La patóloga Chapter 29 #2
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Chapter 29 #2

Acorralada contra la pared, Hellen dejó caer el candelabro a sus pies. Era evidente que no le serviría de nada.

—La salud del presidente Tunner está a mi cargo. No puedo decirle más. Es un soldado. Debería entenderlo.

—Señora. Por favor—puso ambas manos contra la pared encerrándola entre ellas.

Ella comenzó a temblar como una hoja. Podría partirle el cuello sin ningún esfuerzo.

—No sabría decirle, soldado. Su estado, en estos momentos, es demasiado crítico para saberlo.

Robert relajó el gesto y, apartando las manos de la pared, rozó con el dorso de una de ellas la cara de la doctora para mostrarle que estaban en el mismo bando. Que su propósito era el mismo.

—Hablamos de la vida de mi presidente, Hellen.

Soy uno de sus guardaespaldas y mi deber es el mismo que el suyo: mantenerlo con vida.

Ahora debe confiar en mí. Aún no sé qué pinta usted en todo esto, pero intuyo que es quien ha logrado que el presidente aún esté “semivivo”—dijo tras pensarlo un instante.

Hellen volvió la cara con desconfianza. Llevaba más de seis horas encerrada entre aquellas paredes y su cerebro le decía que no podía confiar en nadie. Y mucho menos en nadie que trabajara para Maxwell.

—¿Cómo quiere que confíe en usted? Estoy secuestrada desde hace horas y mi vida depende de la del presidente… Y ahora mismo nadie sabe si volverá a despertar o no. ¡Sólo quiero salir de aquí! —elevó la voz histérica.

—Shhh—la amordazó con una de sus manos Robert.

—Por favor. Hágame caso y no levante la voz o nos descubrirán.

La comprendo. Sé que está muerta de miedo, pero debe mantener los nervios controlados o tendré que dejarla sin sentido.

¿Ha entendido lo que le digo, señora? —clavó sus ojos en los de ella. —Pestañee una vez para decir que sí.

Hellen lo hizo.

—De acuerdo. La voy a soltar y usted no va a gritar. ¿Entendido?

Hellen volvió a pestañear una vez más.

—Ahora va a seguirme sin decir una sola palabra. Nos vamos de aquí—tomó una de sus manos y tiró de ella hacia la puerta.

—¡Noooo! —gritó en voz baja zafándose del soldado.

—Hellen. Hay que salir de aquí. Y ahora mismo.

—¿Estás loco? Si huyo agravaré mi situación.

—Siento tener que decirle que su situación no podría ser peor. Maxwell está loco, usted lo vio con sus propios ojos. Todos lo vimos. Nadie sabe qué se le pasa por la cabeza.

—Debo proteger al presidente. Si muere… —quedó en silencio sin atreverse a continuar.

—¿Si muere qué, Hellen?

—Maxwell me matará. Lo sé. Me lo dijo justo antes de encerrarme.

—Y no lo dudo. Es un jodido perturbado que ya ha intentado matar a la subsecretaria de Salud.

—¿A la señorita Claiborne? —se llevó las manos a la boca, apabullada por el pavor.

—No quiero asustarla más de lo que ya está, Hellen. Pero el coronel suele cumplir lo que dice. Debemos irnos ahora mismo. Podría aparecer en cualquier momento.

Hellen levantó los ojos del suelo y los ató a los del soldado. Su mirada decía que preferiría seguirlo al centro del infierno antes que quedarse allí. Imaginar al diablo puede ser más terrorífico que verlo.

—¿Nos vamos? —extendió una mano ante ella.

Ella la tomó, como si fuera la única rama delante del precipicio más alto, consciente de que ya no la soltaría hasta salir de allí, si es que lo lograban.

—Necesito un pintalabios y un pañuelo.

—Mi bolso está sobre la mesilla—señaló con rapidez.

Robert esparció el contenido y cogió el pintalabios. Luego sacó un pañuelo de papel y escribió algo en él.

—Salgamos de aquí cagando ostias, Hellen. No mire atrás. Sólo manténgase pegada a mí.

Dos minutos después estaban ante la primera cámara. El piloto estaba en verde y Robert levantó el pañuelo para ponerlo frente a ella. No sabía si era Dorothy quien se encontraba al otro lado, pero no iba a dejarla tirada.

«EN TRES MINUTOS EN LA SALA OVAL. VUELA»

El piloto se puso en rojo y Robert salió disparado tirando de Hellen, con una enorme sonrisa en la boca.

Su ángel de la guarda seguía ahí. Un minuto después estaban en la sala Oval.

Las cámaras que la controlaban estaban en rojo.

La sala presidencial era un fortín infranqueable desde el exterior por los sistemas de inhibición.

Nadie los observaba desde fuera. Digamos que, por unos instantes, habían desaparecido del mundo.

Pero Robert, nervioso, sabía que otros sistemas se habrían encendido ya en algún lugar del exterior.

Hellen lo observaba pasarse las manos por la cabeza, por ese pelo rasurado al dos, mientras miraba el reloj militar.

Supo enseguida que ni en la sala más protegida del mundo estaban a salvo.

—¡Vamos, Dorothy! ¡Vamos! —volvió a mirar una y otra vez el reloj mientras recorría la sala entre rugidos de rabia. —¡Ya han pasado los tres minutos, Dorothy! ¡Joder!

—Tranquilícese, soldado. Seguro que sea quien sea aparece en cualquier momento. Por cierto, no me ha dicho su nombre.

Robert volvió a revisar el reloj y luego a la subdirectora, saliendo del trance.

—Soy el sargento Robert Bonneville. Y discúlpeme. Supongo que la estoy poniendo aún más nerviosa de lo que debe estar. Pero aquí corremos peligro. El circuito cerrado de televisión de esta sala sólo se desconecta para la reunión del estado mayor, y queda registrado.

—Así que saben que estamos aquí.

—No pueden saberlo. Esta sala es un bunker. Un agujero negro. Pero saben que algo no va bien. Ahora mismo hay militares en camino. Nos vamos, Hellen. No podemos esperar más—dio dos pasos y cogió una de las manos de la doctora con rudeza.

—¡Seguro que ya me estabas echando de menos! —Dorothy hizo girar la cabeza de los dos hacia la puerta

Un gesto de alivio se reflejó en la cara de Robert, que volvió a revisar el reloj a toda velocidad.

—Te dije que tres minutos… y han pasado cinco, joder.

—Tenía que empolvarme la nariz. No sabía el tipo de fiesta a la que me habías invitado, ni si los convocados eran ricachones acomodados ante los que no te puedes presentar hecha una calamidad —torció la sonrisa socarrona. —¿Y ahora qué?

—Ahora cogemos el ascensor.

—Eso es muy peligroso, Robert. Está a tres corredores de aquí.

—No hablo de ese ascensor. Hablo de este—apartó la estantería de libros sobre el cuadro de George Washington hacia un lado. —Solo cuatro personas conocen su existencia. Tú eres la quinta.

—¡Qué gran honor! Por cierto, ¿no correrá peligro mi vida por saber este secreto de nada menos que la sala presidencial? Porque si es el caso, debería aplastarte las pelotas antes de morir.

Hellen era una de las cuatro personas, ahora cinco, que conocía la existencia del ascensor. Lo había utilizado unas horas antes. Pero temía volver a bajar al lugar en el que su vida había cambiado para siempre.

—No podemos bajar ahí. Sería meternos en la boca del lobo—reculó hacia atrás.

—Hellen, esta es una de las tres entradas a la clínica. No se preocupe. Podremos escapar de forma más sencilla una vez dentro.

Hellen lo miró; y luego a Dorothy. Las manos le temblaban de pánico. Era evidente que no creía una sola palabra de lo que acababa de afirmar el soldado.

—¡Perdonad! Un segundo. Que veo que soy la última en enterarme de las cosas. ¿A dónde lleva ese ascensor?

—Sube y lo verás—respondió Robert ya con la puerta abierta.

—Las casas del terror y las cuevas misteriosas dejaron de interesarme hace muchos años. ¿A dónde baja, Robert?

—Tienes que verlo con tus propios ojos. Es demasiado largo de explicar. Sube. Y usted, doctora. El tiempo se agota. Si nos encuentran aquí, acabaremos nuestros días en Sing Sing.

Dorothy se quedó a cuadros cuando la puerta se abrió tras el descenso. Había sido un viaje corto, pero el mundo que surgió antes sus ojos parecía el de una nave espacial.

—¿Qué es esto? —quedó paralizada.

Fue Hellen la que salió del ascensor como si aquella nave la hubiera fabricado con sus propias manos.

—Esta es la sala de crioconservación presidencial. Hasta el último detalle lo proyecté yo misma.

Un hombre y una mujer con batas blancas y mascarilla permanecían sentados uno a cada lado de la camilla sobre la que descansaba un cuerpo lleno de sensores de control.

—¡Robert! ¡¿No me jodas que es el presidente?!

—Pues no te jodo—salió Robert tras Hellen.

—¿Y entonces quién es?

—El Presi, ¿quién si no?

—¡Mierda! Me acabas de decir que no lo es, Robert.

—Te acabo de decir que no te jodo.

Dorothy no era de las que se impresionaban por cualquier cosa, pero los sensores, máquinas, pitidos y lucecitas que registraban el estado del tipo que estaba sobre la camilla no eran moco de pavo.

Observó a Hellen acercarse y abrir los párpados del tipo recostado para observar sus pupilas.

Luego le pellizcó bajo la axila, una de las zonas más sensibles al dolor… pero aquel tipo no se inmutó.

—Sigue catatónico, doctora Murdock—susurró uno de los enfermeros al oído de la doctora.

Hellen abrió la boca del tipo que debía ser el presidente, aunque Dorothy no terminaba de creérselo y revisó su laringe.

—Segrega mucosa… puede ser un buen síntoma.

—Sargento. El presidente debe ser conducido a mi clínica de criogénesis .

Está a una hora en ambulancia. Allí dispongo de la maquinaria y los laboratorios necesarios para saber si su cerebro está o no despertando.

Es imprescindible extraer muestras de su médula y analizar las concentraciones de su líquido cefalorraquídeo.

Aquí no tengo los medios necesarios. Podría estar muriendo y no lo sabríamos.

—¿Está segura de que es recomendable moverlo en su estado?

Hellen atravesó a los dos vigilantes con la mirada.

—Sus constantes parecen fuertes— revisó la presión arterial y el pulso.

—Físicamente está bien, doctora. Lleva más de dos horas totalmente estable. Sin cambios.