La patóloga Chapter 27
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Chapter 27

XXVI.

Edmundo olvidó en un instante el rebote del enorme auto al pasar por encima de su víctima.

Para él era sencillo desconectar de los trabajos: una vez ejecutados no volvía a pensar en ellos, jamás.

Aunque no ocurría igual con la muerte de las presas con las que su instinto le obligaba a acabar: esas eran su sagrado deleite; eran trofeos y no carne sangrante que quedaba atrás.

Con las manos en el volante del Oldsmobile, Edmundo continuó su lenta marcha (no había que escapar de un atropello a elevadas velocidades, ya que todos se fijaban en coches así) hacia las afueras.

El caos del atropello, los gritos, los lloros estremecedores, quedaron enseguida atrás.

Edmundo sentía la adrenalina de haber tachado a Eric Rice de la lista, pero su mente ya estaba en otro lugar: el polígono industrial.

No iba allí por nostalgia, sino por el placer de regresar a un territorio que jamás podría olvidar mientras viviera.

Al doblar la última nave, los faros iluminaron los jirones amarillos de la cinta policial que aún aleteaban como lenguas bífidas en el marco de la puerta oxidada de entrada.

Detuvo el motor y el silencio lo envolvió.

Aquel era el santuario en el que subió al cielo mientras arrastraba a Anne Miller a lo más profundo del infierno.

Bajó del coche y atravesó el portalón con un escalofrío de recuerdos recorriendo su misma negra alma.

Atravesó la nave. Hacia el fondo se encontró con el espacio infernal donde él subió al cielo mientras derramaba la sangre de Anne.

Aún recordaba perfectamente la textura de la piel de aquella chica preciosa de veintidós años, y el brillo del acero deslizándose por su espalda mientras la despojaba de su humanidad.

Los noticieros se habían centrado en el horror, en la brutalidad, pero ninguno entendía el arte en su esencia más innata: la tierra era un infierno y él había sido moldeado en él hasta convertirse en un demonio.

Se detuvo justo donde la había dejado inconsciente y maniatada.

El colchón viejo donde ocurrió todo había desaparecido.

Miró hacia los lados y creyó volver a recordar su olor a juventud y frescura.

Una sonrisa gélida curvó sus labios al recordar el clímax de aquella noche: el momento en que decidió que aquel trasero perfecto merecía un final diferente.

Sacar parte del intestino grueso por el ano había sido un impulso, una pincelada de genio que convirtió un simple asesinato en un mensaje que la policía todavía intentaba descifrar.

« Puta prensa. Puta poli. Nunca entenderán que el auténtico arte no esconde significados. Es pureza simple y limpia ».

Edmundo cerró los ojos mientras el silencio del lugar lo envolvía, transportándolo al momento en que hundió el punzón bajo su axila: « pura mantequilla », brillaron sus oscuros ojos.

El trabajo con Eric Rice había sido una ejecución procedimental, una tarea cumplida dentro de la frialdad de un encargo, pero lo que había sucedido en este polígono años atrás representaba algo distinto en su mente: Era la obediencia absoluta a un instinto primario.

Cada pinchazo, cada corte, cada gota de sangre derramada era un delirio.

Matar a aquella chica, como a tantas otras antes y después, era pura necesidad.

Algo que estaba incrustado en sus genes y que le era inevitable satisfacer.

Lo habían calificado de sádico, bárbaro, salvaje, monstruo…

de mil maneras. Él nunca había podido entender por qué, puesto que la tortura que infringía a sus víctimas para él sólo era placer.

Algo que tampoco había logrado entender era por qué olvidaba los asesinatos de encargo en minutos y, sin embargo, el de Anne permanecía en su psique intacto, como si aún sintiera la calidez de la sangre salpicada sobre su rostro.

Caminó unos pasos más, observando cómo las sombras de las naves industriales se alargaban sobre el asfalto agrietado.

El eco de sus propios pasos era el único sonido que rompía la quietud de la noche.

Se sentía seguro en aquel vacío, rodeado de los vestigios de una investigación que no había logrado darle caza.

En pleno éxtasis de recuerdos sonó su busca dos veces. Lo cogió de su cintura y leyó: « Acaba con el otro crío hoy mismo ». « Y con la chica hay un cambio de planes. Que muera rápido y que nunca la encuentren ».

Edmundo sujetó el busca con fuerza. Su mandíbula se había apretado de rabia: « Nunca la encontrarán… pero: “NO SERÁ UNA MUERTE RÁPIDA” ».