Chapter 22
XXI.
Había dejado de llover en el bosque de Seekonk cuando Clarice se quitó el pintalabios, la línea borrosa de los ojos, el moño descompuesto y se metió en la gélida cama.
Esa era otra de las cosas que echaría en falta cuando Zac no estuviera: la calidez con la que impregnaba el interior de las sábanas.
De repente le vino a la cabeza, como una punzada de dolor, lo que el médico le había dicho por la mañana: « Seguimos buscando, pero es una aguja en mil pajares, Clarice.
Debe preparase para lo peor. El tiempo de Zac se acaba ».
Tumbada mirando al techo, su corazón era un tambor golpeando a toda velocidad, llamando a una batalla que no podía ganar.
Estaba exhausta, y su mente tan herida que no sabía si podría seguir luchado contra el Dios de la muerte.
El último año y medio había sido una guerra sin tregua en la que aprendió que nunca había sido consciente de la magnitud de la palabra «leucemia».
Durante sus años de prácticas había visto como familias “perfectas” se partían de cuajo.
Cómo la calidez en las miradas entre esposos y esposas se volvía frialdad y agotamiento cuando su amado hijo perdía el cabello mientras su cuerpo se desmoronaba.
A ella y a Zac les había ocurrido igual.
Las charlas de siempre, las risas, los planes para el verano se habían convertido en silencios atronadores.
Cuando comenzó a trabajar como patóloga de manera definitiva, fue un alivio saber que ya no tendría que ver la destrucción de vidas, segundo a segundo, durante meses o incluso años.
En la sala de autopsias el golpe era rotundo, pero rápido.
Zac había despertado una hora antes de que Nat apareciese, como si de un milagro se tratara.
Y como siempre, habían recordado la mañana en la que se conocieron en el despacho del decano Colton Maddox, y como Zac osó sacudir un enorme puñetazo en la excelentísima cara del superintendente George W. Baley.
—El decano me felicitó por aquel puñetazo… Una vez que dejé de ser sospechoso, claro.
—Lo que hay que ver y oír... El decano felicitándote por sacudir un puñetazo al agente de la ley que quedaba tan bien en las pantallas de televisión. Siempre has sido un chulito vanidoso.
—Clarice, ¿qué es lo que te embaucó de mí, si no la seguridad aplastante en mí mismo?
—Ni por asomo, bonito. Fue tu belleza espigada, amor. Esas zancas de flamenco, blancas como la leche, me han resultado irresistibles desde que las vi por primera vez.
Luego Zac volvió a quedarse dormido mientras el corazón de Clarice se encogía hasta no dejarla respirar. Las lágrimas se le agolpaban en la garganta, ardientes, casi imposibles de tragar.
Nataly se había quedado totalmente dormida en la habitación de invitados.
Era la misma de siempre por fuera: bella como una figura de mármol esculpida por Miguel Ángel.
Pero distinta por dentro: más cabal, más atenta y comprensiva, menos superficial y narcisista.
« Estoy aquí, Clarice. Y no pienso irme a ninguna parte »—había sujetado sus manos mientras con su mirada la hacía arder de pura entrega y cariño.
Clarice se giró en la cama y fijó los ojos en la almohada vacía de Zac.
Hacía ya tres semanas que lo habían ingresado en la UCI sin expectativas de que fuera a salir.
Habían discutido miles de veces por los cochinos calcetines que siempre dejaba bajo la almohada o por no limpiar bien el cepillo de dientes o por cualquier otra estupidez.
Pero Zac siempre le demostraba lo más importante: que, sin ser perfecto, siempre intentaba arreglar lo que fuera.
« Lo arreglé, Clarice. Sabes que no puedo vivir sin arreglar lo que sea cuando se tuerce ».
« Será enderezar cuando se tuerce », rebatía ella echándose como una loca a sus brazos; porque no podía vivir sin sus cálidos abrazos.
Y cerró los ojos y recordó, como cada noche, el día que supo que su corazón ya no le pertenecía a ella porque ese chico alto y desgarbado, que caminaba como si el mundo fuera suyo, se lo había arrebatado.
08:07 a.m. del martes, 23 de diciembre de 2015
(8 días después de conocer a ZACHARY)
—Un mensajero ha dejado este sobre para ti. Dice que espera respuesta—asomó la cabeza en la habitación de Clarice la entrometida de Madison.
Clarice cogió el móvil de la mesilla y se lo puso delante de las narices. Eran las 8 y cinco a.m. y había habido chupitos de todos los sabores y colores hasta las cuatro de la mañana.
—Pues dile que espere sentado. Estoy muerta.
—Dijo que es de un tal Zachary. Que tú sabes quién es.
Aquel nombre la resucitó como si fuera un conjuro lanzado por el mismo Dios, o el demonio…
no podía saberlo. Desde que presenció el puñetazo en los morros del superintendente, no había logrado quitárselo de la cabeza.
Zac era justo lo que no necesitaba, un informático que se creía el capitán del mundo por saber combinar a la perfección ceros y unos.
Un lenguaje que a ella le daba exactamente igual por mucho que fuera el lenguaje universal del próximo universo.
Clarice se levantó de un salto y voló hasta el sobre. Lo cogió de un golpe y, mirando a la entrometida que permanecía atenta a lo que pudiera haber dentro, dijo:
—Gracias Madison, que te vaya bien el día—quiso cerrar la puerta.
—¿De qué conoces a ese Zachary?
—De nada que te incumba.
—No estarás metiéndote en líos, Clarice. Dicen que puede cambiar notas en el servidor.
—Te lo digo en alemán: “Auf Wiedersehen”.
—¿No será el Zachary al que interrogó el superintendente?
—No sé de qué hablas, lárgate.
—Dicen que le dio un puñetazo en toda la cara y que el gran George W. Baley cayó como un fardo.
—Chao, Madison, no estoy para insufribles—cerró la puerta tras propinarle una patada en la espinilla.
Apoyando la espalda en la puerta para impedir que Madison volviera a entrar, leyó el remite del sobre: «Guarida del león»
La verdad es que la mirada de Zac la mañana que lo conoció era la de un león hambriento; aunque, eso sí, uno vestido de colorines y estrambótico a más no poder.
Luego abrió el sobre pensando « Un león pintado de colores sigue siendo un león.
Cuidado con él, aún es sospechoso del asesinato de Anne ».
—Eres un puto bicho raro, Clarice. Terminarás encerrada por loca—soltó un puñetazo a la puerta Madison antes de largarse.
Clarice no hizo ni caso, sólo tomaba aire antes de abrir el sobre.
« ¿Para qué querría matar a nadie, Clarice? Sabes que alguien como yo tiene movidas más trascendentes en el coco que apuñalar a Anne Miller ».
Clarice tenía el corazón como una olla a presión: « ¿Me está pidiendo ayuda? » Seguidamente dio la vuelta al sobre y justo en el centro, con letra muy pequeña, venía escrito:
« Estoy en el apartamento 13 del bloque residencial 6. El más nuevo de todos. Te espero. Ven sola».
Clarice tembló de pies a cabeza. En su mente había de todo, excepto certeza y seguridad.
Pero entre todo el batiburrillo, en el fondo de su mente encontró un poco de cordura «Ni se te ocurra.
Es el sospechoso número dos de la muerte de Anne, y si su novio tiene coartada, pasará a ser el número uno ».
Se coló en su cabeza inmediatamente otro pensamiento muy distinto: « Le creo, ese tío tiene en la mollera otras movidas que no tienen nada que ver con cargarse a nadie ».
Diez minutos después llamaba a la puerta del apartamento con un nudo en la garganta. Un nudo de miedo, esperanza e ilusión.
—Jamás cierro la puerta de mi casa. Entra, por favor.
Clarice sujetó la manilla con fuerza, teniendo la sensación de que iba a invadir un jodido campo de minas que estallaría en sus narices. Ojeó por la rendija y sólo vio que estaba todo en penumbra. Atenazada por el temor, se quedó inmóvil.
—¿No serás una vampira? —abrió la puerta Zachary sujetando un vinilo en alto.
—¿Yo? ¿Una vampira?
—Por lo de necesitar una invitación formal para entrar.
Seguía midiendo uno noventa y vestía aún peor que cuando entró en el despacho del decano: un pantalón de cuadros fucsias que parecía de pijama, una camiseta negra con un corazón rojo sangrante atado con alambre de espinos y una gorra con una flecha amarilla apuntando hacia abajo con la leyenda “ Estoy aquí dentro y soy indescifrable para los paletos ”.
Con su apenas metro sesenta, Clarice apenas le llegaba a la altura de los sobacos. Nada más. Al pasar bajo ellos, pensando que el olor sería insoportable, un aroma varonil penetró en sus papilas olfativas inundándola. «Se ha duchado y su desodorante mola un montón».
—Espero que te guste la buena música—se acercó a las baldas que hacían de biblioteca y puso el vinilo en un tocadiscos que debió ser de su tatarabuelo. —Los audiófilos dicen que el vinilo es la calidad absoluta del sonido.
—Se dicen muchas cosas—respondió Clarice sin saber dónde meterse.
—Eso es cierto. Se dicen cantidad de estupideces cada día, ya que hay estúpidos por todas partes.
—No está demostrado que el vinilo suponga la esencia de la perfección sónica. Es sólo un mito.
Zac carraspeó y la miró con una sonrisa de complicidad en la cara.
—La esencia del vinilo es que se escucha con el corazón y no con los oídos—guiñó un ojo seductor mientras lo ponía en el plato del tocadiscos. —“Radio Ga Ga. Lo mejor de Queen”, no hay nada mejor para la motivación de las endorfinas de la alegría. Salvo un buen canuto, pero ahora necesito pensar.
Sin más, ante los ojos entre espantados y anonadados de Clarice, Radio Ga Ga comenzó a sonar e invadir el salón en un estéreo perfecto.
Entonces, como un encantador de serpientes tarado pero atractivo, las caderas de Zac comenzaron a girar sobre su eje.
Con dulzura, acompasadas con su cabeza que volaba hacia atrás, a las alturas.
Era un bailarín espantoso, pero no había forma de apartar los ojos de él.
—Vuela, Clarice. Vuela conmigo. Suelta los hombros, los brazos, la cabeza—parecía un Quijote moderno luchando con molinos invisibles. —Somos polvo, somos luz y oscuridad, somos un pacto con las estrellas. Vuela, vuela y no dejes que el sol te queme.
Clarice, patidifusa, comenzó a girar como una peonza deslavazada.
Con los brazos hacia atrás y la cabeza volcada hacia el techo, se sintió flotar llevada por aquel paroxismo de locura contagiosa con Radio Ga Ga de fondo.
Fueron menos de cuatro minutos en total, pero acabaron los dos por los suelos, uno junto al otro, respirando como si hubieran consumado una noche de sexo abrasador.
—Me la trajeron de India—miraba la lampara de colores que colgaba sobre sus cabezas. —Es como una cámara estroboscópica salida de un arco iris nebular. No puedo hacer yoga sin la energía positiva que lanza.
Clarice, sudorosa, giró la cabeza para contemplar al tipo que parecía un enigmático pordiosero. Aún resonaba en sus oídos la canción de Queen y en sus retinas el terrible baile con el que la acababa de hipnotizar.
—¿Qué hago aquí, Zachary?
Zac la miró. Sus ojos se cruzaron haciendo estallar el aire entre ellos. Su pecho se elevaba y descendía buscando la calma. Luego giró la cabeza y volvió a mirar al techo.
—Necesito que me conozcas.
—¿Que te conozca? No entiendo nada.
Zac volvió a girar la cabeza hacia ella. Sus ojos azules brillaban con algo que parecía esperanza.
—No lo hice, Clarice. Mírame. Nunca me liaría con alguien como Anne. ¿Me crees?
—No importa lo que yo crea.
—A mí si me importa.
—Te aseguro que lo que yo crea no es nada importante para ti.
Zac miró de nuevo al techo. Sus ojos azules se oscurecieron un instante, como si la esperanza se hubiera apagado como una lejana estrella.
—Necesito que alguien me crea, Clarice. Desde el puñetazo en el despacho del decano, fue una cagada tremenda por mi parte—torció el morro encogido —soy un apestado al que las miradas reprobatorias persiguen. Ahora soy el posible psicópata. Estoy en pleno ojo del huracán.
Clarice giró su cabeza hacia él, que parecía mirar la oscuridad que había caído sobre su destino sin tenerlas todas consigo.
—Te creo, Zac. Sé que no tuviste nada que ver—dijo convencida con esa fe con la que los devotos creen en el Altísimo. Sin red.
Zac la miró, el brillo había vuelto a sus penetrantes ojos azules, y su gesto tomó confianza.
—¿Estás segura? Soy un apestado al que nadie se acerca. Es como si portara una enfermedad contagiosa. Todos cruzan la calle cuando me ven aparecer o se sientan en la mesa más alejada en el comedor.
—No sé por qué, pero te creo. Sí, estoy segura.
Zac tragó saliva con dificultad; como si intentara digerir las palabras de Clarice sin convencerse del todo.
—Nadie pegaría un puñetazo a un poli cuando le interrogan sobre un asesinato.
—Nadie que no esté loco—repuso él.
—¿Lo estás?
—Como una cabra, pero las cabras no hacen lo que le hicieron a Anne. Vamos, tengo que enseñarte algo—tomó la mano de Clarice ayudándola a levantarse.
Zac abrió la puerta que había al fondo del salón y accionó un pulsador. Clarice se había situado a su espalda, muy cerca, sujeta por la mano cálida de aquel desconocido que le hacía hervir la sangre a pesar de estar en las antípodas del perfil de hombre que siempre le había atraído.
—Es el único apartamento con sótano del campus.
—No pienso bajar ahí. Te creo, pero no tanto.
Zac la sujetó de los hombros con fuerza. Clarice sintió que podía dominarla, que la estaba dominando, con su energía volcánica. No sintió nada parecido al miedo.
—Me crees, lo sabes y sabes que yo lo sé. Dame una oportunidad de demostrarte que no fui yo.
Ella miró hacia la escalera. Su garganta se secó. «No bajes, tía. No digas que sí y sal corriendo de aquí. Quizá la mató ahí abajo», fue lo que pensó antes de decir con la garganta congestionada:
—Ya te di una oportunidad presentándome aquí. Me pides una segunda.
—No, es la primera, aunque presiento que habrá muchas más—clavaba sus ojos en ella con precisión quirúrgica. —Viniste a ver algo que está ahí abajo.
—Un minuto y me voy—soltó con la voz entrecortada por la emoción, por la inquietud, por la ¿atracción?
Tirando de Clarice hacia el sótano, Zac sonrió como un demonio que consigue lo que quiere. Ella pidió a Dios que fuera lo que fuera, fuese rápido; y se aventuró por la escalera tras él…