac había impreso.
—¿Que qué pinta aquí? Clarice, va a ser la próxima patóloga forense del condado.
Debe conocer todos y cada uno de los mecanismos que conforman una investigación.
Los interrogatorios son fundamentales, y es fundamental que una patóloga sepa qué tipo de información necesita un policía para aferrar, para estrujar a un sospechoso y hacerlo confesar.
Aquí dentro se resuelven la inmensa mayoría de los casos.
—Pero este no es uno de esos casos, superintendente. No ha sido un crimen pasional en el que un amante despechado termina por confesar. Hay un asesino siniestro y bien entrenado detrás de la muerte de Anne.
—Hasta que no pillemos al culpable, no se puede estar seguro de lo que afirma.
Clarice estaba segurísima. Para ella todo era más que evidente: El asesino había disfrutado durante horas. Los daños en el cuerpo de Anne eran fríos, serenos y armónicos para causar la muerte de manera lenta… lentísima. No había pasión en una sola de las heridas. Eso lo vio en un instante.
—¿Has leído el informe, George? —lo tuteó intentando llevarlo a su terreno—. Quien lo hizo la desangró durante horas. Los instrumentos eran finos y cortos, diseñados para alargar el tiempo de sufrimiento al máximo. Está todo en el…
—Clarice, entre—tiró de ella cortando sus palabras—. Quizá se lleve una sorpresa. Hoy le daremos una clase magistral de lo que es una investigación fuera de la morgue. ¿Qué opinas, Greyson? ¿Lograremos hacer carrera de esta chica tan prometedora?
Greyson la repasó de arriba abajo con una mirada que rayaba en la lascivia. Ella casi vomita, sintió ganas de salir corriendo de allí.
—¿Que si estaré encantado de dar las lecciones que sean precisas a esta jovencita tan sugerente?
Siempre es preferible trabajar con una chica guapa que con el vejestorio del bueno de Harold—la sonrisa que se dibujó en sus labios la aterró.
Pero ya estaba dentro, en la boca del lobo, y no tenía escapatoria.
El superintendente Baley, se adelantó hasta la mesa que recorría la pared acristalada para dejar el maletín sobre ella.
—Un Porsche Desing. Uno de los mejores que ha fabricado la firma Wardow. Más de 2.000$—aseguró sacando una carpeta marrón, con la inscripción Anne Miller sobre la tapa.
—¿Es el expediente de mi Anne? —intentó echar mano de él.
—No te lo recomiendo. Las fotos son muy duras incluso para alguien que no la conocía. Greyson, yo de usted me ahorraría el mal trago.
—Déjate de sandeces. La vi en vivo hace menos de una semana.
—Pero ya estaba arreglada, amigo—puso una mano sobre su hombro. —Las fotos que hay aquí dentro son de lo más crudo. No es necesario que las veas—apartó la carpeta a su espalda. Clarice, díselo.
—Señor McGregor. Hay cosas que un allegado no debe ver de las personas a las que quería.
—Lo aguantaré—dijo convencido.
—No lo dudo. Pero ¿para qué romperse aún más el corazón? Esas imágenes son espeluznantes y no importa lo duro y sufrido que se sea.
—Greg, haz caso a la chica—se giraron todos hacia la puerta para ver a una mujer destrozada que aún conservaba un halo de fuerza y valentía.
« Es casi idéntica a Anne », se dijo Clarice al observarla de cerca. La había visto en el entierro, toda de negro, estática, como si la muerte de Anne la hubiera convertido en piedra.
—La acompaño en el sentimiento—se adelantó Baley hacia ella. —Cogeremos al monstruo. Delo por hecho, Mary Anne.
Ella, sin apartar la vista de su marido, asintió. Clarice juzgó en medio segundo la relación que le unía a “ Greg ”. Ella mandaba y él agachaba la cabeza.
—¡Quién es esta señorita? —la miró a los ojos con una fuerza desconocida.
—Clarice Morgan, ayudante de la sección de patología forense—aclaró Baley.
—Me es imposible imaginar por lo que debe de estar pasando en estos momentos, señora. Si necesita cualquier cosa, sepa que estoy para lo que sea.
Mary Anne, en lugar de estrechar la mano que Clarice le ofrecía, se acercó y le dio un sentido abrazo.
—Gracias por enfrentarte a lo que hicieron con mi Anne. Eres muy joven para un trabajo así.
Clarice no supo cómo reaccionar y simplemente aceptó el abrazo.
—Mery, vuelve al coche. Quedamos en que era mejor que te mantuvieras al margen lo máximo posible.
—Greg, fuiste tú quién quedó en eso. Soy su madre y necesito ver a ese chico—se había adelantado hasta el cristal y no le quitaba ojo a Eloitz Basagoiti.
—Pero cariño, no debes torturarte así. Nos ocuparemos de ese malnacido como si de un tumor se tra…
—¡Shhh! —lo hizo callar.
Su marido se acercó a ella por detrás, buscando reconfortarla o reconfortarse a sí mismo.
Percibió claramente que ni en aquella situación tan dolorosa había síntomas de que ella pudiera necesitarlo.
Al sentir los dedos de él en su nuca, lo rehuyó con calma, como si lo hubiera hecho un millón de veces ya.
—¡Greg, no!
A pesar de simular ser fuerte, él se derrumbó ante la paz que emanaba de aquella mujer: ya no podría recibir un palo mayor que el que había sufrido. Pero Greg era un hombre orgulloso y adinerado, convencido de que él podría paliar incluso aquel tipo de dolor que parecía ni entender.
—Baley, hagamos cantar al pichón y acabemos con esto cuanto antes. Espero ver colgado de una soga a ese tal Basagoiti.