Chapter 31
XXX.
Escalera de descenso al Bunker de Zachary.
A Clarice se le encogió el alma al ver las escaleras que bajaban al sótano de la última persona que había visto con vida a Anne Miller. Zac abrió la puerta y miró hacia abajo:
—¿En serio que colaboras con la bofia en la investigación?
« ¡Si sólo soy una becaria, tío! No flipes. — pensó con el alma en un puño sin saber que diantres hacía allí, mirando una escalera cochambrosa junto a un tipo que podría ser un asesino.
—Por supuesto—decidió seguirle el rollo sintiendo que se estaba metiendo en la boca del lobo sin poder evitarlo. —Soy la primera becaria que colabora en un caso de asesinato en los últimos cuarenta años—mintió para dar credibilidad a algo que no se creía ni ella misma.
—De acuerdo. Quiero que veas algo— Se apoyó contra la pared pasando los brazos por encima de los hombros de Clarice. —Está ahí abajo.
« ¡Mierda! Este tío huele a las mil maravillas en las distancias cortas. Como no me separe de él ahora mismo voy a caer como una tonta. ¡Clarice, deja de mirarle con esta cara de atontada y reponte! ».
—¿Ahí abajo? —se apartó un poco hacia un lado. Pero Zac volvió a apoderarse de su espacio como un halcón que sobrevuela su presa.
—Sí. Ahí abajo, Clarice.
« Madre mía, esos ojos podrían derretir los polos ».
—¿No tendrás otros cadáveres ahí enterrados? —bromeó intentando decidir si bajar o salir corriendo. « Dios, cómo puede oler así de bien la mezcla de su desodorante con las secreciones naturales que destila. Un tío que huele así, que mira como mira… no puede haber matado a Anne ni a nadie ».
Pero ya era demasiado tarde para escapar de su irresistible efluvio y de esos ojos que la atraían al fondo del abismo, como los cantos de las sirenas a los marineros.
—El suelo de es de hormigón armado. Más de medio metro—dijo sin quitarle los ojos de encima.
Clarice tragó saliva bajo las alas de ese ¿ángel o demonio? Esa era la cuestión. ¿Cómo estar segura?
—Sabes que eres la última persona que vio a Anne con vida, ¿verdad? —siguió resistiéndose.
—Error, Clarice. No fui la última; hubo alguien después.
—¿Quién? —quedó paralizada, no sabía si por el aroma de los Dioses que se filtraba por su nariz o por la incertidumbre que había tras aquella afirmación.
—La que la asesinó.
Clarice cerró los ojos, pidió a Dios que no estuviera metiendo la pata por última vez y respondió:
—No sé por qué, pero te creo. Deben de habérseme fundido los plomos en algún momento esta mañana—comenzó el descenso con un temblor que la recorría de pies a cabeza.
—Vas a alucinar—dijo él a su espalda. —Nadie ha visto antes mis auténticos dominios.
El sótano era mucho más grande de lo que Clarice había previsto desde lo alto de la escalera.
Las paredes estaban forradas de madera noble bien pulida sobre la que decenas de baldas sostenían decenas, quizá cientos de cajitas imposibles de contar.
La estancia olía suave y fresca, a madera húmeda y a ambientador de frutas del bosque.
No a cajón de zapatos malolientes como era de esperar de un informático hackeador de notas académicas y Dios sabe qué más.
Clarice se quedó mirando una de las paredes con cajitas.
—Son cajas de música. Llevo desde niño coleccionándolas.
Clarice extendió la mano y abrió la que tenía más cerca, una caja rectangular de madera de abedul con un pájaro grabado en su tapa.
Zac la cogió y la colocó sobre la palma de su mano, ante la cara de su invitada, y accionó un invisible resorte trasero.
Inmediatamente un pequeño pajarillo, de plumaje multicolor, se alzó de su interior y comenzó a girar mientras un vibrante trino se derramaba por toda la estancia.
—Es de una firma francesa, Bontems. Este pajarillo se hizo a mano en 1891 y es una de las réplicas de ruiseñor japonés más fieles a la realidad que existe. Lo encontré en la basura y lo restauré yo mismo. La gente no sabe lo que tira.
—¿Cuánto puede valer?
—En Ebay lo podría vender por seis mil dólares en treinta segundos.
Clarice dirigió la mirada al fondo a la derecha.
Allí brillaba con infinidad de lucecitas led el que supuso que era su ordenador de delitos informáticos.
Tres pantallas enormes envolvían el puesto de trabajo en el que seguramente pasaría muchísimas horas.
Luego miró a Zachary. Lo revisó de arriba abajo, confusa, sin entender qué podía tener que ver esa especie de trasbordador espacial de colorines que alumbraba sicodélicamente la estancia con aquellas cajitas musicales, que a saber lo que podían costar.
—¿Son todas así de caras?
—Sólo unas pocas valen tanto. La mayoría se pueden comprar en un chino.
Sobre las pantallas de ordenador, un grabado encuadrado en luz led verde rezaba: “ Distintas cerraduras necesitan para abrirse diferentes llaves ”. Clarice lo conocía; aunque para ella suponía algo diferente.
—Es un proverbio chino que todo hacker debe tener siempre presente—aclaró poniéndose a su lado.
—Lo conocía. Supongo que toda patóloga lo debe tener también siempre presente.
Zac la miró con asombro, maravillado de que aquella jovencita, que apenas le llegaba a los hombros, pudiera encontrar utilidad a esa cita en el oficio que comenzaba a practicar.
—Quiere decir que cada problema que surge en la vida tiene su forma específica de solucionarse. ¿Qué cerraduras se encuentra una patóloga en una sala de autopsias? —soltó interesado.
—Cada asesino es una cerradura que hay que desentrañar. Incluso más que una cerradura, es una caja fuerte. Tenemos que buscar la forma de abrirla para capturarlo—Zac sonrió con la diversión del niño que aprende un nuevo juego.
Clarice lo miró agitada, muy agitada. Diría que palpitante. Aquel chico era desgarbado y apuesto al mismo tiempo. Un tipo específico en sí mismo. « Alguien que sonríe tan francamente no puede haber matado a nadie ».
El rincón contrario al de la mesa de hackeo estaba ocupado por un enorme sillón Togo de color amarillo limón.
En el suelo, a su derecha, un revistero guardaba en su interior un único libro.
Se acercó, lo cogió y se sentó en el Togo intentando aplacar la sangre que corría por sus venas vertiginosamente.
Clarice era un flan en mitad de un terremoto de grado siete.
—¿El Arte de la Guerra? —leyó la portada.
—Sí, el arte de la guerra—confirmó él.
—¿Por qué?
—¿Por qué me interesa?
Clarice cabeceó afirmativamente.
—Porque paradójicamente, en él, un general militar desentraña cómo ganar una guerra teniendo presente que la mejor victoria es aquella en la que no existe la batalla.
Un militar que hace más de dos mil años llegó a la conclusión de que la astucia debe prevalecer sobre la fuerza bruta.
Un tipo que sabía lo que era la guerra y que la relegaba al último recurso.
Es tremendamente útil tenerlo presente en esta vida.
—¿Por qué en esta vida? Ese libro, tal y como has dicho, tiene 2.500 años.
—Esta vida no es otra cosa que una sucesión de batallas—afirmó de manera irrefutable.
« Es ordenado, colecciona cajas de música, piensa con claridad, sabe lo que es la vida y aprecia la paz: no puede ser un asesino, eso seguro». Se convenció definitivamente Clarice.
—Yo también lo he leído. Y estoy de acuerdo con él. Aunque la primera biblia de la patología forense es de Song Ci.
Zac recorrió en un plis la estancia hasta la mesa de hackeo y sacó un libro de uno de los cajones. Luego, como hubiera hecho un amigo de toda la vida o (“un novio”) se sentó a su lado.
—Mira—se lo ofreció.
Clarice se quedó totalmente alucinada: era una copia del tratado del siglo XIII que escribió Song Ci en el que describía los principios de investigación sistemática de cualquier muerte sospechosa.
—¿Por qué?
—Porque soy sospecho de una muerte que no cometí y quiero descubrir quién lo hizo. Creo que no hay nadie en este mundo, salvo sus padres, que desee más que yo dar con el cabrón que la mató.
La serenidad de Zachary era atrayente, pero su pasión era embriagadora.
—¿Por qué yo? —preguntó Clarice con los libros en el regazo.
—¿Porque estás metida en esto tanto como yo?
—Sabes que no es cierto, Zachary. ¿Por qué me has convocado?
Zachary se incorporó y se puso en cuclillas frente a ella. Muy cerca. Con la mirada clavada en lo más hondo de Clarice. Ella sintió que le latía el corazón como una manada entera de potros salvajes.
—No me importa lo que piense el superintendente al que sacudí el puñetazo. Ni los compañeros del colegio, ni nadie en este mundo.
—¿Y?
—Que contigo no me ocurre igual. No soporto que creas, ni por un segundo, que he podido ser yo.
Su olor la atenazaba y sus ojos la atraían. Clarice le besó irremediablemente… Y, en ese instante, supo que no había sido él, y que ya jamás podrían separarse.
El revolcón fue todo fuego y desesperación, esa que dos desconocidos sienten bajo el temor de no saber qué pasará al día siguiente. Cuando finalizó, Clarice se quedó mirando al techo, sólo grabando en su memoria la agitación del goce que había sentido.
—¿Qué piensas? —la miraba Zachary sin terminar de creerse que dos volcanes pudieran explotar simultáneamente sin desaparecer.
—Qué no olvidaré esto nunca.
—Ni yo; aunque para no olvidar algo, lo mejor es repetirlo—torció el gesto temeroso de haber metido la pata.
—No me provoques… Que ahora mismo sólo tengo ganas de romper algo.
—Si quieres puedes pegarme—ofreció un hombro.
—Esto que ha ocurrido puede convertirse en un problema muy grave.
—Todos tenemos infinidad de problemas, hasta que la policía comienza a perseguirte por asesinato, te lo aseguro.
Clarice lo miró con el gesto más apaciguado. Era cierto que sus problemas estaban a un nivel mucho más elevado que el habérselo montado con el sospechoso de un crimen.
—No debería haber ocurrido esto. Quiero que lo entiendas.
—Ha sido todo demasiado precipitado. ¿Es eso?
—No sólo eso, Zac. Entiende que tener un lío con alguien sospechoso de asesinato es lo último que una chica debería hacer.
—¿Aún crees que pude haber sido yo?