La patóloga Chapter 20
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Chapter 20

XIX.

El trayecto desde The Hot Club fue un viaje de apenas diez minutos por carreteras que se estrechaban a medida que el asfalto se internaba en la espesura de Seekonk. A las dos de la mañana, la humedad y la niebla del bosque se pegaban al parabrisas como una baba pastosa de presagios perturbadores.

—Ya casi estamos —murmuró Clarice, girando el volante hacia Massasoit Drive.

Tras dejar atrás una carretera iluminada con farolas y rodeada de villitas unifamiliares, justo al final del camino, surgió entre las sombras de los robles la última y más grande de las casas. Se trataba de una pequeña mole de dos plantas que en otro tiempo fue el sueño de una familia en expansión.

—¿Vivís ahí? Madre mía. Parece una fortaleza.

Clarice dejó escapar un suspiro de pesar mientras detenía el vehículo frente a la puerta principal.

—Ahora nos comen las deudas, Nat. Zac es un crack en la empresa de seguridad cibernética en la que trabaja, pero desde la enfermedad solo entra en esta pequeña fortaleza un simple salario de patóloga forense del condado de Rhode Island.

Los tratamientos médicos infructuosos se lo han comido todo.

Hasta rehipotequé la casa; aunque Zac no lo sabe.

Firmó los papeles del banco sin saber lo que firmaba, empachado de medicamentos superagresivos como estaba.

De haber sabido lo que estaba firmando, jamás lo hubiera consentido.

—Cuanto lo lamento, Nat. Si puedo ayudar no dudes en decírmelo. Sabes que el dinero siempre fue un castigo para mi familia.

—Gracias, Nat. Pero cuando Zac se vaya, venderé la casa. Ya tengo comprador. No podría seguir viviendo ahí dentro—lanzó una mirada de enorme tristeza hacia la puerta principal. —Todo me recuerda a Zac El sistema de seguridad lo instaló con sus propias manos. Una virguería que jamás entenderé.

—Mi chico, Robert, también es un paranoico de esos sistemas de vigilancia que no te dejan ni bajarte las bragas a solas. Todos los tíos son así. Todo lo que tenga cables y se pueda enchufar les parece bien.

Clarice entornó los ojos buscando unas fuerzas que, cada vez que llegaba a la casa con la que tanto habían soñado, le faltaban.

—La compramos cuando la prueba de embarazo confirmó que Zac Junior estaba en camino. No sabes cuantas noches hemos imaginado barbacoas y risas de críos corriendo por el césped. Ahora, bajo la luz mortecina de la luna, el sueño que tanto perseguimos se ha convertido en una pesadilla.

Al detener el motor, el silencio del bosque les cayó encima. Clarice sacó la llave del contacto y echó el freno de mano dispuesta a abandonar el confort del vehículo. Pero Nataly la detuvo.

—Ayer ocurrió algo en la Casa Blanca. No sé si puedo hablar de ello:  incumbe a la seguridad nacional.

—Sabes que puedo ser una tumba, Nat. Me pusiste a prueba muchas veces con tus locuras inconfesables.

—Lo sé. Pero esto es muy muy serio. Si te lo cuento, por nada del mundo puedes decírselo a nadie. Por favor, Clary, ni una palabra a nadie.

Clarice hizo el gesto de ponerse un candado en la boca y tirar la llave a su espalda. Se quedó mirando fijamente a Nat. Esta dudó unos segundos; por un lado, necesitaba soltar la bomba y por otro temía que pudiera comprometer a su reencontrada amiga.

—Vamos, suéltalo. No será peor que cuando rellenaste de agua el depósito del Corvette de aquel profesor de Historia de la Filosofía con el que te complicaste la vida. Pobrecita, solo querías que te enseñase a ser más real, más accesible y mundana…

—Mucho peor, Clarice. Repite conmigo, que esto es muy serio: « Que las cuatro plagas de Egipto caigan sobre mí como una tempestad y se me caiga el pelo si abro el pico ».

—Vale, que las cuatro plagas, aunque fueron diez, me caigan como una tempestad y me lleven por el retrete, si se me ocurre abrir la boca.

—Ok. Ahí va… El presidente murió ayer.

—¿Qué presidente?

—El tuyo. El de todos.

—¿Quién? ¿Donald Turner?

—Sí, el cabrón sobador de traseros más poderoso del mundo.

—¿Te sobaba el culo?

—A los cinco minutos de conocerme. Me llegó a decir que le encantaría hacerme unos favores, pero que tenía el periscopio jodido.

—¿El presidente?

—Te lo juro. Era un puñetero marrano con dos patas. Y no me apena lo más mínimo que la diñara…

—¡Nataly! Que era el presidente Turner... Algo tuviste que sentir.

—Una felicidad inmensa, Clary. El karma, tras años de sobeteos, se puso de mi lado y me permitió presenciar, con estos ojos, cómo palidecía como una momia de cinco mil años. Te aseguro que ha sido lo mejor para el mundo y para las que teníamos que trabajar con él.

—Joder, Nat. No puedo creerlo.

—Pues créetelo.

—¿No le dejarías morir sin más?

—Aunque no me apetecía nada, intenté reanimarlo. Hasta le hice el boca a boca… y vomité del asco. Cuando le hagan la autopsia encontrarán pato Pekín en su garganta.

Ambas rieron muy bajito, como si les diera vergüenza sentirse alegres con la que tenían encima.

—La verdad sea dicha, cara de salidillo no le faltaba, Nat. Pero casi todos los tíos la tienen cuando te ven. Es tu sino—dijo Clarice tras unos segundos de silencio. —Hay que ver la de cosas que te pasan, Nat. Mi vida es un domingo de misa y el tuyo un sábado de discoteca.

—No diría tanto. El presidente Turner no era para nada uno de nuestros famosos sábados noche de fiesta y desenfreno.

—¿Estás segura de que ha muerto? Han dicho que había sido ingresado por precaución en el hospital George Washington. Un ligero cólico. Han asegurado que la vida del presidente no corre peligro.

—La muerte de ese capullo es de Seguridad Nacional.

Estarán organizando la nueva secretaría de estado, moviendo piezas e intereses y cuando esté todo listo, dirán que hubo una complicación inesperada y que no pudo superarlo.

Pero te aseguro que está muerto. Cayó desplomado en sala oval ante mis narices.

Cuando se lo llevaron los servicios clínicos presidenciales, estaba blanco como la fachada del capitolio recién pintada.

—Que descanse en paz—se santiguó Clarice.

—Y que lo entierren bien hondo—hizo el gesto de tirar de la cadena Nat.

Esta vez ambas se rieron con ganas, como si todos los problemas del mundo se hubieran borrado. Pero fue sólo un espejismo en la noche. Los ojos de Clarice pasaron de brillar como en el pasado, a brillar perdidos y desgarrados en el presente.

—Todo está perdido Nat. La casa está abandonada. Nadie cuida de ella desde ni se sabe cuándo.

—Ni de ti—sujetó a Nataly la barbilla de Clarice y juntó su frente con la de su amiga. —Pero ya estoy aquí. No volveré a renunciar a ti y pienso devolverte todo el apoyo que siempre me diste. Volveremos a ser inseparables. Nada nos vencía cuando era así.

Nat salió del vehículo y el fuerte olor a hojas podridas y abandono penetró inmediatamente en sus fosas nasales.

El jardín, el orgullo de Zachary padre, era ahora una selva de malas hierbas y arbustos sin podar que arañaban la fachada.

A un lado, la silueta de la piscina destacaba como una tumba olvidada; la lona azul que la cubría estaba hundida por el peso de decenas de lluvias estancadas y ramas caídas.

—Dos veranos —dijo Clarice siguiendo la mirada de Nat hacia la piscina— No se ha destapado desde que el diagnóstico de Zachary lo cambió todo. Nadie tiene fuerzas para limpiar el agua y segar el césped cuando la vida se te ensucia de esta manera.

En la planta baja, una luz tenue permanecía encendida. Era la habitación donde Zac Junior dormía cerca de su abuela. La madre de Zachary, anclada a su silla de ruedas, era quien mantenía el fuerte mientras Clarice buscaba respuestas en el fondo de viejos expedientes.

—Vamos entra, no te quedes ahí—pidió Clarice, aunque su voz sonaba más a una súplica que a una invitación—. Junior se parece tanto a él que a veces me asusta.

Caminaron por el sendero agrietado. Nat evitó mirar el trampolín que se alzaba sobre la lona como un brazo tieso, esperando a un saltador que seguramente no regresaría jamás. La leucemia no solo se había llevado al jardinero; había dejado que el bosque empezara a devorar la casa desde fuera.

Aparcado a menos de cien metros, el Oldsmobile que las había seguido con las luces apagadas esperó a que las dos amigas entraran en la casa para arrancar y regresar a la carretera.

Su conductor, con la foto de Nataly sujeta en la visera del conductor, golpeaba el volante con una furia que no podía contener: « Te tengo.

Sé dónde encontrarte y no tardaré en regresar, zorrita lividinosa».

Clarice se asomó a la habitación de Zac Junior y, tras escuchar que respiraba acompasadamente, continuó el ascenso a la planta superior. Unas pequeñas luces anaranjadas iluminaban los escalones de madera maciza mientras el resto de la casa permanecía a oscuras.

—El baño de invitados, o sea, el tuyo—encendió la luz del cuarto que se abría a su izquierda.

—Tiene ducha termostática y suelo radiante independiente.

Ese termo se ocupa de ello—apuntó a lo alto de la esquina derecha.

—Zac asegura que los resfriados entran por las baldosas frías de los baños.

Hay tres y todos con su suelo radiante independiente.