Chapter 17
XVI.
El asfalto brillaba bajo una fina lluvia que Edmundo consideraba un aliado y un símbolo de purificación de la muerte.
Era noche cerrada cuando estacionó su Oldsmobile frente a la casa de su próxima víctima, Damien Palmer.
Sólo hubo de esperar unos minutos hasta que la primera luz de la planta de arriba se encendiera y una sombra se moviera tras la cortina de la ventana.
Como si de luciérnagas se tratara, otras ventanas de las casas circundantes hicieron lo propio.
Pasados dos minutos se encendió la luz en otra habitación de la casa: Edmundo supuso que era la de Damien.
Todo en esa casa despertaba con tranquilidad, nadie en su interior imaginaba que ese amanecer pausado no volvería a ocurrir jamás.
Arrancó su Oldsmobile y emprendió la marcha tras su presa a lo largo de la avenida Benjamin Franklin.
El tráfico era intenso y los vehículos se movían entre acelerones y bocinazos; nadie quería llegar tarde a su trabajo de hormiguita atareada.
Tras seguir a su presa por varias calles residenciales, en las que se desplegaban a los lados casitas unifamiliares pegadas como sardinas en escabeche, el vehículo del chico se detuvo ante la fachada principal de la escuela de primaria Albert M.
Greenfield. En seguida se dio cuenta de que allí sería imposible ejecutar el encargo.
Tenía prisa por acabar con su primera víctima y saltar a la siguiente.
La diversión no comenzaría hasta encontrar en Rhode Island a la joven de enorme belleza que sería suya por completo.
—¿En qué puedo ayudarle? —voceó una de las mujeres.
—Sólo quería saber a qué hora salen los enanos.
—¡A las 15h en punto! No le había visto antes por aquí. ¿Tiene que recoger a alguno de nuestros estudiantes?
—No lo sé aún. Quizá a Damien Palmer, soy vecino de su madre y ayer me dijo que quizá necesitaría que lo recogiera. Una reunión de trabajo.
—Damien pertenece al grupo Curtis.
—¿Grupo Curtis?
—Sí, es un pequeño grupo de alumnos que estudia en el instituto musical Curtis. Es el mejor conservatorio del país.
—¿Está usted segura?
—Por supuesto. Dos horas todos los lunes, miércoles y viernes… y hoy es miércoles. No saldrá del conservatorio hasta las 19h.
—Fiu, fiu—silbó Edmundo revisando su reloj Casio. —¿Hasta las siete de la tarde? Vaya. Eso es tardísimo. Y ¿se ocupan ustedes de llevarlo?
—Claro, come con nosotros y a las cinco está ya tocando el piano. Dicen que tiene mucho talento y que será un grandísimo interprete.
Edmundo sabía que eso no ocurriría de ninguna de las maneras y que esa tarde sería la última que el joven Damien tocaría una tecla de piano en la vida. El destino no lo elegía él. Él sólo se encargaba de que se cumpliera.
—Gracias, señores y señoritas. Hablaré con Miriam. Quizá no recordaba las clases de Damien. Que tengan un buen día.
Edmundo regresó al coche y se sentó al volante justo cuando una agente urbana se acercaba con el blog de multas en la mano.
—¡Ya me iba! ¡Tenía que dejar al crío en el cole! —saludó abriendo la ventanilla.
—Pues desfilando, que está frente a una boca de incendios. Y que no vuelva a pillarle igual.
—Desde luego que no, agente. Que tenga un buen día.
Tras una breve búsqueda en Google, encontró que el conservatorio mejor valorado de América estaba muy cerca de donde se encontraba, a apenas media docena de calles.
Era un edificio señorial que ocupaba la esquina sureste frente al parque Rittenhouse Grieng.
Alrededor del conservatorio más importante de América había infinidad de restaurantes, cafeterías y tiendas de todo tipo.
Tras dar varias vueltas había aparcado al inicio de la calle, frente al café Parc.
Entró, se pidió un café negro triple, hirviendo y bien cargado para llevar y se sentó al volante; tenía que pensar en sus próximos pasos.
Su siguiente víctima, Eric Rice, se encontraba a menos de dos horas de allí.
En Newark. Edmundo odiaba New York, y que Eric viviera en New Jersey en lugar de New York, aunque fuera sólo por el ancho del Río Hudson, le resultó un alivio.
Había dejado de llover y eran las nueve y media de la mañana cuando decidió que esa calle, de única dirección, no era para nada lo que necesitaba para un atropello y fuga.
Tendría que buscar algo mejor que el Conservatorio Curtis.
Algo le quemaba en el pecho y en la entrepierna mientras notaba que todo se torcía y que su presa más deseada se le escapaba entre los dedos.
Sacó la foto de Nataly y la estudió con detenimiento imaginando la celestial sensación de hundir sus cuchillos en aquella piel blanca y tersa como la mantequilla.
« Como me quede aquí, me volveré loco »— se dijo.
« Necesito acabar con esos dos mocosos cuanto antes para dedicarme a ti »—besó la foto y arrancó rumbo a Newark.
Siempre había oído decir que el orden de los factores no alteraba el producto, así que decidió que probaría suerte con Eric Rice, aunque antes quería localizar a esa preciosa chica llamada Nataly.