Chapter 31 #2
Clarice no respondió, sólo volvió a mirar al techo como si fuera el espacio interestelar.
—Lo piensas y te avergüenzas de lo que acabamos de hacer—tiró de su mentón para que lo mirase.
« Una podría perderse para siempre en esos ojos verdes », se dice segura de que no fue él.
—Si lo pensara, jamás de los jamases me hubieras puesto un solo dedo encima, Zac.
No me avergüenzo, sólo que yo no soy así.
No me acuesto con cualquiera a las primeras de cambio; y por favor, no me malinterpretes.
No eres ningún cualquiera; pero podrías tener muchos problemas en las próximas semanas y quien esté a tu lado podría vivir un infierno.
Y no estoy segura de poder pasar por algo así. Ya tengo bastante encima.
—Creo que lo entiendo.
« ¡Cómo que creo! ¡A Anne la despellejaron viva y a los patólogos nos enseñan a reconocer la cantidad de dolor que una persona ha sufrido de camino a la muerte, joder! »,
—Todo esto está siendo demasiado, Zacary. A Anne le hicieron muchísimo daño. No podría ni describir cuánto.
Zac comprendió que se refería a todo lo que habría tenido que ver y sufrir ante el cuerpo de Anne.
—Creo que ver ciertas cosas, como el cadáver de Anne, te matan un poco por dentro.
Clarice desvió la mirada hacia Zac, cuyos ojos se concentraban en alguna galaxia del techo mientras el irresistible aroma de sus feromonas la invadía de nuevo.
« Cada segundo que pases a su lado te volverá más adicta a él y luego te resultará más difícil apartarte »—pensó fijándose en el mohín de tristeza que aparecía en sus labios.
« Es dulce y sabe entender a los demás », acarició su cara con dulzura.
—Hay momentos en los que se necesita saber que eres tú misma a pesar de que la locura esté llamando a tu puerta… Que sigues viva y en este mundo.
—Puedo asegurar que estás muy viva, Ryce —la nombró por el diminutivo con el que la llamaría ya siempre. Y es normal que creas volverte loca, yo estoy igual. Siento lo mismo que tú.
—No estoy tan segura.
—Si sientes que el mundo se ha convertido en un manicomio y que este sótano es lo único que se ha salvado, te pasa lo mismo que a mí—la miró con una suave sonrisa en los labios.
« Me está engatusando como a una tonta. No dejes que te la líe, Clarice. Estás corriendo demasiado. Párale los pies, por Dios ».
—No soporto que me adulen cuando estoy jodida, Zac. Esa es la primera lección que debes aprender si quieres que no te mande a paseo.
« ¿Es esto pararle los pies? ».
—¿Alguna otra lección importante que deba tener en cuenta si quiero seguir metiéndome entre tus piernas?
Clarice lo miró perpleja.
«¿Por qué tras una grosería semejante no quiero arrancarle la cabeza de los hombros? ¿Por qué en una situación totalmente descontrolada sigo escuchándolo? Joder, se supone que soy lo bastante inteligente como para no caer en tretas tan simplonas ».
—Sí. Una trascendental: bromear cuando no toca es de imbéciles. Y odio a los imbéciles.
—Perdón. No creas que soy un irresponsable que no sabe en la que está metido.
Pero hace dos horas estaba muy muy jodido.
Sólo podía pensar en la suerte que tenía de que no hubiera pena de muerte en este estado.
Te juro que cuando llamaste a la puerta estaba al borde del suicidio.
Creí que pasarías de la nota que te hice llegar…
pero estas aquí, convencida de que no lo hice, y ahora mismo siento que, contigo a mi lado, puedo con todo.
De veras, Ryce, veo luz desde el fondo del pozo al que me han arrojado.
—No creo que haya cambiado nada para que veas ninguna luz, Zac.
—Lo has cambiado todo, Ryce. Tú me crees y, además, te tengo de mi lado.
Su respuesta oprimió el alma de Clarice, pero esta vez para bien. Y la hizo creer aún más en él. Además, ese muchacho capaz de entrar con su ordenador en cualquier sucursal bancaria había entrado en ella y de una manera increíblemente placentera.
—No tengo escondida ninguna varita mágica. Tienes que comprender que no tengo ningún poder de influencia. Yo no hago milagros.
Zac miró al techo, con una sonrisa de esperanza pintada en sus labios.
—Ya veremos si puedes o no hacerlos—tomó su mano con esa fuerza del que cree que todo es posible.
Unas horas más tarde, Clarice se despertó agitada.
Se sentía al borde del abismo: no lograba entender unos sentimientos que se desbordaban en su interior y que la hacían ser como nunca había sido.
Por un lado, se avergonzaba de haber sido una fresca y por otro se alegraba de haberlo sido.
Cuando Nataly supiera que había practicado el aquí te pillo aquí te mato se reiría, la besaría y la abofetearía por ser un putón verbenero por fin.
Pero había algo en el alma de Clarice que hacía retumbar su corazón con miedo, y sentía que era el temor a que todo aquel desbordamiento de pasión desapareciera porque Zac terminara entre rejas.
« Estoy acojonada por si fracaso en dar con el culpable», lo entendió de golpe.
—Me voy—se incorporó como si la hubieran pinchado.
—¿Te vas?
—Sí, tengo que pensar en todo esto. No ha sido nada profesional lo que acaba de suceder, Zachary —dejó de tutearlo.
—No puedes.
—Sí que puedo y me voy—buscó las bragas y se las puso.
—Si aun no has visto lo que quería que vieras.
—Tercer punto que debes saber sobre mí para no cagarla: Odio a los cansinos que nunca terminan de aclararte las cosas. La vida es corta, Zac.
—Pues ven—se levantó de un salto con la pichurra girando como un molino al viento.
Tenía un trasero pequeño, respingón y limpio de pelajos . No estaba mal para un informático de laboratorio. Se acercó al escritorio, saltó por encima del respaldo de la silla (con una agilidad alucinante) y cayó sentado.
—Mira, ven. Vamos, no te quedes ahí pasmada—tocó el ratón para que todas las pantallas se accionaran.
En las tres apareció la cara de una chica: castaña, de pelo ondulado, melena por los hombros y ojos color marrón. No tendría más de 20 o 22 años.
—¿Quién es?
—No lo sé. Es lo que hay que averiguar.
—¿Por qué quieres encontrarla?
—Porque es la chica con la que estuve la noche que Anne murió.
—¿Estuviste con una chica de la que no sabes ni su nombre?
—Recuerdo el nombre que me dio… pero he lanzado más de veinte veces el algoritmo personal de búsqueda de Google que diseñé el verano pasado y no he obtenido resultados. Creo que me entró con un nombre falso.
Clarice sintió que Zac era un puzle imposible de desentrañar.
Se sentó a horcajadas sobre sus piernas recordando las palabras que siempre le decía Nataly cuando entraba en modo mosquita muerta: « Estoy deseando que encuentres al macho que saque la zorra que llevas dentro.
Un Dios que te folle como los Dioses »; y mucho se temía que había dado con él.
Desde el mismo instante en que Zac apareció en el despacho del decano Colton Maddox, aconsejándole que dejara de ver tanto porno, supo que el macho que Nataly auguraba que se cruzaría en su camino había por fin aparecido de la nada.
—¿Y cómo dijo llamarse la vacaburra esa? —besó su frente.
—No era ninguna vacaburra. Es más, no estaba nada mal—aunque no me acuerdo de nada. Creo que iba bastante pasado.
Clarice miró las pantallas:
—Vale, no está mal según con quién la compares, claro.
—Dijo que se llamaba Penélope.
—Desde luego no es común, pero de ahí a ser falso…—metió un mechón del cabello de Zac tras una de sus orejas.
—Ryce, fue una noche muy rara.
—¿En qué sentido?
—Como si hubiera caído en una jodida película porno.
Anne, que jamás me había dirigido la palabra, se acerca a la barra y me susurra algo al oído y se larga, dejándome como un pasmarote.
Y cinco minutos después la tal Penélope, haciéndose la encontradiza, me invita a una copa.
A los tipos como yo no nos ocurren esas cosas.
—¿Qué cosas?
—Que dos tías buenas nos entren en menos de cinco minutos.
En los días transcurridos desde el despacho del decano, Clarice había sucumbido a la tentación de espiar las redes de Zacary y había averiguado que era el adonis con el que soñaban casi todas las féminas de informática.
No eran muchas, pero todas le seguían y le mandaban likes y corazones con total desparpajo.
—Sé que eres el destroyer de la facultad de informática. Que muchas babean por este cuerpazo esmirriado que te gastas—flipa Clarice consigo misma al parecerse más a una buscona que a ella misma.
«¿ Me estaré volviendo humana, una putinga de cabaret, como decía Nat que me pasaría algún día? », se preguntó sin poder controlar sus revoltosas hormonas y apoyando los brazos sobre los hombros de Zac.
—El nivel en informática no es para tirar cohetes. Ya sabes: “En el país de los ciegos, el tuerto es el rey”.
—No sé los demás, pero tú eres un hacker de gama alta, de eso estoy convencida—dice provocadora.
Zac siente que la cosa se empieza a caldear mucho ahí abajo.
—Es importante encontrarla, Ryce. Quizá puedas hablar con alguno de los polis que llevan la investigación: tienen bancos de datos inmensos a los que no me he atrevido a acceder. Aún. Entrar en un ordenador federal son tantos años como cargarse a alguien.
Clarice se puso seria con sumo esfuerzo. Ser una degenerada inconsciente, con alguien que te mola, tiene su aquel.
—Dices que se presentó como Penélope. ¿Y su apellido?
—No lo dijo ni se lo pregunté, eran las dos de la mañana y la peña iba muy pasada ya.
—Eso no es gran cosa—dice pensativa.
—Bueno, y que se parece mucho a esta chica. Te haré unas copias en color. Mira a ver si seduces a algún poli al que le haya dejado la parienta para que haga una búsqueda en su sistema.
—Ok, aunque no prometo nada. Allí soy una total desconocida.
—Tendrás que usar tus armas de mujer, son muy efectivas.
Clarice lo atravesó con una de sus miradas asesinas. Jamás nadie le había dicho que tuviera armas de mujer, la que tenía bazookas y bombas nucleares era Nat; pero le gustó más de lo que hubiera imaginado.