La patóloga Chapter 18
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Chapter 18

XVII.

Habían pasado las diez de la noche cuando Clarice y Nataly abandonaban el hospital sujetándose por la cintura.

Recordar viejos tiempos era un método de sanación mental que ambas necesitaban para recobrar fuerzas.

Y, por un día, las dificultades de la vida habían quedado apartadas de sus mentes haciéndoles creer que todo era posible ahora que volvían a estar juntas.

—Deja el coche aquí, Nataly, vamos en el mío—dijo Clarice mientras se acercaban a su coche. Ninguna de las dos se percató de la sonrisa del tipo que conducía el Oldsmobile, que pasaba junto a ellas sin apartar la mirada de Nataly.

Nataly soltó un enorme suspiro, dejando caer las llaves del coche sobre la mesa con un estruendo metálico.

Tenía el cabello revuelto tras ocho horas de carretera desde Washington, pero sus ojos —esos ojos que siempre buscaban el borde del precipicio— brillaban con una intensidad eléctrica, como si no hubiera pasado nada.

Como si la noche anterior hubiera bailado como una loca, como siempre hacía, sin importar quién estuviera delante ni lo que pudiera pensar.

—Qué loca estaba, Clarice.

—Muchísimo.

—Perdona por los aprietos y malos ratos que te hice pasar. No tenía ni media neurona y sí muchísima mala leche.

—Mucha, pero tenías un fondo estupendo.

—¿Lo crees de verdad?

—Claro, Nat. La liaste mucho con casi todos los chicos que se cruzaban en tu camino. Querías hacerte la dura, la inalcanzable. Pero en realidad siempre fuiste una romántica empedernida; la pobre Nat, nunca lo hubieras reconocido, pero lo eras—afirma Clarice. —Y lo sabes.

—Para nada. Nunca creí en príncipes azules ni en el amor.

—Pero querías creer, Nat. Nunca dejabas de intentarlo. Tus palabras decían una cosa, pero tu corazón nunca te hizo caso.

—¿Lo crees de verdad?

—Pues claro que lo creo. Siempre necesitaste que te quisieran con locura y te desearan con desesperación. Y eso es de romántica total.

—En aquellos años, tras el internado, necesitaba reafirmación constante, eso lo reconozco.

Te lo conté en esta misma mesa. Mis padres me dejaron con los abuelos para irse a las Fiyi a intentar salvar un matrimonio y murieron por el camino.

Su avión cayó al mar y ni siquiera lograron encontrar sus cuerpos.

Quedé al cargo de los padres de mi madre: dos ricachones que, si ya estaban molestos por cargar con una cría de diez años mientras sus padres arreglaban lo que no tenía solución, imagina cómo se quedaron cuando vieron que yo iba a ser para siempre.

Recuerdo lo primero que dijo mi abuelo al enterarse: «Esos dos se han fugado y nos han endiñado a la mocosa».

—¿En serio? Eso no me lo llegaste a contar.

—La niña que yo era estaba medio traumatizada por el abandono.

Podía estar radiante por fuera, pero no por dentro, Clarice.

Era la mancha negra que ocultaba. Mi propia familia me rechazó…

a una niña de su propia sangre que se había quedado huérfana.

El caso es que cuando mis queridos abuelos estuvieron seguros de que mis padres no volverían de la fuga a las Fiyi, me internaron en la institución más elitista de Rhode Island.

Era una prisión con todos los lujos. Una prisión exclusiva diseñada y pagada por ricos para esos hijos que interferían en sus ajetreadas vidas.

Aquel lugar lleno de lujos y caprichos lo tenía todo, menos una cosa.

—¿Cuál? —preguntó sin soltar la cerveza Clarice.

—Una jodida puerta abierta.

—Entiendo—entrecerró los ojos Clarice en señal de comprensión.

—Y allí me abandonaron a mi suerte. Cuando por fin pude salir, era una chica rota. Perfecta por fuera, pero hechas trizas por dentro. ¿Y sabes qué era lo peor?

—Que lo perdiste todo y nadie se dio cuenta de ello, Nat. Y entonces construiste ese muro para ocultar el dolor, para que nadie viera que sufrías.  Eras la chica diez en felicidad. Pero yo siempre supe que no eras tal y como aparentabas ser. Era más lista que los demás.

—No pude engañarte ni por un segundo. Supongo que me tocaste la fibra cuando me llamaste guarrilla de alterne.

—Te recuerdo que empezaste tú diciéndome que parecía una puritana virginal y aburrida—soltaron una carcajada las dos, rememorando el día en que se conocieron.

—Si no muerdo algo que tenga grasa y se escurra por la barbilla en los próximos cinco minutos, voy a desmayarme sobre la mesa, Clarice —dramatizó Nat, suplicando al camarero con la mirada que llegaran las dos hamburguesas de la casa.

El camarero dio un respingo y voló a la cocina. Un segundo después apareció con la grasa de primera y el bote de salsa especial de la casa.

—Veo que la mirada lastimera sigue funcionándote con los tíos.

—He perdido práctica y alguno se me escapa. Pero hoy me siento la de antes, la serpiente que se enroscaba en los tíos y los exprimía como naranjas.

Clarice sonrió, una sonrisa pequeña y cansada que, por primera vez en meses, no se sentía forzada.

Observó a su amiga. Nataly seguía siendo el caos personificado, la que arrastraba a todos a la tormenta.

Ella, en cambio, siempre había sido el faro, la que contaba las copas y guardaba los secretos.

Ambas habían cambiado y no sabía si podría seguir siendo la “adulta” ahora que su mundo conocido llegaba a su fin.

—Sigues siendo una fuerza de la naturaleza, Nat.

Yo, en cambio, no sé ni por donde me ando.

Lo olvido todo. A veces no recuerdo ni si he comido.

Me extravío de camino a casa y he perdido la noción del tiempo: no sé ni el día de la semana en el que vivo, Nat—murmuró Clarice, acariciando el borde frío de su vaso.

Nataly cogió de las manos a su amiga intentando transmitirle algo de su energía.

Odiaba admitir que había sido una desconsiderada con la mujer que fue su apoyo cuando no sabía ni quien era.

Cuando bebía más de la cuenta y la llevaba hasta la cama.

Cuando creía que este mundo no merecía la pena y ella le insistía en que sí.

Pero se dijo que a partir de ese instante todo iba a cambiar.

El corazón de Nataly chisporroteó en su interior.

Ahora iba a ser ella el faro que Clarice necesitaba.

Sería su apoyo incondicional, acabara como acabara la tormenta que estaba por caer sobre ambas.

—Ahora estoy contigo, amor. Y esta vez no seré tan idiota como para volverme a alejar de ti.

Fuiste mi escudo en muchas batallas, la mayoría contra mí misma.

Recibiste golpes que yo misma te di sin tan siquiera darme cuenta.

Por mi inconsciencia. Es hora de que sea yo la que reciba los golpes por ti—fijó con toda la decisión que pudo sus ojos en Clarice.

—No estás sola. Estás con una loca que te quiere.

Una loca que ha dejado de esconderse. No pienso soltarte nunca más.

La mente de Clarice volvió a la cama del hospital en la que moriría Zac en pocos días: Pero esta vez, allí sentada a las tantas de la mañana con una amiga que creía perdida para siempre, sintió por primera vez que quizá sí que pudiera soportar perder a Zac.

No dijo nada, ni hizo falta, sus ojos hablaron por ella y los de Nat lo entendieron.

Cuando llegaron las hamburguesas, el primer bocado fue como un hechizo de transmutación.

De repente, ya no eran dos doctoras de prestigio.

Desapareció el peso de los diagnósticos, de las guardias interminables, del gélido silencio de las habitaciones de hospital.

Por un instante mágico, el fantasma de Zac —su rostro pálido, la lucha brutal contra la leucemia que lo estaba consumiendo en una cama no muy lejos de allí— se desvaneció.

—¿Te acuerdas? —preguntó Nat con la boca medio llena, señalando el rincón junto a la gramola—. Allí fue donde le rompiste el corazón a aquel residente de cirugía. Y allí... —su voz bajó un tono, volviéndose aterciopelada— fue donde empezó mi desastre con el cabrón de Patrick.

—Nuestros "cataclismos" —asintió Clarice, sintiendo un calor familiar en el pecho—. En este bar el amor siempre parecía algo de vida o muerte.

—Lo parecía, y lo sigue pareciendo. El amor es siempre así —dijo Nat fijando la mirada en la de su amiga.