Chapter 30
XXIX.
Cada vez que Clarice tenía que empujar las puertas batientes de la sala de autopsias del anatómico forense de Rhode Island, su integridad mental sufría un nuevo arañazo.
Y en ocasiones como la que aguardaba tras las puertas esta vez, ese arañazo se convertía en un zarpazo que desgarraba algo de su misma alma.
Había atravesado el corredor mirando al suelo; siempre que había niños sobre las camillas de aluminio debía acorazarse contra la visión de unos padres desesperados que siempre estaban ahí, muertos por dentro, aunque vivos para el resto del mundo.
Sus ojos, vacíos de todo menos de la esperanza de un milagro, arrebataban la vida de quienes los miraban de frente, o al menos era lo que Clarice sentía siempre.
En una ocasión, hacía ya más de cinco años, una madre la sujetó de los brazos tirando hacia ella.
En su mirada perdida sólo encontró la desesperación y el brillo de la mayor de las esperanzas, la del milagro que le devolviera la vida a su pequeña
—El estado del crío es tremendo—dijo la voz del policía apostado a la entrada de la sala de autopsias.
—¿Los padres podrán…? —dejó el final de la pregunta en el aire.
—Me temo que no. Por lo que me dijo uno de los compañeros que acudió al lugar, yo no dejaría que su madre lo viera, doctora.
—Pues asegúrese de ello, por favor.
Aquello era lo peor, ella era madre y sólo de imaginar no poder despedirse de su Zachary por una razón como aquella, atenazaba su cuerpo y su alma. Tomó aire y atravesó las puertas batientes.
La camilla estaba justo en el centro. Hacía frío, como siempre, aunque sabía que pronto se le pasaría: su trabajo no consistía en picar carbón a 600mts de profundidad, pero agotaba tanto o más, de eso se dio cuenta el día que colaboró en su primera autopsia.
Se puso la bata blanca, los guantes de nitrilo desechables, los cubre zapatos, el gorro y la mascarilla quirúrgica.
Luego, tras cerrar unos segundos los ojos, se acercó a la camilla.
A su derecha, sobre una pequeña mesa alta, se distribuía el instrumental básico.
Se santiguó, accionó la grabadora y retiró la sábana con delicadeza.
Por la complexión y altura, estimó que no tendría más de doce años.
Su cabeza estaba tan dañada que ni sus familiares más allegados podrían reconocerlo ahora. Levantó la ficha y leyó el nombre.
—Al menos no sufriste, Eric—observó horrorizada su estado.
—Cuello partido, mandíbula desgajada y colgante y cráneo aplastado.
El pecho estaba hundido. Todo el tronco superior y la cabeza presentaban terribles laceraciones, se habían desprendido parte de la carne de costillas, hombros, cara…
La cantidad y profundidad de las lesiones eran totalmente incompatibles con la vida desde el minuto uno.
Sólo en una ocasión Clarice había visto algo parecido: el suicidio de una niña de catorce años que se arrojó desde el piso 17. El velatorio en aquella ocasión, como lo sería ahora, fue a féretro cerrado.
—¡Agente! ¿Puede pasar?
Uno de los agentes asomó la cabeza con los ojos abiertos como platos. Era evidente que no tenía intención de ver nada de lo que allí dentro acontecía.
—Dígame, doctora.
—En la ficha no dice nada. ¿Ha sido un atropello?
—Sí. Un coche grande y negro. Se dio a la fuga. Los compañeros vomitaron cuando llegaron al lugar. Nadie pudo hacer nada por el chico.
—¿Alguna cosa más que deba saber?
—Por lo que he oído, no había marcas de frenada en el lugar. El chico voló más de 50 metros antes de estamparse contra un muro.
—Las lesiones son espeluznantes e incompatibles con la vida. Ese coche debía de ir a gran velocidad.
—Por lo que ha dicho una testigo octogenaria, el coche era grande, y alto.
Dice que un vecino tuvo uno igual en los años 80, pero no sabe el modelo.
El chico tenía doce años, por lo que el golpe se lo llevó en la parte alta del tronco y la cabeza; no he visto al chaval, pero los compañeros de tráfico dijeron que había quedado irreconocible.
Si me da media hora, puedo conseguirle el atestado que los peritos han tenido que levantar en el lugar del accidente.
—Si es que ha sido un accidente—puntualizó Clarice.
—¿Hago un par de llamadas? Si me da su móvil hago que se lo envíen por WhatsApp. Las primeras impresiones de los agentes que llegan al lugar suelen ser vitales.
—No hará falta. Con lo que me ha confirmado tengo suficiente. Muchas gracias, agente.
—Estaré aquí fuera por si necesitara algo—advirtió cerrando la puerta antes de que Clarice pudiera decir nada.
La causa de la muerte era más que evidente: un atropello con fuga…
Y sería el operativo policial puesto en marcha el encargado de localizar al conductor y de determinar si el atropello había sido intencionado o no, ambas posibilidades cabían en aquel momento.
Clarice simplemente aportaría ciertas conclusiones sobre la intencionalidad tras analizar los daños causados en el cuerpo.
Se acercó al cajón de la repisa de la derecha y lo abrió.
Las etiquetas de necroidentificación, con su cordel anudado, se guardaban en una caja de madera.
Extrajo una y copió el nombre del chico “Eric Rice”, la edad, y el motivo del fallecimiento.
Luego, acariciando el empeine derecho de Eric, la anudó al dedo gordo mientras el alma se le desgarraba una vez más.
Lo limpió con sumo cuidado e inició el reconocimiento exhaustivo de cualquier marca, señal o cicatriz antigua que debería incluir en el informe junto con los daños causados por el atropello.
Media hora después, cuando había relatado a la grabadora todas las lesiones que encontró, sacó su móvil y fotografió una marca de nacimiento muy característica, que no había visto antes: un lunar con forma de trébol de cuatro hojas casi perfecto.
Luego lo mandó vía bluetooth al portátil de la pequeña oficina colindante.
Cuando hubo finalizado, se quitó los guantes, la mascarilla y demás elementos y los arrojó con desidia al cubo de la basura situado a sus pies.
Le costaba respirar y sabía que no volvería a ser la misma: nunca lo era cuando un niño moría.
Rezó un Ave María por el alma de Eric mientras pensaba: « Si hay otro mundo, espero conocerte en él ». Luego tomó una de sus manos y la besó.
Dejó el cuerpo sobre la camilla y entró en la mini oficina. Introdujo sus credenciales en el sistema, buscó en la carpeta de descargas la foto del lunar y la imprimió a máxima resolución. La revisó con atención y salió con ella en las manos.
—Agente, no permita que lo vean—desvió la mirada hacia el fondo del pasillo donde un hombre y una mujer de no más de cuarenta años permanecían sentados y abrazados entre sollozos.
—Querrán verlo. Asegurarse de que es su hijo.
Los padres sólo pueden aceptar la muerte de un hijo si lo ven con sus propios ojos.
Pero no permita que entren. Tome—le ofreció la fotografía del lunar.
—El chico está completamente desfigurado.
Cuando no aguanten más sin verlo, que será pronto, muéstreles la fotografía de esta marca de nacimiento: la reconocerán y sabrán que es su hijo.
Adiós —se alejó por el pasillo sin esperar respuesta del policía.