La patóloga Chapter 26 #2
36%

Chapter 26 #2

—Ya. Lo entiendo. Pero mi equipo ha encontrado dos cepillos de dientes en el lavabo.

—¿Y qué?

—Que un cepillo de dientes es algo muy personal.

—No sé si lo sabe, pero Anne y yo follábamos. ¿Hay algo más personal que eso?

Uno de los agentes voceó desde el rincón opuesto al de Baley. Levantaba una carpeta con el logotipo del hospital de Rhode Island.

—¡Superintendente! Mire esto.

Baley se internó en el salón y tomó la carpeta gris entre las manos. El logo de un hospital no pasa desapercibido para un policía.

—¿Si me permite? —miró al vasco como si por fin hubiera estrechado el cerco sobre él.

—¡Ese informe es personal! —gruñó Eloitz dando un paso al frente. Inmediatamente los dos policías que lo cercaban le cerraron el paso.

—Hay un cadáver enterrado a menos de dos kilómetros de aquí. Eras quien se la follaba. Y para mí, no hay nada más personal que eso—abrió la carpeta.

Eloitz hubiera saltado sobre él y le hubiera retorcido el pescuezo como a un pollo, pero se contuvo.

Sin perder de vista al mastodonte, Baley pasó páginas con rapidez ojeando el contenido de aquellos documentos.

Era un informe médico muy detallado y los resultados no eran nada buenos. Luego volvió a la primera página:

Paciente: Eloitz Basagoiti Cantonnet

—Este informe es una putada, muchacho—soltó pensando que una noticia como aquella podía haberlo desquiciado.

—Váyase a tomar por culo.

—Linfoma de Burkitt—leyó muy despacio Baley. —Un linfoma es un cáncer, tengo entendido.

—Que le den—respondió el grandullón desde la puerta.

—Así que estas enfermo, muchacho. Nadie lo diría.

—Aún podría arrancarle la cabeza con mis manos.

—De veras que lo siento, chico. Pero saber que puedes morir no te da derecho a llevarte a nadie contigo.

—Gilipollas.

—Jefe, aquí hay una compuerta—anunció otro de los agentes tras apartar el sillón orejero a un lado.

Baley entregó el informe médico al poli que lo había encontrado y fue directo hasta el agente que tiraba del asa de la trampilla.

Un hueco de no más de medio metro por medio metro se abrió ante sus ojos.

Sólo había una bolsa de deportes rosa dentro.

El mismo Baley la sacó y la puso, con un golpe, sobre la destartalada mesa del salón.

Luego, tras revisar al vasco de arriba abajo, abrió la cremallera para, acto seguido, observar asombrado el contendido.

—¿De quién es esto?

—Mío—afirmó Eloitz.

—¿De dónde lo ha sacado?

—Me lo regaló Anne dos días antes de que apareciera muerta.

—No me jodas, muchacho. Aquí hay muchísima pasta. Tendrás que buscar una excusa creíble.

—Es la verdad.

—¿En serio pretendes que me crea que Anne te regaló todo este dinero por tu cara bonita?

—No pretendo nada. Sólo respondo a sus preguntas.

—Tendrás que demostrar lo que dices, Eloitz.

—Le toca a usted demostrar que miento, Baley. Me lo regaló por mi formidable polla.

Hubo unas risotadas por la sala, que Baley atajó de inmediato.

—No te creo, chico.

—Me lo dio ella. Está ciego o qué. Mire las iniciales del lateral.

Baley giró la bolsa y observó dos letras enormes “A. M.” en color rosa oscuro que destacaban sobre el fondo rosa pastel.

—¿A. M.?

—Anne Miller, joder. ¿Y es usted el astuto poli que encontrará al cabronazo que la torturó hasta la muerte?

Baley apretó los ojos, ofuscado ante la perspectiva de que su sospechoso número uno no diera una sola señal de culpabilidad.

—“A. M.” podrían ser las iniciales de mi vecino el franchute: Antoine Moulier.

—La puñetera bolsa es rosa, Baley. A Anne le encantaba ese color.

Baley contenía su furia para no arrestarlo allí mismo.

—¿Cuánto hay?

—Trescientos cincuenta mil dólares.

—Supongamos que le creo, Eloitz. ¿Por qué le iba a regalar semejante cantidad de dinero?

—Abra el informe médico y mire el anexo de la última página.

Baley volvió a abrir el informe y avanzó hasta la última página.

Era una relación exhaustiva de todo lo que iba a requerir la intervención y el tratamiento posterior que Eloitz necesitaba para salvar la vida.

Al final del listado interminable, resaltada en negrita y bien recuadrada, aparecía la exorbitante suma total de 348. 990€.

—No entiendo como una chica como Anne, criada en una de las mejores casas del condado por unos padres devotos y bien posicionados, pudo fijarse en alguien como tú—repasó a Eloitz de arriba abajo.

—Ni yo. Hasta que la conocí, no permitía que nadie me tocara y mucho menos besara. Pero el amor es impredecible hasta para alguien como yo.

—Revisamos las cuentas de Anne y no ha habido movimientos ni antes ni después del crimen. Y desde luego, esta cantidad jamás estuvo en sus cuentas bancarias. No creo que ella pudiera darle este dinero porque no lo tenía.

—No sé de dónde lo sacó. Quizá se lo pidió al desgraciado de su padrastro; aunque dudo mucho de que se lo hubiera dado sabiendo que era para mí. Ese cabrón prefería verme muerto antes que con Anne.

—¿Por qué asegura tal cosa?

—Hizo cuanto pudo para separarnos. Pero nunca lo hubiera logrado. Nuestro amor era de un acero mejor que el de mi hacha.

Un búho ululó en las profundidades del imponente bosque de Seekonk.

Eloitz miró hacia los altos y sombríos árboles que vigilaban sus dominios como centinelas incansables.

El sol ya comenzaba a despuntar tras las copas iluminando la estancia a través de los ventanales.

El aire estaba cargado de tensión. Los policías continuaban con el registro en busca de cualquier pista que los llevara al asesino de Anne.

De repente, otro de los agentes gritó desde el interior del dormitorio:

—¡Superintendente! ¡He encontrado algo!

Baley se apresuró hacia la voz mientras Eloitz permanecía inmutable, apoyado en la puerta de entrada y rodeado de cuatro agentes. Entonces, el policía apareció tras la puerta del dormitorio sosteniendo un pequeño pendiente de oro en la mano.

—Es de Anne —dijo Baley con gravedad acusatoria—. Le faltaba este pendiente cuando la encontraron.

Eloitz abrió los ojos, sorprendido, y luego su rostro se endureció.

—Tuvo una llamada y salió volando. Lo buscamos un par de minutos, pero se tuvo que ir sin él —aclaró Eloitz, su voz baja y desafiante.

Baley había venido con un único objetivo: detener al arisco vasco que se follaba a una de las muchachas predilectas del condado que estaba bajo su protección.

Había encontrado un informe médico que era una cuenta atrás en la vida del sospechoso.

Por otro lado, estaba el dinero, una suma enorme que Eloitz no podría justificar.

Y ahora el pendiente de oro de 24 kilates.

Baley tenía más que suficiente para justificar la detención.

—Quedas arrestado, muchacho—dijo con voz firme mientras sacaba unas esposas de detrás de la chaqueta acercándose al gigantón. —No agraves la situación oponiendo resistencia.

Eloitz se resistió, forcejeando con los agentes que intentaban reducirlo. Baley suspiró, su mirada dura.

—No hagas esto más difícil, muchacho. No vale la pena. Si tenemos que reducirte con violencia será un agravante en el juicio.

Eloitz clavó la mirara en Baley, dejó de ofrecer resistencia y lo esposaron. Lo llevaron a uno de los coches patrulla y lo metieron en el asiento trasero. Baley se sentó a su lado, su mirada fija en el vasco.

—Vamos a tener que sincerarnos, Eloitz —dijo, su voz grave y amenazante—.

Sé que la querías, pero también sé que estás sometido a una gran presión.

No tener un duro y necesitar una cantidad tan inmensa con urgencia puede llevar a cualquiera a hacer una locura.

Vas a tener que contarme que pasó con Anne los días antes de que la asesinaran.

Eloitz se recostó en el asiento, su mirada perdida en la distancia. Sabía que estaba en problemas, y no tenía ni idea de cómo iba a salir de ellos.

—Necesito el dinero para el tratamiento, Baley.

—Está confiscado con el resto de las pruebas. Nadie puede disponer de una prueba sin la autorización del juez. Una confesión lo aceleraría todo muchísimo. Replantéatelo. No podrás ocultarlo si lo hiciste.

—No fui yo.