Chapter 29
XXVIII.
La lluvia golpeaba el cristal de la garita de la Casa Blanca paralela a Pennsylvania Avenue.
Robert Bonneville avanzó dejando que la luz mortecina que salía del interior resaltara la cicatriz de su hombro; esa que le recordaba a Mozambique y a los cuatro generales del ejército que murieron en aquella choza en la que violaban mujeres y niñas antes de dispararles en la cabeza.
Frente a él, Travis, el vigilante al que el ejército había rechazado por ser "demasiado volcánico", lo miraba con una mezcla de respeto y fervor religioso.
Para Travis, Robert no era un sargento; era una leyenda que partía cuellos como quien prepara la cena de Acción de Gracias.
—Olvidé dar el parte al cabrón de Maxwell —soltó Robert con naturalidad, manteniendo un tono cómplice.
—Para eso está el teléfono, sargento —replicó Travis desde el interior de la garita de vigilancia.
—Hay partes que no pueden emitirse por radio, soldado —le soltó Robert con un guiño cargado de secretos.
Travis asintió con una suave sonrisa en los labios, convencido de que formaba parte de una élite invisible que protegía la Gran Casa.
Luego franqueó el paso a Robert. Este avanzó por el recinto, saludando con la cabeza a dos soldados más con la parsimonia de quien camina por el jardín de su casa.
Sin embargo, al llegar a la puerta principal el tablero de ajedrez se complicó: dos centinelas de mandíbula cuadrada le cerraron el paso. No eran unos imberbes novatos.
—Sargento, hay órdenes de no dejar pasar a nadie —dijo uno, firme como el granito.
—Vengo por Maxwell.
—Seguimos sus órdenes. Y sus órdenes son claras: nadie entra y nadie sale.
El aire se volvió denso. Robert calculaba la distancia hasta sus gargantas cuando el sonido de unos tacones precipitados rompió la formación. Dorothy apareció a la carrera, con el teléfono pegado a la oreja y el rostro encendido.
—Coronel Maxwell, estoy en la puerta principal —decía ella con urgencia—. Sí, señor. El sargento Bonneville está aquí. Por supuesto, coronel. En diez minutos estamos allí.
Colgó y fulminó a los guardias con la mirada.
—Chicos, el jefe lo está esperando. Sargento, sígame—ordenó Dorothy.
—Pero. Las órdenes… —intenta oponerse uno de ellos.
—¿Las órdenes de quién? ¿Del putx pirado de Maxwell? —agitó el móvil ante los ojos desconcertados del soldado. —Está hecho un satanás. No quisiera estar en el pellejo del sargento—dirigió una mirada de circunstancias a Robert.
—Joder. Vale. Espero que no nos estés jodiendo.
—Aquí el único que puede joder es Maxwell, cabeza de chorlito. Y tú, mueve el puto culo. A saber, qué demonios has hecho—le sacudió un manotazo en la cabeza.
—Servir a mi patria.
—Joder, Robert. Aquí no se sirve a la patria… se sirve al puto Maxwell. Te lo he dicho mil veces. Venga. Vamos. Que esta vez te vas a cagar, chico de oro.
Los guardias se hicieron a un lado. Robert la siguió por el pasillo, manteniendo el paso hasta que doblaron la esquina hacia una zona sin cámaras. En cuanto estuvieron solos, la tomó por los brazos y la pegó a la pared.
—No me jodas que me estás traicionando, Dorothy —susurró con la voz rota por la desconfianza sujetándola con fuerza.
Dorothy volvió a sentir su aliento, la fuerza indómita que la dominó durante casi un año entero y contra la que le era imposible resistirse.
Como relámpagos, los recuerdos la volvieron a abrasar por dentro mientras la invadían antiguas sensaciones que creía ya controladas.
« Me sigo muriendo por este pollo. Si es que no aprenderé nunca», se dijo a sí misma.
« Reponte. Que es un capullo. No lo olvides por muy cañón que esté. Ya perdiste la cabeza por él una vez» .
Haciendo acopio de toda su voluntad le plantó cara.
—¿Qué dices, mi exsoldadito favorito? ¿Te has vuelto idiota o qué? —se soltó con un bufido de indignación que no estuvo segura de si disimuló, o no, el impulso primario que la había invadido.
—Entonces, ¿con quién demonios hablabas? —Robert giraba la cabeza a ambos lados vigilando que no aparecieran moros en la costa.
« Joder, me sigue poniendo un montón. Me doy pena. DIOSSS qué bien huelen esas putas feromonas que genera ».
—Pues con mi madre, ¿con quién si no? —respondió segura de que se le estaba subiendo el rubor a las mejillas. —Y aparta, que hueles a choto.
« A choto irresistible que te llevarías a una isla desierta para ti sola, claro ».
Robert exhaló un suspiro que no sabía que estaba reteniendo y la abrazó por los hombros, un gesto de puro alivio.
—Las manitas fuera, Playboy —le espetó ella, aunque no se apartó del todo—. Me abandonaste por la subsecretaria Nataly, y eso no te lo perdonaré en la vida por muy cañón que estés.
—O sea, ¿que ya he dejado de ponerte? —bromeó él, buscando una normalidad que no existía.
—Me sigues poniendo un montón, capullo. Pero tus perfectas manos ya no volverán a frotar este trasero.
Tenemos problemas mayores —su tono volvió a ser gélido—.
La directora Hellen Murdock sigue encerrada en la planta alta.
Más concretamente en el ala en obras. ¿Quién coño es esa doctora? ¿Y por qué la han encerrado en ese ala?
Robert se tensó. El ala en obras estaba cerrada a todo el mundo, incluso al servicio más antiguo. Era territorio en sombras. Si Maxwell tenía a Murdock allí “retenida", podía significar casi cualquier cosa. Incluso que la vida del mismo presidente corriera serio peligro.
Tengo que llegar hasta ella y no quiero una puta ensalada de tiros. Ve a la sala de cámaras y guíame. Subiré por la escalera norte. Según vaya avanzando, desconecta la cámara que tenga delante. Así sabré que puedo avanzar.
—¿Y cómo sabrás que la he desconectado?
—Por la luz. Cambiará de verde a rojo. Vamos.
Dorothy lo retuvo del brazo. Su corazón era un cañón disparando a toda velocidad.
Los oídos le pitaban y su mente, llevada por el presentimiento de que su vida se iría por el váter si cedía, le gritaba: « Estabas loca por él, Dorothy.
Muy muy loca. Lo hubieras hecho todo por uno de sus putos besos en el cuello.
Pero ahora ya no hay nada. Para el puto carro ».
—¿Esto es traición, Robert?
—Todo lo contrario. Debemos proteger al presidente.
—¡Robert! No me mientas.
—Te lo juro. En menos de veinte minutos lo entenderás todo. Confía en mí. Me conoces mejor que nadie aquí dentro. Mi prioridad siempre ha sido la vida de mi presidente. Eso es inmutable.
—Desde que conociste a la subsecretaria no lo tengo tan claro.
« Qué cabrona. Siempre ha sabido leerme a la perfección. Ni yo sé cuál es mi prioridad ahora. Ni jodida idea ».
—Aquí corremos peligro, Dothy. Sabes que jamás haría nada que perjudicara a las personas que quiero. Y a ti te querré siempre. Lo sabes.
Un escalofrío recorrió su cuerpo de arriba abajo.
Lo conocía, y sabía que eso era verdad al cien por cien.
Por un instante se relajó, convenciéndose de que aquella locura de la que iba a formar parte era necesaria, sólo porque el sargento Bonneville se lo decía.
Luego se tensó, clavando la mirada en el hombre que tanto había querido, « aunque ahora prefiera el culo escuchimizado de esa sosa de Nataly, sigue mereciendo la pena morir por el azul verdoso de esos ojos ».
—Esta llave abre todas las puertas. Sólo hay dos en toda la Casa Blanca. Ni el presidente tiene una.
—Sigues siendo la mejor—la besó en la frente.
—¡Robert! —lo llamó cuando se alejaba.
—No me jodas tanto la vida como para que luego no merezca la pena.
—¿Recuerdas mi frase favorita?
—Si hay vida, se puede arreglar—dijeron los dos al mismo tiempo.
Él se escabulló hacia las escaleras, « sigue siendo la mejor ». Ella, hacia la sala de cámaras, «soy una imbécil».
Dos minutos después, la cámara que cubría el inicio del primer tramo de escaleras cambió de verde a rojo. El sargento sonrió, antes de iniciar el ascenso como un gato montés: « No hay otra como ella. Ni de coña la hay ».
Siguiendo los intervalos de pilotos luminosos (verdes y rojos) y sorteando compañeros con sonrisas serias y miradas bajas, llegó a la escalera que ascendía hacia su objetivo.
Sin pensarlo dos veces, subió los dos últimos tramos de escaleras.
Las luces que iba encontrando estaban en rojo.
«¡Qué grande es esta chica! Un perímetro en negro total », pensó sin dejar de subir escaleras como un deportista profesional.
Al abrir la puerta de la habitación, se encontró a la doctora. Sujetaba un candelabro en alto y sus ojos centelleaban de terror.
—¡¿Quién es usted?!—gritó llevada por el pánico.
—El único gilipollas que hay en la Casa Blanca con la suficiente falta de cabeza para arriesgar su vida.
Ella lo miró llena de pavor. El candelabro era demasiado pesado y su pánico tan intenso que parecía incapaz de sujetarlo.
—El coronel me ha encerrado y tú cumples sus órdenes—lo miró asustada como un cachorro indefenso.
—La primera afirmación es correcta, la segunda no, señora.
Ella dudó. Estaba encerrada en una habitación de un ala en obras de la puta Casa Blanca y Robert era un soldado a las órdenes de Maxwell. Ya había visto lo que ese monstruo era capaz de hacer descerrajando un tiro en la cabeza del chico.
—Nadie desobedece a Maxwell—fijó en Robert una mirada escrutadora y asustada.
—Ya le dije que soy el único gilipollas que encontrará por aquí. Y ahora tengo que hacerle una pregunta, Hellen.
La doctora bajó el candelabro. A fin de cuentas, sabía que no le serviría para nada contra un soldado entrenado como el que tenía delante.
—¿Qué necesita saber?
—¿Está vivo o está muerto?
Hellen volvió a levantar el candelabro al percibir que se refería al presidente. No sabía qué pretendía, pero cabía la posibilidad de que intentara matarlo. La Casa Blanca se había convertido en un manicomio en las últimas 24 horas.
—Aún no sé si eres un gilipollas o un loco.
—Seguramente sea un gilipollas que está loco—dio un nuevo paso al frente.
—¿Por qué quiere saber eso, soldado?
—Responda a mi pregunta. ¿Está vivo o muerto? —dio un paso más hacia ella.