La patóloga Chapter 26
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Chapter 26

XXV.

(CABAÑA DE ELOITZ BASAGOITI)

Tres días después del entierro, cuatro patrullas de la policía estatal y el coche negro del superintendente Baley subían por el camino de tierra que llevaba a la propiedad de Eloitz Basagoiti.

Estaba amaneciendo y la niebla seguía siendo tan intensa como el día del entierro.

Era como si la misma niebla del cementerio se hubiera mudado al bosque de Seekonk de manera definitiva.

Los vehículos policiales se detuvieron rodeando la cabaña, como advirtiendo al morador que la habitaba de que no había ruta de escape.

Baley bajó del coche, ajustándose el nudo de la corbata, con la pistola bajo el sobaco.

No había olvidado la humillación del entierro, pero su mirada era profesional y, ante todo, gélida.

Eran las siete de la mañana y el subinspector dio órdenes a sus hombres de permanecer junto a los vehículos. Mientras repartía instrucciones, sus ojos se desviaron al lateral de la cabaña, donde distinguió una cruz sobre una tumba: «La madre del chico», se dijo. «No mintió».

—Que nadie mueva un solo dedo hasta que yo lo diga—fijó la mirada en el porche. —No quiero el cadáver de nadie por el suelo. ¡¿Está claro, muchachos?!

Nadie dijo nada, sólo hubo mohines de disgusto y cabeceos de asentimiento. Salir a detener a un presunto asesino no era algo habitual para los presentes; y todos querían tomar las birras de esa misma tarde asegurando que habían sido ellos quienes habían salvado una detención que se había torcido.

Eloitz estaba allí sentado, afilando con una muela de esmeril el filo de su hacha. El sonido rítmico,  shhh-shhh , era lo único que rompía el silencio del sombrío bosque.

—Fue una entrada espectacular la que hiciste en el entierro, muchacho —dijo Baley, deteniéndose a una distancia prudencial. —Aún tengo marcas en las clavículas.

Eloitz se levantó de la mecedora revisando el filo del hacha con el pulgar. Su mirada inexpresiva permanecía anclada a la de Baley. A un gesto de éste, sus hombres flanquearon la cabaña con las manos pegadas a las fundas de las pistolas. Nadie desenfundó, solo rodearon la cabaña tomando posiciones.

Eloitz ni siquiera apartó la vista de la de Baley.

—Anne era mi pareja.

—La casuística criminológica apunta a que, cuando una chica joven y guapa como Anne muere de manera tan sádica, su agresor es alguien conocido y cercano, generalmente su pareja o expareja.

—Jamás le puse una mano encima.

—Eso está por ver. Sin embargo, dadas las circunstancias, no fue buena idea que asistieras a su entierro. Hay mucha gente que cree que tuviste algo que ver. Y su padre el primero

—¡Yo era quien tenía más derecho a asistir! ¡Nos queríamos de verdad! ¡Ustedes eran los intrusos! Y él es su padrastro. Su auténtico padre murió.

—La destrozaron, Eloitz. Fue un asesinato con todos los ingredientes de un crimen pasional. Eso hace que seas el sospechoso número uno. No debería darte consejos, pero será mejor que no abras la boca mientras registro la propiedad—replicó Baley, dando un paso hacia el porche.

Eloitz oteó el contorno, al menos había ocho agentes dispuestos a acribillarlo. Luego entornó los ojos y caminó hasta la puerta de la cabaña con el hacha colgando de una de sus manos.

—No tuve nada que ver, Baley.

Baley aflojó la tensión. Recordando lo ocurrido con Clarice el primer día de la investigación, hizo un gesto para que sus hombres apartaran las manos de sus armas.

Cuando la sensación generalizada entre la policía era que había sido un crimen pasional, Clarice replicó que no lo creía.

«¿Por qué?», preguntó él. « Extraer por el recto parte de intestino es el sello de un asesino concienzudo ».

« No lo creo. Puede que su novio esté trastornado »—repuso él.

« No ha existido el fanatismo y la rabia del despecho.

Quien lo hizo disfrutó despedazándola. Hay meticulosidad en el daño.

La escena es demasiado “organizada”. Estoy segura de que Anne tardó horas en morir.

Quien lo hizo se deleitó; y apostaría a que ya lo había hecho antes ».

Baley observó a Clarice con determinación.

Él había visto otros cadáveres y el de Anne se salía de la norma.

« ¿Un psicópata? —preguntó él ». «Podría ser—respondió Clarice».

« ¿Tenemos en el condado un jodido asesino en serie?

»—preguntó alarmado Baley. Hacía mucho frío en la sala de autopsias.

Un frío que parecía venir del mundo de los muertos.

Clarice desvió la mirada de los ojos del superintendente a la fría piel del cuerpo de Anne.

« No lo creo, superintendente. Yo diría que tanta pulcritud y limpieza no es obra de un enfermo mental ».

« ¿Entonces? » « Diría que alguien encargó su muerte a un profesional ».

« No me joda, Clarice. ¿Un sicario? ». Clarice no respondió nada, solo pensó, como si pidiera un deseo a una estrella fugaz que cruzara el firmamento: « Lo encontraré, Anne. Cuenta con ello ».

—Puede ser, muchacho, pero tengo que asegurarme de que no mientes. Espero que lo entiendas y no saques las cosas de quicio. Algunos de mis chicos piensan que mataste a Anne por un arrebato de celos.

—Si yo le hubiera puesto una mano encima para dañarla, superintendente, no estaría aquí afilando esto. Me habría pegado un tiro junto a su tumba —Eloitz entró en la casa seguido por dos policías y se apostó a un lado de la puerta. Superaba en una cabeza a cualquiera de los dos.

—Tengo que registrar la propiedad, Eloitz—ascendió los peldaños de madera y se plantó ante el vasco.

—Pierde el tiempo, superintendente. Está buscando en el lugar equivocado.

— Hazte a un lado, chico—no volveré a pedírtelo.

—Si pretende entrar en esta casa necesitará la orden del juez, Baley—se afianzó en mitad de la puerta con el hacha colgando de uno de sus enormes manos.

El superintendente agitó la mano hacia el agente que permanecía a su espalda. Este abrió el maletín de cuero y sacó un papel que depositó en la agitada mano de Baley.

—Te dije que eres nuestro sospechoso principal. El núcleo de la investigación parte de esta casa y te aseguro que vamos a ponerla patas arriba buscando cualquier rastro de sangre o de las armas del crimen. Quien lo hizo utilizó diferentes útiles cortantes y punzantes.

Eloitz resopló enojado. El aire era frío y espeso y la niebla seguía inundándolo todo. Dirigió su mirada hacia la profundidad del bosque que comenzaba a mostrar sus colores, atravesado por los primeros rayos anaranjados del sol.

—Cuanto antes empiece, mameluco de los cojxnes, antes me descartará y podrá dejar de ser un descerebrado. Adelante—se apartó a un lado dejando el hacha apoyada en el marco de la puerta

El registro de la cabaña no fue una inspección, fue una profanación absoluta del santuario de Eloitz Basagoiti.

Baley dio la señal y cinco agentes entraron en el pequeño refugio de madera, mientras Eloitz permanecía apoyado a un lado de la puerta.

Frente a él, los dos policías más corpulentos lo vigilaban con las manos apostadas sobre sus armas.

Ninguno de los dos le quitaba los ojos de encima, alerta por si la detención de aquel gigante se complicaba con cualquier movimiento en falso.

Dentro de la cabaña, el aire olía a resina, café viejo y tabaco de pipa, el único vicio que Eloitz tenía y que había heredado de su abuelo.

Era un espacio austero, casi monacal. Armas blancas y de fuego colgaban de las paredes: cuchillos de supervivencia, dos rifles, y al menos media docena de hachas.

Los policías empezaron a volcar cajones y a rasgar los jergones de paja con una brusquedad innecesaria.

—¡Cuidado con eso! —rugió Eloitz desde la puerta cuando oyó el crujido de una madera fina.

Baley desvió la mirada hacia el grandullón, sonriendo sibilinamente, consciente de que era él quien mandaba.

—Muchachos, registrad sólo lo imprescindible, por favor. No somos neandertales—hizo como si le importara el destrozo que estaban causando, como si no lo hubiera ordenado antes de salir de la jefatura.

El estruendo del vuelco de objetos, golpes y desgarros continuó por toda la cabaña como si el aviso no hubiera llegado a los agentes.

Baley caminaba pegado a la pared rodeando la estancia.

Lo hacía muy muy despacio, observándolo todo con detenimiento.

Se detuvo un instante al pasar junto al perchero porta sueros en la esquina más alejada de la entrada: « Su madre debió de morir en esta cabaña.

Parece que la cuidó hasta el final », pensó para sí evitando mirar al sospechoso.

Luego continuó su lenta marcha, como olfateando lo que hubiera podido pasar entre aquellas paredes de madera tiempo atrás.

Pero Baley no tenía semejante capacidad.

Al llegar a la repisa junto a la chimenea, volvió a detener sus pasos ante un objeto que llamó su atención: se trataba de algo envuelto en una tela de lino blanca.

Lo destapó con la punta de un bolígrafo.

Era una figura de madera, una talla inacabada de una mujer joven recogiendo flores.

Tenía los rasgos inconfundibles de Anne Miller.

La delicadeza del trabajo contrastaba violentamente con las manos callosas y rudas de su creador.

—Un artista de la madera...

—Aquí, como puede ver, no hay televisor, superintendente. Es un pequeño hobby—se metió las manos en los bolsillos obligándose a tener contención.

Baley levantó la talla hasta sus ojos para verla con detalle. Era de una perfección que pocas veces había visto.

—Parece Anne Miller.

—Lo es. Hacía de modelo para mí.

—Para cualquiera que lo piense dos veces, podría resultar obsesivo que haga una talla de alguien con quien convive—aventuró Baley volviendo a envolver la talla en el pañuelo.

—Anne jamás se instaló aquí. Venía de visita—apretó los puños dentro de los bolsillos. Si aquello duraba mucho no se responsabilizaba de lo que pudiera ocurrir.