La patóloga Chapter 19
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Chapter 19

XVIII.

Cuando salía del vehículo, el grito de un crío al otro lado de la calle llamó su atención.

Lo miró y calculó que tendría la misma edad que el que Clayton había liquidado hacía una hora.

Con la imagen en la retina del mocoso desplomándose y sus sesos esparcidos contra la pared, pensó que nunca había tenido dudas de la fidelidad a la bandera de estrellas.

Durante todos sus años de militar, había considerado que cualquier cosa cabía para proteger a un compatriota.

Pero sus convicciones comenzaron a resquebrajarse con la imagen del crío sobre la camilla de aluminio mientras le sacaban el corazón.

Jamás había tenido dudas sobre el deber; aunque tampoco imaginó que su amado país, ese por el que sentía absoluta devoción, sería capaz de sacrificar un niño para salvar a un viejo, por muy presidente que fuera.

Aquello había sido un americano por otro, y eso significaba que un americano que debía proteger había sido sacrificado.

¿Estaría el presidente Turner al tanto de que algo así podía ocurrir?

Si ese era el caso, se dijo que no merecía la pena exponer el pecho para salvar a una sabandija así.

Caminó hacia la parte trasera y entró por la trampilla que daba al sótano.

Lo había hecho en multitud de ocasiones, aunque nunca al amanecer y ante tantos posibles testigos; pero tampoco tenía más opciones.

Las emergencias surgen cuando surgen. «¿Por qué Nataly?

» se dijo una vez dentro. No tenía ningún sentido: no era más que una subsecretaria del Gabinete de Salud presidencial.

Una chica normal y corriente con un trasero de diez.

Encendió el flash del móvil y se movió con sumo cuidado. Todo estaba como siempre. Las baldas llenas de polvo y telarañas y cajas con útiles inútiles por todas partes.

—¡Soldado! ¡No se vaya sin despedirse! —retumbó por la escalera la voz ronca del propietario de la casa.

Robert sacó el arma de inmediato y apuntó hacia la luz que bajaba del piso superior. Quieto como una estatua de granito, afinó el oído.

—Y guarde su arma reglamentaria si no quiere que se la enfunde en el trasero.

Robert la guardó tras soltar un último «joder» y cogió la caja que tenía enterrada en una esquina del sótano.

Tras comprobar el interior, lanzó un gruñido hacia el piso de arriba.

«El jodido sordo me ha birlado la pasta».

Cogió el DNI y las llaves de la Airstream.

Luego miró hacia la escalera y decidió ascender.

La situación era complicada: Clayton tras sus huesos y los de Nataly, y un desconocido que se había quedado con el metálico que necesitaba.

Sabía que mentir a Clayton y jugar al escapismo con él era una ruleta rusa con seis balas en el tambor, pero ya no había marcha atrás.

No dejaría que acabaran con Nataly ni permitiría que un crío inocente muriera sin más.

Howard degustaba un whisky de veinte años plácidamente sentado en mitad del salón. Sobre una mesita de madera pegada al sillón orejero en el que descansaba con un rifle sobre su regazo, había otro vaso y una botella.

—La acabo de abrir. Es tarde, pero llevaba tiempo deseando conocerle, sargento Robert.

Robert se acercó escrutando el entorno. Era un salón estilo viejo Oeste: pistolas y rifles por las paredes, varios sombreros como los que hubiera llevado John Wayne y una enorme chimenea flanqueada por dos pilas de leños, una a cada lado.

—Creí que era un jodido sordo.

—En absoluto. Mi oído está jodidamente bien.

—Me alegro mucho por usted. Lo que no sabía es que esta casa fuera la casa de un puto chorizo.

—Ni yo creí que un guardaespaldas del presidente fuera un puto asaltante de casas.

Robert clavó la mirada en Howard y se relajó un ápice.

—Aceptaré su ofrecimiento—se acercó a la botella y se sirvió. —Sólo un trago, Howard. Tengo un poco de lío en estos momentos.

—Lo supongo. De otro modo se hubiera atrevido a invadir mis dominios cuando todo el barrio sale de sus casas para comenzar la jornada. Sé que no es un tipo que tome más riesgos de los imprescindibles.

—¿Cómo sabe quién soy?

—Nunca permito que un desconocido entre dos veces en mi casa sin saber todo sobre él. Pero bueno, aclarado quién es quién, dígame por qué decidió usar mi casa como escondrijo.

Robert observó el color ambarino del whisky y dio un pequeño sorbo.

—Tiene un gusto excelente con el whisky, Howard—valoró mientras se sentaba en una silla frente a él.

—Lo guardaba para una buena ocasión.

—Cómo le dije, ando con bastante prisa. Así que si me devuelve los 30.000$, no le molesto más.

—Beber solo es deprimente. Si alguien me viera con un whisky por esa ventana, a esta hora tan temprana, confirmaría que el viejo sordo ha terminado de perder la chaveta. Le estoy ofreciendo mi hospitalidad a un soldado que lleva más de seis meses invadiendo mi casa. No sea desconsiderado.

—Tengo diez minutos, Howard. Ni uno más.

—Tendrá que valer.

—Antes de nada, le haré una pregunta: ¿Por qué todo el barrio cree que está sordo como una tapia?

—Supongo que será por mi apellido: “Sordo”. Y ahora respóndame usted: ¿por qué huye?

—Es un asunto Nacional, Howard. No puedo hablar de ello. Supongo que lo entenderá. Me he fijado en las fotos sobre la repisa de la chimenea. Es usted militar. Y ahora, si no hay nada más y hace el favor de devolverme el dinero, le dejo tranquilo con sus cosas.

—Vaya, qué casualidad tan enorme. Precisamente por eso le pregunto lo que le pregunto. Juré defender a mi país y a la bandera de estrellas que ondea en mi jardín antes de que tú hubieras nacido, joven. Por eso tengo que saber si todo esto tiene algo que ver con la hospitalización de mi presidente.

—Me pagan para proteger al presidente, Howard.

—Pero el caso es que, esta noche pasada, la FOX ha dicho que el presidente Turner ha sido ingresado en el George Washington de urgencia.

—Solo por un ligero cólico, Howard.

—Usted sabe tan bien como yo que no ingresan a un presidente por un ligero cólico.

Eso se lo creen los mentecatos. Siempre es mucho más grave de lo que anuncian.

Y como ha coincidido este ingreso con la activación de su plan de escape, no me queda otra que asegurarme de que no dejo escapar a un traidor.

Y esto no es nada personal. Debe saber que la única razón por la que he permitido lo del sótano es que admiro a un hombre que es capaz de dar su vida por nuestro presidente—depositó el vaso en la mesita, cogió el rifle de su regazo y apuntó a Robert.

—¿Tiene esto algo que ver con la hospitalización del presidente? Y no me mienta, que lo sabré—amartilló la palanca del rifle.

—¿Está esa arma cargada, Howard? —dudó un instante.

—Sí señor. Doce balas en la recámara. Calibre 44. Podría matarle doce veces seguidas. Y ahora responda a la pregunta que le acabo de hacer.

Robert sabía que no podría matarlo doce veces seguidas porque sólo se puede palmar una vez. Miró a Howard fijamente y cedió:

—No he tenido nada que ver con el ingreso del presidente. Se lo aseguro.

—¿Por qué lo han ingresado?

—Un puto infarto, Howard.

—¿Sobrevivirá?

—No soy médico.

—Eso no responde a mi pregunta.

—La mujer que amo dice que no.

—¿De qué conoce al presidente esa mujer?

—Es la subsecretaria de Salud presidencial.

—¿Cómo se llama?

—Qué más da, Howard. Han pasado los diez minutos, tengo que irme.

—¿Cómo se llama, sargento? —levantó el arma y le apuntó a la cabeza.

— Nataly Claiborne, joder.

Howard sacó del bolsillo de la bata un móvil de última generación y le habló directamente.

—Ok, Google, dime quien es Nataly Claiborne.

Unos segundos después, la sugerente voz del asistente respondió:

“Nataly Claiborne es en la actualidad la subsecretaria de Salud del Capitolio. Tiene 32 años y nació en el seno de una familia adinerada de…”

—Ok, Google—interrumpió la voz de la asistente. —Muéstrame una foto de Nataly Claiborne.

Howard levantó el móvil y la contempló con ojos escrutadores. No era desde luego la mejor de las fotografías, pero Nataly era la adoración de cualquier cámara de fotos.

—Veo que no miente. Es la subsecretaria que dice. Por cierto, una mujer extremadamente hermosa, sargento.

—Lo es, Howard. Ahora, si hace el favor de devolverme el dinero le dejo tranquilo con sus cosas. Le juro que jamás volverá a verme.

—Ojalá pudiera, sargento. Pero antes debo estar seguro de que hago lo correcto dejándole ir. ¿Por qué ha elegio huir en este momento?

—Joder, Howard. Ya he hablado más de lo que debía con un civil.

—No lo suficiente para mí. ¿Por qué ahora?

—De acuerdo, para salvarla a ella—dirigió la mirada hacia el móvil que sujetaba Howard.

Este volvió a mirar la pantalla en la que Nataly permanecía seria, con sus ojos azules clavados en los de Howard, el tipo que apuntaba a la persona de la que se había enamorado, por fin, como una colegiala.

—¿Quién quiere matarla?

— Clayton Maxwell.

—¿El responsable de la policía de la Casa Blanca? ¿Su superior jerárquico?

—Exacto, Howard.

—¿Por qué alguien que dirige la protección del mismo presidente querría acabar con esta mujer? —giró la pantalla del móvil hacia Robert.

—Es lo que tengo que averiguar—tragó saliva al contemplar su imagen. No sabía si volvería a verla.

El instinto de Robert fue arrodillarse y colocar su frente en la boca del cañón del rifle. Con dos dedos sacó su arma reglamentaria y la arrojó al otro lado del salón. Cada segundo corría en su contra. Cada minuto allí dentro era una dificultad añadida para escapar de Washington.

—Howard, el tiempo apremia. Cada segundo es vital. Ha sido militar y sabe que mi vía de escape se estrecha por momentos.

—Aún tiene preguntas que responder, joven. Soy un sabueso viejo que se las sabe todas.

—Howard, soy el sargento Robert Bonneville. Entrenado para salvar a mi país y a sus ciudadanos. Jamás haría daño a un americano inocente. Si esto tiene que acabar aquí, que así sea—cerró los ojos, anudando los dedos de sus manos tras la nuca.