La patóloga Chapter 31 #3
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Chapter 31 #3

Zac hizo un par de impresiones en color a máxima resolución que entregó a Ryce. Ella las revisó con detalle.

—Es muy guapa—dijo cogiendo el bolso del sofá.

—No está mal.

Zac seguía sentado en la silla giratoria y la miraba de frente con gesto serio. Ella vio en sus ojos que todo estaba en juego y que volvía a sentirse en el borde del precipicio.

—La encontraremos—aseguró Clarice convencida de lo que decía.

—Han detenido al novio de Anne, ese chico vasco que vive en el bosque de Seekonk.

Estarán entretenidos con él las próximas semanas, sacando toda la mierda que puedan encontrar.

Tenemos tiempo para dar con ella—volvió a revisar la foto de Penélope.

—Gracias—se levantó de la silla y llegó hasta ella para darle un enorme beso en los labios.

—Voy a descubrir al culpable, Zac. La destrozó y no imaginas cuánto. No dejaré que se vaya de rositas.

—Confío en ti. Sé que lo pillarás.

Zac la acompañó al piso superior y a la puerta de salida del apartamento.

Hicieron el recorrido cada uno pensando en lo suyo: Él en la maravilla de mujer que tenía de su lado y ella en lo intimidada que comenzaba a sentirse ante la responsabilidad que tenía con la vida de aquel chico que deseaba como jamás había deseado a nadie antes.

—Estás imponente así vestido—puso Clarice una de sus manos en el pecho de Zac.

—Pero si estoy en pelota picada…

Clarice le guiñó un ojo, sonrió picarona, hasta emocionada, y salió al mundo exterior, ese en el que nada era de color de rosa, pensando que su prioridad había cambiado: « Salvar a Zac va antes que pillar al asesino de Anne ».

No sabía ni cómo ni con quién podría hablar en el cuartel de la policía, pero condujo por la helada carretera, jugándose la vida, hasta la comisaría en la que se llevaba la investigación.

El superintendente no había sido de su agrado: Clarice entendía que alguien con tanto poder y responsabilidad debía mantenerse alejado de las cámaras y no ser el foco de ellas.

Aparcó en una de las plazas de funcionarios; aunque no lo fuera.

« Estoy en misión oficial » se dijo tomando aire antes de entrar.

Y tal y como decía Nataly, lo hizo como se debe hacer en aquellos sitios en los que no sabes lo que te vas a encontrar: “ sin pensar” .

—Tengo que hablar con el superintendente George W. Baley—advirtió al agente se seguridad de la puerta.

—Nombre, señorita.

—Clarice Morgan.

—¿Y cuál es la razón? Si quiere interponer una denuncia, deberá esperar en aquel banco—señaló a su espalda a dos mujeres y un hombre.

—Se trata del caso de Anne Miller. Es muy urgente.

—Rellene este formulario y alguien valorará si es oportuno molestar al super…

—¡¿Clarice Morgan?!—sintió como el superintendente apoyaba una mano en su nuca. —¿A quién buscas aquí dentro?

—A usted—se giró sorprendida.

El superintendente iba acompañado de un cuarentón con mandíbula cuadrada y ojos marrón casi negro. A ella le pareció un chulo de discoteca trajeado.

—Te presento a Clarice. Ayudó al bueno de Harold con la autopsia.

Una chica muy prometedora. Clarice, este es Greyson McGregor, el padrastro de Anne.

Me ha pedido presenciar el interrogatorio de nuestro sospechoso número uno.

Vamos, pasa, te pondremos al otro lado del cristal, en el lado de los buenos, para que puedas ver uno de los puntos más vitales en cualquier investigación.

Si algún día nos vas a ayudar a capturar a los cabrones, tendrás que ir aprendiendo.

La chica viene con nosotros—advirtió al agente que pretendía que rellenara el formulario.

Siguió a los dos hombres, que charlaban como si se conocieran de toda la vida y como si Anne no estuviera enterrada a dos metros de profundidad.

Hizo memoria y lo recordó en el cementerio.

Se mantuvo muy pegado a la madre de Anne que, por el contrario, era un mar de lágrimas.

Greyson McGregor no mostró un solo instante de pesar, y en cuanto el cura finalizó el responso por el alma de la difunta, se separó de la desconsolada madre para hacer una cadena de llamadas en las que parecía organizar algo impostergable.

Luego guardó el móvil y regresó junto a su esposa: « Lo atraparé, Mary.

Y cuando lo tenga, tu podrás decidir cómo acabar con ese cabrón » creyó leer Clarice en sus labios.

Ella sonrió sin vida. Como si creyera que era imposible resarcirse con nada ya.

—Capitán, vengo a interrogar al sospechoso vasco—afirmó Baley ante un tipo bajo y con cara de pocos amigos.

—¿Quién es ella? —inquirió sin quitarle ojo.

—Clarice Morgan, la becaria que ayudo a Harold con la autopsia.

—No puede estar aquí.

—Tiene buen ojo, capitán. Yo me ocupo de tenerla bajo mi ala.

El capitán resopló cabreado. Luego miró al padrastro de Anne.

—Señor McGregor, no puede estar aquí. Regrese junto a su esposa.

McGregor dio un paso al frente y clavó sus ojos en los del capitán.

—Soy el mecenas que ha renovado todo el sistema de vigilancia de esta comisaría. Si no fuera por mis equipos y mis técnicos, podrían atacarles cuatro chicanos de mierda.

—Me importa un carajo, señor McGregor. Está demasiado implicado… Anne vivía en su casa. Vuelva junto a esposa, es donde más falta hace ahora.

Greyson McGregor no tenía intención de ir a ningún lado y pegó aún más su cara a la del capitán.

—Le recordaré que el alcalde y su mujer cenan en mi casa una vez al mes.

Y que pasamos juntos una semana al año en el Caribe en mi yate particular.

Son unos amigos muy cercanos que apreciaban muchísimo a mi hijastra—sonrió diabólico.

—Le aseguro que el alcalde está muy disgustado con lo que ha ocurrido.

Me aseguró en privado que cree que la incompetencia de los servicios de seguridad de la ciudad ha permitido que una chica inteligente y preciosa haya muerto de una forma tan espantosa.

Está francamente molesto con usted, capitán.

Clarice no lograba creer lo que sus ojos veían y lo que sus oídos escuchaban: un civil amenazando al mismísimo capitán de la comandancia en la que estaban.

El capitán echó fuego por los ojos y apretó los dientes hasta casi rompérselos.

No era para menos, el padrastro de Anne era un capullo elitista salido de una cloaca…

el peor de los elitistas posibles, el que está convencido de que es mejor que nadie por haber llegado a la cúspide por sus propios medios.

—No es buena idea. Tengo a todos los muchachos en el caso. Lo encontraremos, señor McGregor.

—Aquí nadie lo encontrará. Conozco de primera mano la incompetencia de este departamento y no estoy tan loco como para dejarlo en sus manos. Yo lo encontraré, se lo he prometido a su madre. Y…

—¿Y…?

—Y ya se verá, capitán.

—¿Qué quiere decir que ya se verá?

Usted es un poli, capitán. Hay cosas que no puede entender.

—¿Qué cosas?

—Que los cabrones que están al margen de la Ley deben morir al margen de ella. ¿Dónde cojones tienen al cabrón que se follaba a Anny? —enfiló hacia el pasillo de la derecha siguiendo las indicaciones de los carteles.

—George, le hago responsable de las catástrofes que provoque ese imbécil. Hay muchos ojos pendientes de este caso.

—Los americanos quieren al asesino y a ser posible fiambre, capitán. Los dos lo sabemos muy bien.

—Podría hacer justicia con un inocente, Baley. Ese hombre hace años que no está en sus cabales. Esa es otra cosa que ambos sabemos.

El superintendente inclinó la cabeza, comprensivo ante unas palabras con las que estaba de acuerdo al 120%.

—Intentaré atarlo en corto. Aunque sabe que Greyson no es fácil de manejar. La que está enterrada bajo tierra es su hija.

—Hijastra—lo corrigió.

—Eso dará igual si llega a dar con quien la mató. Sabe Dios que nadie en este mundo podrá impedir que ocurra lo peor.

—Si Greyson encontrase al asesino o presunto asesino, y le ocurriera algo, me vería obligado a encerrarlo. No es algo de lo que estaría orgulloso, pero la Ley es la misma para todos.

—Si lo encuentra, que Dios se apiade de su alma— Y no se preocupe, ya conoce a Greyson, no dejará una sola pista. Sabe muy bien cómo limpiar la porquería.

—Superintendente, vaya con cuidado. Ese tipo se cree el puto “Patriota”.

El superintendente hizo oídos sordos, pero Clarice captó la advertencia.  Era fiel seguidora de aquella serie que lo único que hacía era amplificar la América más profunda del país.

—¿Está ya el sospechoso en la sala de interrogatorios?

—Lleva más de una hora encerrado, tal y como ordenó.

—Bien, habrá tenido tiempo más que suficiente para pensar y ablandarse. A ese capullo le convendría confesar… Ahí fuera, con el chiflado de Greyson tras él, ni el mismo Señor podría garantizar su seguridad.

El capitán puso cara de querer echar las tripas…

como si el bocado de mierda que se estuviera preparando en su propia cocina fuera imposible de tragar.

Miró a Clarice. En sus ojos había consternación: un capitán de la policía era tan sólo un engranaje más al servicio de un poder superior.

Uno sin demasiado valor en casos como aquel.

Llegaron a una puerta con un cartel. “Sala uno”.

Clarice supuso que se trataba de la sala de interrogatorios principal.

Baley la abrió y el padrastro de Anne entró como si él fuera el jefe y Baley parte de su servicio personal.

Clarice se quedó en el marco, sin saber si debía entrar o no: ella sólo quería que la policía buscara a la chica de la foto que llevaba en el bolso, la chica que podría confirmar que Zac no había tenido nada que ver con el crimen.

Y no había nada en ese momento que deseara tanto como confirmar que ese chico que había sorbido sus neuronas en cinco segundos era inocente: « Clarice, sabes que no fue Zac, y no necesitas confirmarlo.

Pero asegurar que no se vea envuelto en esto es lo más importante del mundo ahora mismo ».

—¿A qué esperas? Pasa, Clarice—la instó a entrar a la sala contigua a la de interrogatorios.