La patóloga Chapter 28 #2
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Chapter 28 #2

Clarice estaba allí, apoyada en la barandilla de madera.

Vestía apenas un jersey fino. Sus manos rodeaban una taza de lo que parecía café humeante.

No se movió al oír la puerta; permanecía estática, escrutando la profundidad de la arboleda como si buscara una respuesta entre los robles.

Nat supo de inmediato en qué pensaba: estaba calculando el tiempo que le quedaba al amor de su vida.

Sabía que era poco… Semanas, quizá solo días, antes de que el cáncer terminara de reclamar a Zac.

—Te vas a congelar aquí fuera, Clarice —dijo Nat, colocándose a su lado.

Su amiga no desvió la mirada del horizonte. Un pequeño temblor recorría sus hombros, pero su rostro era una máscara de mármol.

—Necesito sentirme viva —murmuró Clarice, y su aliento formó una pequeña nube blanca—.

Este frío es lo único que lo logra ahora mismo.

Me he vuelto de piedra, insensible a todo...

como si la fatalidad me hubiera anestesiado.

Es como si no existiera nada que no sea la habitación de la UCI y el cuerpo decrépito de Zac.

Pero el bosque aún está ahí. El sufrimiento no ha logrado borrarlo aún.

Hizo una pausa y, por fin, movió los ojos hacia la pequeña mesa de hierro junto a ella.

—Sírvete un café. Está cargado y muy caliente—se refería a un termo de aluminio.

Nat se acercó por detrás. En lugar de coger la bebida, apoyó con delicadeza la cabeza en el hombro de su amiga.

Sintió la rigidez de sus músculos, la tensión de una mujer que sostiene el cielo para que no aplaste a su familia.

Sabía que Clarice sufría lo indecible viendo cómo su mundo se desvanecía sin poder hacer nada para evitarlo.

—Estoy contigo. No te soltaré —susurró.

Clarice dejó escapar un suspiro entrecortado que rompió su compostura por un instante.

Acurrucó su cara contra la cabeza de Nat y cerró los ojos con fuerza.

En mitad de aquel escenario de frío cortante y paisaje forestal, el contacto humano generó un calor reconfortante, un ancla en mitad de la tormenta.

El frío seguía invadiendo el cuerpo de Nat.

Finalmente se separó de Clarice, cogió el termo con las manos ya heladas y se sirvió un café largo.

Se acercó el borde de la taza a los labios y el reparador vapor le acarició el rostro…

pero sus ojos, al igual que los de Clarice, se quedaron clavados en la espesura del bosque, donde parecía que la muerte estuviese esperando agazapada entre las sombras.

No lo sabían, pero así era. Estaba allí, escondida en silencio, entre la floresta y el ulular de los búhos.

Se llamaba Edmundo, y hacía menos de una hora que había eliminado a su primer objetivo.

Nataly dio un sorbo al café. Estaba amargo, casi quemado, pero el calor descendiendo por su garganta fue lo único que evitó que sus dientes empezaran a castañetear.

Se quedaron un rato así, en un silencio que solo el bosque de Seekonk sabía gestionar: el crujido de una rama lejana, el aleteo de un pájaro invisible y el pulso sordo de una casa que agonizaba por dentro.

—¿Recuerdas aquel verano en Cape Cod? —preguntó Clarice sin apartar la vista de los árboles—. El año que nos prestó aquel Jeep destartalado el tipo de la gasolinera, que después te persiguió durante meses. Estuvo realmente obsesionado por tus huesos.

Nat sonrió de medio lado: su expresión era agridulce.

—Cómo olvidarlo. Aquel fin de semana casi me cuesta un disgusto. Marcos creía que por prestarme aquel coche cochambroso yo se lo iba a agradecer tumbada con las piernas abiertas.

—Era un salido de esos que siempre te rondaban.

—Sí, uno muy perturbador. Temí que estuviera loco. Recuerda que seis meses antes fue lo de Anne Miller. Te juro que creí que pudo haber sido él, y además Anne se parecía bastante a mí.

—Sólo en el físico. Tú eras un putón verbenero y Anne una monjita beata—dijo Clarice.

Ambas sonrieron, contenidas por el terrible desenlace que tuvo la vida de la chica. Ninguna de las dos la conocía, salvo por las ocasiones en las que se habían cruzado en el campus.

—No se logró atrapar a quién la mató—mencionó dolida Clarice. —Podría decirse que fue mi primer caso. Mi mentor me dijo que el primer caso sin resolver jamás se olvida. Que es el que más noches en vela causa.

Nataly observaba a su amiga caer en el bucle del recuerdo y del dolor.

—Ya dije que Marcos me daba repelús. Que hasta me quitó el sueño más de un mes.

—A mí nunca me lo dijiste.

—Sabes cómo era en aquel entonces.

—Claro que lo sé. Te creías una Mata Hari que podía dominar a cualquier hombre.

—Sí. Y como buena Mata Hari, jamás hubiera reconocido que un tío me quitaba el sueño.

—¿Y cómo te lo quitaste de encima?

—Tengo entendido que un buen día se quemó una mano y en el hospital conoció a otra desgraciada a la que dar la barrila. Fue una suerte que el capullo fumara mientras llenaba depósitos en el surtidor.

Ambas recordaron el pasado y sonrieron agarrándose las manos con fuerza.

—Recuerdo a la perfección aquel fin de semana en la playa. Nos creíamos las mejores del mundo. Y que el mundo se acababa donde terminaba la arena de la playa. Teníamos diecinueve años.

—Éramos como dos cachorrillas que pisan la arena por primera vez. Locas de atar y sin rumbo que seguir, porque todas las direcciones nos parecían igual de buenas—dijo Clarice.

—No éramos invencibles, pero a mí me lo parecía—aseguró Nataly con una sonrisa evocadora.

—Invencibles… Qué palabra tan estúpida. Ahora me conformaría con ser, no sé, funcional.

Siento que me he convertido en una espectadora de mi propia tragedia, Nat.

Veo a Zac Junior en la cocina y me pregunto cuánto de esto recordará.

¿Recordará a su padre leyéndole cuentos o solo el olor a hospital?

Dicen que hay olores que ni el Alzheimer es capaz de borrar.

Nat dejó la taza sobre la barandilla y se giró hacia ella, obligándola a sostenerle la mirada. Los ojos de Clarice estaban inyectados en sangre y rodeados de unas ojeras que contaban la historia de mil noches en vela.

—Recordará que estuviste ahí. Que no te moviste de su lado. El amor no evita el dolor, Clarice, pero es lo único que hace que el frío no te mate por dentro.

Clarice bajó la cabeza hasta apoyarla en Nat.

—Me da miedo lo que pueda venir cuando se vaya.

El vacío inhóspito que quedará en esta casa, en mi vida, en la de mi hijo.

Estoy totalmente sola. Ahora siento que, después de diez años sin vernos, eres el único apoyo auténtico que tengo.

No sabía que mi vida estuviera tan vacía, tan centrada en Zac y en mi hijo.

—Para eso están las viejas amigas —respondió Nat con firmeza, rodeándole los hombros—. Para llevar la parte de la mochila con la que tú ya no puedes cargar. Hemos estado alejadas demasiado tiempo, pero eso se acabó para siempre.

Clarice suspiró cerrando los ojos mientras el viento agitaba su descuidado cabello.

—A veces desearía volver a aquel viejo cacharro. Conducir hasta que se acabe la gasolina y no tener que decidir qué decirle a un niño de cinco años cuando su padre deje de respirar.

—Mamá, ¿es verdad que papá se va a convertir en árbol? —las dos mujeres giraron de improviso la mirada hacia Zac, sorprendidas de aquella pregunta tan extraña.

—¿Por qué dices una cosa así, chiquitín de mi alma? —preguntó Clarice depositando su taza vacía sobre la barandilla.