La patóloga Chapter 24
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Chapter 24

XXIII.

(Cementerio de Rhode Island)

El cementerio de St Marys de Rhode Island era esa mañana un lienzo borroso de grises y blancos pegajosos. La niebla no solo flotaba, pesaba. Era una cortina húmeda que se filtraba bajo los abrigos calando hasta los huesos y convirtiendo el silencio del camposanto en algo pastoso y asfixiante.

Su familia, la columna vertebral de la alcurnia de Providence, se agrupaba bajo paraguas negros que goteaban sin cesar.

Los amigos de la universidad sollozaban con la mirada perdida en el fango y en la incomprensión.

Un poco más atrás, manteniendo una distancia protocolaria pero vigilante, se encontraba el contingente de la policía estatal que investigaba el caso.

Al frente, impecable pese a las inclemencias del tiempo, destacaba el superintendente George W.

Baley. Su presencia allí no era solo un acto de respeto; era una declaración pública de la sobredosis de personalidad de Baley.

Nadie se fijó en la figura que permanecía bajo el sauce llorón, en el límite donde el césped cuidado se rendía a la maleza.

Eloitz Basagoiti parecía una extensión del propio bosque de Seekonk.

Era un hombre de una envergadura antinatural, con manos endurecidas por el hacha y la soledad.

Mientras el sacerdote recitaba versos sobre la paz eterna, Eloitz recordaba otra tumba.

Una sin mármol ni apellidos ilustres, cavada por él mismo dos años atrás junto a su cabaña, coronada por una cruz de madera que él mismo había tallado cuando sus manos aún temblaban por la muerte de su madre.

Para él, la muerte no era un evento social; era un peso físico que se cargaba al hombro.

Anne había sido la única luz que se atrevió a entrar en su espesura. Y pronto, esa luz estaría bajo seis pies de frío lodo.

Cuando el primer puñado de tierra golpeó la madera del ataúd, la ceremonia se dio por concluida. La familia Miller comenzó a retirarse hacia los coches de lujo que esperaban en el sendero. Fue entonces cuando el gigante se movió.

Eloitz caminó con la pesadez del aplomo, cortando la niebla, fija la mirada en su objetivo.

Su paso no se detuvo ante el cordón de uniformados que rodeaba a Baley.

Los agentes, acostumbrados a imponer respeto, se quedaron paralizados ante la visión de aquel joven huraño de ojos encendidos.

Eloitz no pidió permiso; simplemente pasó por medio, desplazando a dos oficiales con el hombro como si fueran arbustos molestos.

Antes de que Baley pudiera reaccionar o su escolta pudiera llevarse las manos a las fundas de sus armas, Eloitz ya estaba encima.

Con un movimiento fluido y cargado de una fuerza incontenible, el leñador agarró al superintendente por las solapas del abrigo, levantándolo hasta que las puntas de los zapatos de Baley apenas rozaban el suelo.

Un murmullo de horror recorrió a los presentes.

—Escúchame bien, superintendente —la voz de Eloitz sonó como el crujir de un tronco seco partiéndose en la espesura del bosque: profunda y peligrosa—Mi madre descansa bajo una cruz que yo mismo tallé con estas manos que podrían partirte el cuello.

Te aseguro que no me costará nada tallar otra cruz para ti.

Los ojos de Eloitz estaban a escasos centímetros de los del jefe de policía, quien, pese a la confusión, mantuvo una rigidez oficial.

—Encuentra a quien la mató —sentenció el vasco, sujetándole por las solapas hasta que las costuras del traje de dos mil pavos crujieron—. Porque si no lo haces tú, te juro por la tierra que ahora la cubre que seré yo quien te entierre a ti.

Eloitz lo soltó de golpe y, sin mirar atrás, se dio la vuelta y se hundió de nuevo en la niebla, desapareciendo antes de que los policías se atrevieran a dar la orden de detenerlo.

—¿Quién es? —susurró Clarice a sus compañeros de universidad. Ella había visto lo que habían hecho con Anne y aquel enorme loco, a tenor de la amenaza lanzada al superintendente, acababa de convertirse en el sospechoso número uno. De eso no la cabía la menor duda.

—Nadie creía en los rumores, pero eran ciertos—dijo Adam sin levantar la voz.

—¿Qué rumores?

—Que Anne se había enamorado de una especie de oso que vivía en la espesura del bosque.

—¿Sabe alguien cuándo y cómo se conocieron? —se interesó Clarice en aquella relación tan caprichosa.

Todos se miraron entre ellos esperando que alguien supiera más de aquella relación estilo ”La Bella y la Bestia”: Anne había sido criada entre algodones en una familia en la que la sofisticación era la enseña distintiva, y aquel leñador, de hombros como secuoyas, seguramente ni conocía el significado de aquella palabra.