Chapter 21
XX.
Las constantes del presidente permanecían en verde.
Hellen Murdock se preocupaba de comprobarlo cada pocos minutos.
Clayton, el director de aquella atroz representación, permanecía pegado a su trasero dirigiendo la función a través del móvil.
Mientras ella intentaba tragar saliva desde hacía casi siete horas, los acontecimientos se sucedían en el exterior.
—Nunca aseguré algo así. El caso del presidente es único.
—Lo aseguró.
Hellen resopló inquieta.
—Si no me expresé bien le pido disculpas. No ha habido nunca un caso como el del presidente en la historia de la humanidad. Se ha hecho todo lo humanamente posible, señor Clayton.
—Mi poder de comprensión es sobresaliente; diría que excepcional. Usted lo aseguró, Hellen.
—Y usted me aseguró que no habría muertos; y aún no han limpiado la sangre del chico al que arrebataron el corazón. ¡Por Dios, soy doctora, Clayton!
—Coronel.
—¿Cómo?
—Soy coronel—sujetó sus muñecas con fuerza atrayéndola contra su pecho—¿Cuándo despertará, Hellen?
—¡Quizá nunca! —gritó entre dientes llena de rabia y pavor.
Al coronel no le hizo ninguna gracia escuchar aquello; para los hombres como Clayton, acostumbrados a que todos meen cuando él lo ordena, aquello era una insubordinación en toda regla.
—Si no despierta en 24h tendré que suponer que me mintió. Y si me mintió a mí, lo hizo a su país y a su presidente. Si eso ocurriera perdería mi confianza, y eso es peor que no haberla tenido nunca, porque supondría que me ha defraudado profundamente.
Los ojos fríos del demonio que la sujetaba por las muñecas la estremecieron de pies a cabeza. Incluso creyó que iba a perder el sentido, tan aterrorizada como estaba. Haciendo acopio del poco valor que le quedaba, Hellen se zafó como pudo y revisó el reloj.
—Debo pasar por casa, coronel. Tengo unas notas importantes que quisiera consultar sobre la conservación y los trasplantes. Además, necesito comer algo, darme una ducha y cambiarme.
—Yo mismo la acompañaré. Debe estar agotada. Ha sido una noche muy larga.
—No se moleste, coronel.
—No es molestia—la sujetó nuevamente de la muñeca. —Hace tiempo que no tomamos un café y, si todo esto sale bien, que no me cabe duda de ello ya que no es una mujer que hable por hablar, tengo planes para usted.
El gesto de Hellen se quebró por el temor.
Ella era una testigo del asesinato que se había producido bajo la sala oval y de quién lo había perpetrado.
Tenía casi cincuenta años. Había sido directora de un centro de renombre en el que las vidas dependían del dinero que poseyeran en sus cuentas los pacientes.
Incluso había sido responsable de manera indirecta de la muerte de más de uno; pero no era lo mismo dejar morir a alguien que matarlo de un tiro en la cabeza.
—Clayton, le seré sincera. En cuanto el presidente despierte pienso renunciar.
—Hellen, si el presidente despierta no permitiré que renuncie.
Se habrá confirmado toda la confianza que he depositado en usted y yo no soy de los que confían en nadie.
Tengo grandes planes para el futuro, grandes y lucrativos planes.
Y la quiero en mi equipo. Ha visto con sus propios ojos todo lo que es capaz de hacer un país como el nuestro para salvarse de la destrucción.
Hellen se tensó como un cable de acero al tomar conciencia de la ratonera en la que se había metido al trabajar para Clayton.
Era un loco que había ejecutado a un niño por el “supuesto” bien del País.
En su trabajo como directora de un hospital, había visto unas cuantas monstruosidades por afán de lucro: dejar morir niños por carecer sus padres de seguro médico, aplicar tratamientos incorrectos por ser mucho más económicos sin importar la supervivencia del paciente...
Pero jamás había visto a un monstruo con la determinación del coronel.
—De acuerdo, coronel. Me volveré a replantear su oferta; aunque no le prometo más.
—Es usted una mujer avispada que sabe cuándo hay que dejarse llevar por la marea.
Una superviviente. Se que hará lo mejor.
Andando. Quiero estar de regreso antes de que despierte.
Hice traer de su casa una pequeña maleta: hasta que esto se resuelva, una de las habitaciones de invitados será la suya—la hizo entrar en el ascensor por el que habían descendido horas antes.
El elevador, silencioso como un cocodrilo bajo el agua, ascendió a la sexta y última planta de la Casa Blanca sin que ninguno abriera la boca. « Estoy atrapada» es lo único que giraba en la cabeza de la doctora, en medio de un ataque de pánico.
—Es usted una privilegiada. Sólo las personalidades destacadas han dormido en alguna ocasión aquí. Algún día podrá contárselo a sus nietos.
Hellen le hubiera cruzado la cara en aquel momento: ella no estaba casada ni había tenido hijos nunca, y el puto Clayton, que la sujetaba por el codo mientras la arrastraba, lo sabía perfectamente.
« Me gustaría saber cuántas personalidades han sido secuestradas en la Casa Blanca.
¿Seré yo la primera? ». Tras recorrer varios pasillos, se detuvieron ante una puerta de color crema, como otras tantas que habían dejado atrás.
—Esta enorme casa de los americanos, dispone de más de 132 habitaciones. Si alguien entrara buscándola con malas intenciones, tardaría horas en encontrarla. Aquí podrá descansar sin ser molestada.
—Tenía entendido que la planta superior era para el servicio.
—En toda esta ala no hay nadie más. Sólo usted. Es la reina invitada. Dese una ducha bien caliente mientras yo mismo le traigo un tentempié. Y por favor, deme su móvil, me aseguraré de que nadie la pueda molestar.
Hellen quiso impedir que el coronel le arrebatara el bolso de las manos, pero la gélida y endemoniada mirada de Clayton la dejó helada.
Ante las narices de la doctora, arrojó el contenido del bolso sobre una mesita que había junto a la puerta.
Revolvió sus pertenencias como si fuera el dueño de todas ellas.
Lo hizo de modo rápido y preciso para quedarse con el móvil y las pinzas de las cejas que siempre llevaba consigo.
—No las necesitará. Ni el móvil. Ahora debe descansar, está bajo la protección de la Casa Blanca.
No dijo más, ni esperó quejas ni preguntas. Sólo cerró la puerta y giró la llave, dejándola encerrada. « En cuanto el presidente despierte… estoy muerta. He visto como ese loco disparaba en la cabeza del chico. No me dejará vivir para contarlo».