La patóloga Chapter 19 #2
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Chapter 19 #2

—No se ponga tan melodramático y responda una última pregunta. ¿Cómo sabe que quieren dar pasaporte a su novia?

—Porque la orden de matarla me la dieron a mí.

El sargento, manteniendo una de sus manos en la nuca, sacó su móvil del bolsillo trasero de su pantalón.

—Si me permite, se la mostraré.

Howard, con un leve movimiento a un lado del cañón y entornando los ojos, asintió. Robert comenzó a teclear en la pantalla y cuando llegó al mensaje que buscaba, giró el móvil para que Howard pudiese leerlo.

«Parte el cuello de la subsecretaria de Salud. Ahora»

Howard abrió los ojos de par en par, incrédulo.

Miró a Robert y volvió a leer el mensaje.

En ese momento, mientras el veterano releía la orden, Robert le arrebató el arma en un instante.

Howard metió inmediatamente su mano derecha en el lateral del sillón y sacó una beretta APX negra como el carbón, con la que apuntó a Robert, de nuevo, a la cabeza.

—Veo que tiene la artritis bien controlada, Howard—apuntaba con el rifle al estómago del veterano.

—No lo crea. A esta hora de la mañana podría temblarme cualquier dedo y uno lo tengo en el gatillo… y no lo digo por preocuparle, sargento.

—Pues entonces no me preocuparé, Howard. Aunque insisto en que tendría que estar ya de camino a ninguna parte.

—Creo que tengo ventaja, joven. Una bala en la cabeza es más mortal que una en la barriga.

—En eso le doy la razón. Aunque una en la barriga puede ser mucho más jodida si no se sobrevive. Y a esta hora de la mañana, con las carreteras abarrotadas y los conductores de ambulancia pensando más en acabar el turno que en salvar a viejos con un tiro de rifle en las tripas...

—Veo que está el asunto complicado, joven.

Robert apretó la mandíbula y volvió a hablar.

—Esto que le voy a contar podría tirar por el retrete los cánones, normas y ordenanzas que han guiado su vida. Soy un soldado herido en una guerra secreta que nunca existió, al otro lado del mundo. Y mis cimientos se tambalean tras lo que he presenciado no hace ni dos horas.

—Me tiene en ascuas, joven.

—He visto al coronel Clayton Maxwell disparar en la cabeza a un crío de no más de doce o trece años.

—Perdone si me cuesta creer eso, sargento. Y en el supuesto caso de que diera credibilidad a algo tan inaudito, ¿con qué objeto un coronel condecorado dispararía a un crío en la cabeza?

Robert desvió el cañón del rifle al suelo, se aproximó al veterano y respondió:

—Para arrebatarle el corazón y ponérselo al presidente.

El veterano volvió a abrir los ojos de par en par.

En su mente se encajaban piezas a toda velocidad tratando de dilucidar si aquello podía ser cierto.

El presidente había sido ingresado por un suave cólico, pero él sabía que por un suave cólico no se organizaba un ingreso así.

Un soldado herido en batalla, que había superado a saber cuántos filtros para entrar en el servicio de escolta del presidente, le aseguraba que Turner había sido operado de emergencia.

La chica de la imagen, Nataly, era ciertamente la subsecretaria de Salud.

El mensaje con la orden de ejecutarla era incontestable…

¿Qué más le hacía falta para ver la verdad?

—Sabe que todo lo que digo es cierto, Howard. Conoce de primera mano lo que el poder es capaz de…

—Este país dejó de ser honorable hace demasiado tiempo, soldado.

Veo en la caja tonta un país por el que ya dudo que merezca la pena morir—cortó a Robert dejando de apuntar a su cabeza.

—Cuando un garante de la seguridad de los ciudadanos es capaz de ejecutar a un niño para salvar a su presidente, es que esta mierda que nos rodea ya no puede ser limpiada.

Robert vio en los ojos del veterano el tenue brillo de la decepción. Darse cuenta de que todo por lo que has luchado, todo en lo que creías y defendías es ya un fantasma, una tumba rodeada de malas hierbas que nadie limpiará, es lo que tiene.

—Muchacho, siento que he desperdiciado mi vida como un botarate. El dinero está bajo los leños de la izquierda. Cógelo y desaparece.

Robert se levantó devolviendo el rifle a Howard.

Retiró un par de leños y divisó el dinero que rápidamente se metió en el bolsillo del abrigo.

Sin decir nada más, pasó junto a un hombre que había creído ser alguien y que de repente había descubierto que estaba totalmente equivocado.

Abrió la puerta y sin saber por qué, quizá porque él había sentido lo mismo que Howard al ver al crío caer con los sesos esparcidos por todas partes, se detuvo.

—No es ningún botarate, Howard. Usted cumplió su parte, fueron ellos los que no.

Howard giró la cabeza, descorazonado.

—Supongo que ya lo sabe, sargento Robert. Pero se lo diré igualmente... Si ese tal Clayton es quien es y tiene el poder que tiene, no podrás esconderla mucho tiempo. Os dará caza en menos de una semana; y eso si eres tan bueno como pareces.

Robert apretó con fuerza la manilla de la puerta. Luego recorrió con la vista la habitación y fijó su mirada en la foto junto al televisor.

—Sé que sabe de lo que habla—miró de nuevo la foto que ocupaba la pared central del salón. —Es usted con el presidente Reagan en el Capitolio.

—Desarticulé un pequeño complot antes de que ocurriera nada. Fue un golpe de fortuna.

—No es de los que cree en la suerte, Howard. Eso lo tengo claro.

Howard sonrió por una vez.

—Sargento, todavía me queda algún amigo ahí dentro—se refirió al Capitolio.

—No me cabe duda de que así es.

—Y aún me deben algún que otro favor, no sé si me entiende.

—Le entiendo perfectamente, Howard.

—Quizá el destino me esté dando una última oportunidad de hacer algo por este dichoso país, dejándole ir. Quién sabe si no estamos a tiempo de salvar algo de lo que fue América.

Robert se sonrió mientras salía dejando la puerta cerrada a su espalda.

Ese viejo carcamal aún tenía sangre en las venas y hasta algún que otro recurso escondido.

Y, además, era un jodido oráculo de esa sabiduría que siempre otorga la vida…

la puta experiencia. El viejo veterano sabía que con sabuesos como los que Clayton habría puesto a perseguirla, Nataly no duraría ni una semana viva.

«El plan de escape no funcionará con Clayton tras nosotros», se dijo Robert.

«Tendré que olvidar el plan A y buscar cuanto antes un plan B», se dijo también.