Chapter 29 #3
—Robert, hay aminoácidos esenciales que debo controlar: histidina, isoleucina, lisina, metiomina, triptófano…
una carencia de cualquiera de ellos podría ser determinante para que no despertara jamás.
Hablo de moléculas sumamente importantes para el buen funcionamiento de la psique; y debemos estar seguros de que están en los niveles correctos o corregir las desviaciones si es que existen.
Hay que sacarlo de aquí ya. Estoy atada de pies y manos en esta cueva sin medios.
Ha sido un milagro que haya sobrevivido hasta ahora—rozó con sus dedos la cara del presidente.
Dorothy se había acercado y tenía los ojos y la boca tan abiertos que parecía que no podría volver a cerrarlos.
—Robert—dijo cuando pudo cerrar la boca.
—¿Qué?
—Es Donald Turner.
—Lo sé. Calla, que estoy pensando.
Todos miraban a Robert, que en lo más hondo de su ser sabía que Hellen tenía toda la razón. Dorothy tomó la mano de su soldado favorito para sacarlo de unos pensamientos que no le gustaban nada. Y, obligándole a mirarla, preguntó en un susurro:
—¿No estarás pensando en serio en raptar al presidente?
—Le dije a Maxwell que había que trasladarlo a mi clínica. Posee todos los avances para garantizar las máximas probabilidades de supervivencia para un caso como este. Pero no me hizo caso. Asegura que él es quien decide qué es lo mejor para el presidente.
Dorothy, no nos queda otra. Es el presidente y nos necesita más que nunca.
—Pero…
—La doctora Murdock es la especialista. Si ella lo dice… yo la creo, Dorothy. Hay que sacarlo de aquí, lo sabes tan bien como yo. Mira, lleva horas así y podría empeorar mientras nos quedamos sin hacer nada.
Dorothy calmó el gesto. Le hubiera gustado darle una buena bofetada, como el día que le dijo que estaba enamorado de la subsecretaria y que sus escarceos amorosos habían llegado a su fin.
Le hubiera gritado “paleto”, “descerebrado”, y otro porrón de groserías por estar dispuesto a meterse en un lío del que no podría salir y por arrastrarla a ella con él.
Pero se dio cuenta de que, si colaboraba en aquella locura, lo hacía por ella misma y no por los restos calcinados de lo que tuvo con aquel soldado por el que bebió vientos y tempestades.
Se acercó hasta el tipo de la camilla con la esperanza de que todo aquello no fuera más que una puta pesadilla terrible y absurda. Era él. Estaba dormido, pero su cara de diablo guasón y salido seguía ahí.
—¿Donald? —le susurró agachándose hasta su oído. —¿Puede oírme?
—¿Qué hace? Está inconsciente—habló la doctora a su espalda.
El presidente no respondió a Dorothy y Dorothy no lo hizo con Hellen.
—¿Qué piensas, Do? —se plantó ante ella Robert.
—En darme media vuelta y salir corriendo porque dos locos quieren secuestrar al presidente Donald Turner.
—Pero no lo harás. Quieres tanto como yo a tu país.
Ella centró sus ojos en los de Robert con dulzura.
—No tanto, Robert. Pero sí lo suficiente.
Robert sonrió de oreja a oreja y la abrazó con fuerza.
—Estaba seguro de que no me fallarías.
—No lo hago por ti, pringao . Lo hago por el gilipollas—giró la cabeza hacia el gilipollas tumbado en la camilla que parecía sonreír a la puta muerte en sueños. —Cómo lo odio, joder.
—Todos lo odiamos, Do. Pero es lo que ha elegido este jodido país.
Hellen contempló la escena con los pelos de punta: el presidente, por muy capullo que fuera, era su responsabilidad y no podía fallar o terminaría fregando suelos, en el mejor de los casos, o bajo tierra según palabras de Maxwell.
—Tortolitos, ahora que estamos todos de acuerdo, hay que hacer lo más difícil, sacar de aquí al capullo. ¿Se le ocurre algo a alguien?
Dorothy se acercó al presidente y, cogiendo el cojín sobre el que apoyaba la cabeza, se lo puso sobre la cara. Inmediatamente las constantes del presidente se aceleraron.
—¡¿Qué haces?! —la apartó Robert.
—Buscar una puta salida.
—Lo queremos vivo, Do.
—Ya lo sé… Pero ya la has oído—se refería a Hellen. —Maxwell no lo dejará salir salvo que su vida corra auténtico peligro. Debemos convencerlo de que no hay más opción. Hellen, quizá tengamos que encerrarte de nuevo.
—De eso nada.
—Si Maxwell está aquí, irá a buscarte y debe encontrarte encerrada.
—No pienso encerrarme voluntariamente, Dorothy. Ni muerta.
Robert intervino.
—Esperemos que no haga falta. Maxwell estará en su ático del St. Regis.
Su exesposa le tiene sorbido el seso. Cree que nadie lo sabe, pero es el secreto peor guardado de la Gran Casa.
Hasta el presidente Turner le ha dicho mil veces que estar enamorado de una ex es lo peor para la salud mental.
No regresará hasta las cinco de la tarde.
El coronel es de costumbres más que marciales.
Cena con su ex. Luego pasa la noche con ella y por la mañana, tras desayunar en la habitación se dan un paseo a lo largo del Potomac, hasta el restaurante Dar el Kaid, donde se meten un festín de comida marroquí (ella es marroquí, por si no lo sabíais).
A las cuatro y media en punto de la tarde, la deja personalmente en su pisito de la avenida Calvert y regresa al trabajo puntualmente a las cinco.
Es todo el tiempo libre que se toma durante la semana.
Su único hijo murió durante el operativo de caza de una célula integrista hace ya más de veinte años.
—¿Era policía? —se interesó Hellen.
—Las malas lenguas dicen que dirigía la célula y que su padre fue quien ordenó la desarticulación del comando.
Durante el operativo, la célula entera se inmoló.
No hubo supervivientes. El coronel sólo pudo enterrar porciones del chico.
Ya nunca volvió a ser el mismo. Pero nadie sabe realmente si hay algo de cierto en todo eso.
—Do. Dale—se tapó la boca y la nariz Robert, mirando al presidente para que Dorothy procediera con la asfixia.
La doctora Hellen se interpuso.
—Será mejor que lo haga yo. Apenas han pasado 24 horas desde el trasplante y su estado es crítico.