Chapter 23
XXII.
El desconfiado veterano sabía muy bien de lo que hablaba, pensó Robert sentado al volante del coche.
Se puede escapar con vida de un incendio o incluso de un accidente de avión, pero no del gobierno de los Estados Unidos de América.
Si la Casa Blanca te hace la cruz, estás muerto.
Lo único que puede variar es el tiempo que los lleve enterrarte bien hondo.
Pueden ser horas o días, pero el hoyo ya estaba cavado con toda seguridad.
« Olvídate de escapar, Robert. Nadie lo logra»— gritó con rabia golpeando el volante.
Y entonces lo vio claro. « Debes hablar con el presidente en persona, sólo él puede revocar una orden de Clayton.
Conoces a ese capullo desde hace un año. Es posible que te escuche ».
—Hey Google. Llama a Dorothy.
—Enseguida, Robert—respondió el asistente.
El tono de llamada sonó dos veces antes de la que la voz de Dorothy respondiera.
—Robert, no te hago un favor más, ni loca. Te lo dije: “Se acabó lo nuestro, se acabaron los favores”.
—Estoy en un lío, Dothy.
—No intentes seducirme con Dothy por aquí y Dothy por allá. Voy a colgar.
—Espera, Dorothy. Es un asunto de vida o muerte.
—Si la diñas, prometo ir al entierro, soltar unas lagrimitas y emborracharme hasta caer de espaldas. Me mentiste, Robert. Dijiste que no podíamos seguir, que estaba prohibido, y luego me entero de que te follas a Nataly Claiborne. Fue un golpe muy bajo hasta para ti.
—Cuando rompimos no salía con ella. Te lo juro. Eso vino después, y te aseguro que no quería. Que tenía muy claro que no volvería a liarme con nadie del trabajo.
—No te creo, soldado. Me partiste el corazón en mil pedazos y no pienso olvidarlo—dijo intentando parecer firme como un muro. Pero Dorothy sabía que ella era de las que perdonaban sin pedir tan siquiera una disculpa y Robert la conocía muy bien.
—Me enamoré sin buscarlo ni quererlo. No fue culpa mía. Te juro que es un puto incordio quererla, pero la quiero. Por favor, necesito dos cosas.
—¡DOS! ¿Y por qué no veinte? —lanzó un resoplido de fastidio. —Eres un desgraciado que no tiene perdón de Dios. Te lo recuerdo por si lo has olvidado.
—Sólo necesito el tuyo, Dothy. Estoy metido en un lío muy jodido. Clayton viene a por mí.
Se hizo el silencio. Dorothy respiró con fuerza intentando calmar el corazón que galopaba como una manada de yeguas salvajes. Robert sabía que, al igual que al resto, la palabra Clayton le helaba la sangre.
—No quiero saber nada. Ese tipo está como una regadera.
—Dothy, te juro que te compensaré. Aún no sé cómo, pero lo haré.
—¿Romperías con Nataly?
—Sabes que es lo único que no haría ni por ti ni por nadie. Pero también sabes que sería capaz de cualquier cosa si tú lo necesitaras.
Robert era un tipo intuitivo que se daba cuenta de las cosas, sobre todo de lo que necesitaban los demás. Y conocía demasiado bien a Dorothy como para no tocar la tecla exacta: sabía cómo romper el muro que ella había construido para tenerlo lejos.
Se hizo un largo silencio mientras Dorothy valoraba la posibilidad de tenerlo como amigo: al fin y al cabo, era lo único a lo que podía aspirar.
Sabía en su interior que no le convenía, ya que para nada podía resultar conveniente un ex por el que aún sientes demasiadas cosas.
Incluso sabía que era una mala idea para su salud mental y que lo mejor que le podía pasar era que Clayton lo enterrara bien profundo; pero era de las que ponían la otra mejilla por la gente que quería…
y aún no había logrado dejar de quererlo .
—¿Qué necesitas?
—¿Sigue Hellen Murdock en el recinto presidencial?
—Joder, Robert, es muy mayor para ti.
—No es nada de eso. Sólo responde.
—Dame un par de segundos.
La encargada del registro de entradas y salidas de la Casa Blanca tecleó en el ordenador el nombre de Hellen. De inmediato apareció su fotografía y su perfil básico.
—Aquí la tengo. Entró a las 23:41p.m. y no hay registro de salida. Es muy raro.
—¿El que?
—Rarísimo, Robert. Espera un segundo, voy a hacer una comprobación.
Dorothy, con suma rapidez, buscó su histórico.
—La primera vez que accedió a la Casa Blanca fue hace más de seis años. En aquel entonces, yo trabajaba en el Ministerio de Defensa, en la sección de archivos encriptados. Un tostón como no hay otro. Dame otro segundo, que quiero comprobar una cosa más.
—¿Qué has encontrado Dorothy?
—Como te decía, es muy raro. Esa mujer nunca había estado por aquí a estas horas. Y tras aplicar un nuevo filtro, veo que sólo el personal de seguridad accede a la Casa Blanca pasadas las siete de la tarde. Algo muy grave está pasando Robert. Esta visita es muy inusual.
Robert había visto cómo mataban a un crío para sacarle el corazón y ponerlo en el interior del pecho del presidente.
Pero había más, mucho más. Hacía menos de veinticuatro horas, había recibido una orden que no podría cumplir jamás: partir el cuello de Nataly.
Luego todo había reventado como una bomba de racimo destruyendo toda a su paso.
—Me has ayudado mucho, Dorothy. Te lo agradezco.
—Robert, se supone que esta casa es la más segura del mundo.
—Hay demasiadas cosas que daba por seguras, y en las últimas 24h han dejado de serlo. Llámame en cuanto abandone la Casa Blanca. Y una cosa más: necesito su dirección.
—Ni de coña, soldadito. Está totalmente prohibido desvelar información personal de los trabajadores de la Casa Blanca.
Está considerado como un acto de traición que pone en peligro la Seguridad Nacional.
No sólo perdería el trabajo, me encerrarían quince años en una prisión de máxima seguridad.
¿Quién daría de comer y sacaría a pasear a Pluto?
—Yo lo haría. Sabes que éramos buenos colegas.
—Lo sé. Te adoraba. Pero no.
—Dorothy, por favor. No me pidas que te lo suplique.
—Déjame unos segundos, soldadito. Voy a ver dónde está. Le colocaron una tarjeta de seguimiento.
—Ok, tu soldadito queda a la espera.
—Lleva más de 18horas aquí dentro y en sus registros nunca había permanecido más de dos horas. Es muy raro. A ver, a ver… ¿Dónde estás, Hellen? Pero ¡¿qué coño haces ahí?!
—¿Dónde está?
—Robert, ¿sabes qué hay en el ala este de la sexta planta? Tenía entendido que estaba vacía.
—Y lo está.
—Pues ahora ya no. Hellen está allí.
—Comprueba si sigue funcionando el servicio de cámaras en ese ala.
—No puedo, Robert. Quedaría registro de que he entrado en la remota que controla esa parte del recinto privado de la Casa Blanca. No puedes pedirme eso.
Robert respiró hondo. Las piezas del rompecabezas no querían encajar de ninguna de las maneras.
—Dorothy, necesito hablar con Hellen.
—Y yo necesito un millón de dólares, querido.
—¡Dorothy!
Cuando Robert pronunciaba su nombre de manera directa, ella sucumbía a su poder. Robert también sabía eso.
—¿Y qué demonios quieres que haga? No tengo una puta varita mágica.
—Pero llevas la garita de registros de entradas y salidas.
—No, Robert. No.
—¡Dorothy!
—¡Qué?
—Tengo que entrar.
A Dorothy, incapaz de negar nada a Robert, se le heló el corazón del todo.
—¿Dónde estás?
—Cerca.