La patóloga Chapter 28 #3
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Chapter 28 #3

—Porque la “abu” dijo ayer que, cuando papá salga del hospital lo enterraremos en el bosque, junto a la cascada de Hunts Mill, y que allí echará raíces y estará para siempre con nosotros.

Clarice se quedó petrificada ante aquellas palabras que la llevaron de los sueños y evocaciones del pasado a la fría y terrible realidad del presente.

—La abu sólo quería que supieras que tu papá siempre estará cerca y que jamás te abandonará, por muchos años que pasen. ¿Y sabes por qué? —se agachó Nataly hasta quedar a la altura del niño.

—¿Por qué?

—Porque las raíces de todo lo que te quiere tu papá son más grande y más profundas que las del árbol más grande y viejo del mundo.

—No sabía que papá me quisiera con las raíces.

Nataly lo miró y lo abrazó con una sonrisa cargada de ternura.

—Las raíces de los árboles no se ven, pero están ahí. ¿Cierto? —preguntó al pequeño que la miraba como si fuera Santa Claus en Navidad.

—Cierto—soltó con los ojos llenos de curiosidad.

—Pues el alma, que es con lo que queremos, es igual. Está enterrada en nuestro interior—puso su mano sobre el pecho de Zac. —Aquí dentro. En el corazón.

—¿En serio?

—Y tan en serio. ¿Cuándo ves a tu padre los domingos no sientes algo aquí dentro, como una presión?

Zac puso su manita sobre la de Nataly pensativo. Intentando rememorar el último encuentro con su padre.

—Ahora que lo dices, sí que me dan como calambres y escalofríos cuando veo a papá en el hospital.

—Esa es tu alma, que se revuelve de alegría. ¿Ahora lo entiendes?

—Creo que sí. El alma, que no se ve, está hecha de raíces. Está en el pecho y por eso nos entierran cuando morimos, para que las raíces vivan para siempre.

Tras soltar aquello, Zac miró a las dos mujeres y, dando media vuelta, se fue por donde había llegado. En ese momento, el busca de Clarice vibró acompañado de dos pitidos.

—Es del anatómico.

—Pero ¿estás trabajando? Creí que estarías de baja familiar por Zachary.

—Ojalá pudiera. Hay demasiadas facturas acumuladas en la mesilla de mi cuarto. Ya ni entran. Los gastos médicos hace tiempo que los cubren los sucesivos préstamos que he tenido que firmar. Te parecerá que soy un monstruo, pero en ocasiones deseo que todo acabe para dejar de venderlo todo.

Nataly se acercó hasta ella.

—Mi dinero es tu dinero, Clarice. Lo sabes.

—No podría devolvértelo. Estoy totalmente arruinada.

—Quizá algún día. Además, no es por ti, es por Zachary y por el pequeñajo que acaba de hacerme reír como hacía mucho tiempo que no me reía.

Te haré una transferencia en cuanto me des un número de cuenta y luego, cuando todo acabe, hablaremos de las deudas que tengo contigo, que seguro que ascienden a bastante más.

Y ven, dame un abrazo—la estrechó contra su pecho.

Clarice se aferró con fuerza, las lágrimas se acumulaban ardientes en sus ojos, imposibles de contener. Nunca aceptaría ese dinero, pero saber que su amiga estaba ahí la llenó de una paz que creía que nunca volvería a sentir. El busca volvió a pitar, esta vez con mayor insistencia.

—Perdona—se separó y leyó la pequeña pantalla. « Llego en veinte minutos » dijo al pequeño aparato antes de volvérselo a meter en el bolsillo.

—¿Es urgente?

—Sí. He de irme.

—¿Qué ha pasado?

—Es de la dirección general. Un crimen, casi seguro. Te recomiendo dar una vuelta por el bosque. Ese sendero es una buena ruta. Tiene más de ciento cincuenta kilómetros y está perfectamente señalizado. No te perderás.

—¡150kms! ¡Santo Dios!

—Puedes dar la vuelta cuando quieras. No hace falta que lo acabes. Si lo sigues recto, a seis kilómetros entrarás en el estado de Massachusetts.

—Daré una vuelta y practicaré un poco con el arco. Con un poco de suerte traigo la cena—bromeó haciendo que disparaba al bosque.

—Llévate a Zac, él conoce muy bien el terreno. Es una brújula andante, ha salido a mí. Sabes que siempre sé dónde está el norte, como los patos, cua-cua.

Clarice se despidió dejándola con la taza en las manos. Escuchó cómo le decía a Zac que luego tendría que llevar a Nataly al bosque y enseñarle cómo llegar a la cabaña del vasco. Y que ella le enseñaría a tirar con arco.

La última frase produjo un enorme bullicio en el interior.

—¿Podré disparar con arco? ¿En serio, mami?

—Si te portas bien con Nat y la obedeces en todo, por supuesto. Ve con Nat y no te separes de ella. No conoce el bosque. Acuérdate de cómo te perdiste cuando tenías tres años.

—No me perdí, mami.

—Ya, pero nos diste un susto de muerte.

—Yaaa.

Clarice asomó la cabeza por la puerta y se despidió con una sonrisa.

—Gracias por todo. De verdad. Y no te separes de Zachary o te perderás. Que naciste sin brújula, acuérdate.

—Si, si—puso los ojos en blanco—Para eso te tenía a ti.

Se lanzaron besos recíprocos y Clarice desapareció ajena al asesino que escudriñaba, a través del follaje, a sus dos presas más deseadas: Nataly y el renacuajo que correteaba a su alrededor en aquella apartada casa.

« Ese pequeño será la guinda perfecta del pastel », pensó Edmundo arrancando el Oldsmobile mientras la sangre volaba de excitación en sus venas.