La patóloga Chapter 25
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Chapter 25

XXIV.

El motor del Oldsmobile gris ronroneó con una vibración contenida, un latido metálico que acompasaba las pulsaciones de Edmundo.

A través del parabrisas, el mundo se reducía a un encuadre cinematográfico: el verde artificial del campo, el brillo mortecino de las farolas y la figura de Eric Rice, que caminaba por el arcén con el bate al hombro.

Ajeno a la sentencia a muerte que acababa de firmarse.

Edmundo acarició el borde de la fotografía que descansaba en el asiento del copiloto.

La imagen de Nataly parecía irradiar una luz propia en la penumbra de la cabina.

Esa piel, esa blancura de mármol que tanto ansiaba trabajar con el escalpelo, era el premio final.

Pero Eric era el obstáculo, el ruido de fondo que debía silenciar para que la sinfonía comenzara.

—Solo un trámite —susurró, y su voz sonó seca, como el crujido de una rama muerta.

Arrancó el motor. El coche avanzó primero con una lentitud engañosa, casi perezosa.

A Eric se habían unido tres chicos más con los que comenzó a bromear.

Soltó una carcajada y empujó amistosamente a uno de sus compañeros, separándose apenas medio metro del grupo. Ese era el hueco. El ángulo perfecto.

Edmundo hundió el pie en el acelerador.

El rugido del motor rompió la calma de la tarde.

El velocímetro subió implacable: cuarenta, sesenta, ochenta kilómetros por hora.

Los cien metros de distancia se evaporaron en un instante.

Eric se giró en el último momento, con los ojos muy abiertos, no por miedo, sino por la pura confusión de ver dos focos cegadores que se le venían encima como soles gemelos.

El impacto fue un sonido sordo, un golpe de carne contra metal que Edmundo sintió hasta en la base de la columna. El cuerpo de Eric Rice se elevó como una marioneta a la que le hubieran cortado los hilos, y golpeó el cristal antes de salir despedido hacia la cuneta.

Los gritos de los otros chicos estallaron a espaldas de Edmundo, pero él no miró por el retrovisor.

No había odio en su maniobra, solo una gélida eficiencia.

Giró el volante con firmeza en la siguiente bocacalle, apagando las luces para fundirse con las sombras del barrio residencial.

Su ansiado premio estaba sólo a un paso.

Mientras el vehículo se alejaba del lugar, el ansia por Nataly volvió a golpearle con una fuerza renovada, casi dolorosa. Eric Rice ya era pasado, un despojo en el asfalto. Y la blancura tersa de Nataly se encontraba casi al alcance de su mano.