La patóloga Chapter 28
38%

Chapter 28

XXVII.

Nataly había dormido como un tronco toda la noche: el silencio en la casa de Clarice, en el borde mismo del bosque de Seekonk, era el de una profunda tumba si lo comparabas con la agitación que existía en el exterior de su pisito a doce calles de la Casa Blanca.

Esa había sido una de las condiciones para ser contratada, vivir a menos de diez minutos de la Gran Casa: " Nunca se sabe cuándo el gran jefe te va a necesitar ", dijo el cabrón de Clayton Maxwell examinándola de arriba a abajo.

Se incorporó y revisó el reloj del móvil: « Ha tenido que amanecer hace ya dos horas » se dijo; aunque la habitación seguía en penumbra.

Se estiró como una vieja gata pensando que hacía muchísimo que no se sentía tan descansada y por fin se levantó.

La tarima, caliente por el suelo radiante, tenía una temperatura agradable.

Se acercó a la ventana lateral y corrió unos centímetros la cortina para que los rayos del día entraran en la estancia. No se oía nada, el silencio era total.

Su vejiga le lanzó una punzada advirtiéndole de que debía deshacerse de las cervezas de más que había tomado la noche anterior.

El baño era pequeño; pero tenía de todo: un lavabo, una ducha cuadrada, una taza de váter en la que se sentó y el espejo.

Los tonos blancos y anaranjados suaves le resultaron sencillos pero bonitos: a juego con la luz rojiza del amanecer.

Se quedó ensimismada mientras contemplaba el cepillo de dientes que siempre llevaba consigo para las emergencias.

«C on el presidente Turner nunca se sabe si se dormirá en casa » recordaba las palabras de su superior cuando una voz la sorprendió.

—¿Eres Nataly?

Asustada y a punto de gritar, levantó la cabeza y vio en mitad de la puerta a un enano sonriente.

—¿Eres Zachy? —respondió cariñosa al ver que era el hijo de Clarice.

—No. Soy Zachary Junior. No Zachy. Ya no soy un bebé—se enfadó poniendo los brazos en jarras y torciendo el morro.

—Por supuesto, Zachary Junior. De ahora en adelante, lo tendré en cuenta.

—Eso espero—afirmó muy serio para acto seguido volver a sonreír.

Es clavadito a su padre, se dijo mientras el enano avanzaba, sin rubor alguno hasta ella para ponerse de cuclillas ante ella:

—No se debe molestar a nadie cuando está miccionando, ¿no te lo ha dicho tu mamá nunca?

—¿Qué es miccionar? —puso cara de extrañeza.

—Hacer pipí, cariño.

El chiquitín de cinco años se rio mientras repetía la palabra miccionar. Luego acarició la cara de Nataly y puso rumbo a la salida sin parar de reír y repetir la palabreja que acababa de aprender.

—Hasta luego, Zachary Junior—saludó marcialmente Nataly volviendo a atraer la atención del crío que ya salía del baño.

—Hasta luego Nataly—se giró bajo la luz que entraba por el ventanal.

—Me ha alegrado mucho conocerte, Zachary.

El crío, que volvía a tener toda la atención de la invitada, ladeó la cabeza y la revisó de arriba abajo; allí sentada, con las bragas en las rodillas y el pelo revuelto. Luego, cuando supo lo que tenía que decir, volvió a hablar:

—Debes de estar super loca.

—¿Tú crees?

—Seguro que sí.

—¿Y por qué opinas eso?

—Porque mamá siempre dice que estás más loca que guapa y guapa lo eres un montón—sentenció antes de desaparecer, dejándola con una enorme sonrisa en los labios.

Viendo alejarse a Zachary con sus pequeños pies descalzos y tarareando la canción de Dragon Ball, sintió que estaba en un universo diferente, en el que las amenazas de muerte de Clayton se habían evaporado o sólo habían sido un sueño del que por fin había despertado.

Tras acabar en el wáter, tiró de la cadena con un estruendo que pareció romper el cristalino silencio de Seekonk y se puso en pie, tratando de recuperar algo de la dignidad que se pierde al ser interrogada por un niño de cinco años.

Se mojó la cara media docena de veces hasta que terminó de espabilarse y se vistió con la ropa que Clarice había dejado a los pies de la cama mientras dormía.

Eran de altura similar y su delgadez era parecida.

Sabía que le quedaría como un guante. Durante años habían intercambiado la ropa como dos hermanas gemelas.

Levantó los jeans tipo “mom” azul claro y sonrió con nostalgia: « La comodidad por encima de todo.

Jamás cambiarás» . Se los puso y percibió que le quedaban un pelín holgados, lo que iba a aumentar el confort que tanto necesitaba.

Luego cogió una camiseta de algodón orgánico blanca con el estampado de una máquina de escribir vintage Underwood: se la metió por dentro del vaquero y se puso encima un cárdigan de punto grueso que ella le había regalado y que Clarice había conservado todos esos años.

Se puso las zapatillas blancas converse impecables que encontró a los pies de la cama y se miró en el espejo del baño.

Aspiró el olor de su amiga impregnado en el cárdigan, sintiendo una paz que hacía demasiadas horas que no sentía.

Sonrió al contemplar su look oversize , cerró los ojos, se llenó de esa confianza antigua que siempre sintió junto a Clarice y salió con una energía renovada al encuentro de su vieja y confortable amiga.

El crujido de la madera vieja bajo sus pies descalzos rompía un silencio sepulcral.

Sintió un recóndito escalofrío: no se escuchaba un alma en toda la casa.

Abrazándose al cárdigan de punto caminó de puntillas, intentando escuchar algo mientras se ubicaba.

Paseó la vista por el pasillo buscando la escalera que descendiera a la planta baja, donde discurría la vida normalmente.

Era de madrugada cuando llegó y no reconocía nada de lo que veía.

Miró hacia arriba y se sorprendió al ver que vidrieras cuadradas, a modo de tablero de ajedrez, formaban parte del tejado iluminándolo todo.

Avanzó despacio por el parquet de roble y se detuvo un instante en el espejo del pasillo: « ¿Eres el fantasma de la antigua Nataly?

» se preguntó a sí misma como si ante ella hubiera una jovencita de 18 años.

Bajó las escaleras con cautela. La casa de Seekonk era una estructura de techos altos y modernidad luminosa.

No hacía frío, aunque el silencio perturbador de aquel lugar desconocido se lo infundía.

Todo el suelo era de madera. Se agachó y puso la palma de la mano en él.

Estaba templado por la calefacción de suelo radiante.

Siguió hacia la luz que se filtraba por una puerta al fondo del pasillo central.

Supuso que era la cocina y no se equivocaba.

La blancura del conjunto la deslumbró un instante.

—Esa chaqueta es de mamá—dijo Zac Junior apuntando con una cuchara goteante de leche.

El crío que la había sorprendido unos minutos antes estaba sentado en una silla demasiado alta para él. Sin esperar respuesta, Zac Junior introdujo la cuchara en el tazón de cereales y comenzó a revolverlos con parsimonia.

—Son los de chocolate. Los mejores. ¿Quieres? —empujó una caja de cereales Lucky Charms , con su colorido estridente y puramente americano, hacia adelante.

—Buenos días, pequeño —dijo Nat con suavidad, acercándose a la encimera. —Quizá para merendar. Ayer cené muchísimo. Como una ballena.

Zac levantó la mirada, asombrado. Sus ojos brillaban como luciérnagas en la noche.

—Una ballena adulta come un contenedor de peces cada día. Seguro que no pudiste.

—Sí que lo hice, aunque tu madre me ayudó.

El pequeño miró hacia el ventanal. Su madre observaba el bosque, como casi siempre en las últimas semanas, allí fuera.

—¿Mamá se comió medio contenedor de peces? —preguntó mirando hacia afuera.

—O algo más. A mí el pescado no me gusta demasiado.

Zac dudó un instante, luego giró la cabeza hacia Nat y, soltando una enorme risotada, respondió.

—Pues sí que estás loca. Super loca. Como una cabra—comenzó a reírse como un muñeco al que hubieran accionado con un cordel que colgaba a su espalda. Nat, al ver que se desequilibraba, salió corriendo y lo alcanzó antes de que cayera del taburete muerto de risa.

—¡Dios Zac, casi te caes!

—Sois como dos ballenas. Mamá y tú—seguía partiéndose de risa mientras Nat lo abrazaba por detrás y con sumo mimo lo devolvía a su posición de seguridad.

—¿Qué tal has dormido? —preguntó ella, dándole un enorme beso en el cuello

El niño se encogió de hombros pasando de las risas a la desazón en un instante. Luego soltó la cuchara en el cuenco y girando sus enormes ojos grises hacia Nat dijo acongojado:

—Así, así. He oído a los búhos. Y a mamá caminando. Ya nunca duerme. Sólo da vueltas con las luces apagadas. Creo que espera algo.

—¿Algo como qué?

Zac dudó, como si lo que tuviera que decir fuera pecado.

—A papá.

A Nat, tanta desazón en un niño tan pequeño le estranguló la garganta. Como pudo, tragándose las lágrimas que pugnaban por salir, sostuvo su mirada.

—Pero papá se muere.

Nat lo abrazó con fuerza contra su pecho. Unas lágrimas cálidas, casi hirvientes, mojaron su escote advirtiéndole de que los niños, aunque parezca que no, siempre se dan cuenta de la gravedad de lo que ocurre a su alrededor.

—Todos lo haremos algún día, Zac. Unos antes y otros después. Ahora termina ese cuenco de cereales Lucky Charms , que son una pasada, mientras que yo hablo con tu mamá. ¿Ok?

—Está fuera. Escuchando al bosque que sabe todos los secretos—señaló con la cuchara hacia la puerta acristalada que daba a la parte trasera.

Nat no esperó. Cruzó la cocina hasta la puerta corredera de cristal.

Al salir, el aire de Massachusetts le golpeó la cara como una bofetada húmeda.

El bosque de Seekonk se extendía frente a ellas.

Se trataba de una masa de troncos desnudos y neblina espesa que parecía tragarse la misma luz del sol.