Chapter 16
XV.
Ver desplomarse al chico para arrebatarle el corazón dejó claro a Robert que la vida de Nataly estaba sentenciada: nada en el mundo haría mover de su posición al responsable de seguridad de la Casa Blanca.
Él formaba parte de la policía de seguridad presidencial desde hacía un año y, aunque no conocía de cerca al omnipotente, su superior jerárquico sentado a su lado en el Hummer, lo temía como a un pelotón de fusilamiento.
Ir al volante del blindado entre tres soldados profesionales constituía un auténtico peligro.
Mentir al jefe de seguridad de la Casa Blanca nunca había entrado en sus planes, pero la detonación de la pistola en aquella recóndita clínica bajo la Sala Oval, le dejó bien claro que mentir era la opción menos mala.
Aunque la situación no pintaba bien, tenía unos minutos antes de llegar al apartahotel.
Los chicos de la parte trasera no le preocupaban en absoluto.
Eran dos pipiolos, recién salidos de West Point.
Los dos comieron de su mano desde el primer día.
El que realmente le preocupaba era su jefe directo en la casa Blanca, que permanecía en total silencio.
—Capitán Meyers, ¿de qué va todo esto? He tenido que cargarme a una mujer que follaba como la misma Afrodita.
—Sargento, sé lo mismo que usted. El presidente necesitaba un corazón y se lo han sacado al crío.
—¿Por qué un crío?
—Ni puta idea, sargento. Supongo que pasaba por ahí y era compatible. Ya sabes cómo son las cosas cuando se trata del presidente. Y ahora, cierra el jodido pico de vez que me duele la cabeza como si me la hubieran bateado.
—Sólo quiero saber por qué he partido el cuello de la mujer que me follaba, capitán.
—Te dieron una orden y la cumpliste, soldado. No necesitas… —dudó un instante—no necesitamos saber más, joder. Conduce y acabemos con esto.
Robert vio que estaban llegado. No tardarían ni cinco minutos y debía comenzar la actuación.
—Chicos, Nataly era una tigresa de la hostia. Me será difícil encontrar otra que me estruje la polla como ella. Tras una pérdida tan divina, lo normal es que quiera saber por qué. ¿No os parece?
—Capitán, el teniente Robert tiene puta razón. Cargarte a alguien sin saber la razón es una cosa, pero a la hembra que te tiras…. Eso no está en el contrato que firmamos. Es una jodienda.
—Cumplió una puta orden. Y ahora cumpliremos la nuestra. No hay nada más que saber, soldados.
El silencio se hizo espeso. Robert rumiaba como seguir la distracción para que nadie pensara. Entonces el otro soldado de West Point habló:
—Sargento, ¿de verdad era tan buena en la cama?
El sargento Robert Bonneville no lo dudó un instante. Nataly era una máquina en la cama. Era capaz de llevarte a otro planeta y no dejarte ni respirar.
—Mejor, soldado Henry.
—¿La mejor con la que has estado?
—En hembra, la mejor, sin duda—aseguró Robert deteniendo el vehículo militar frente a la puerta de la habitación del motel.
El silencio en la cabina fue total. La distracción había sido perfecta.
Cuando entró en el parking del motel no tenía ni idea de cómo iba a salir de aquel atolladero.
En dos o tres minutos entrarían en la habitación y descubrirían que no había cuerpo, ni de Nataly ni de nadie.
Tenía su arma reglamentaria, pero sabía que no sería capaz de dispararla.
Entonces se dio cuenta de que estaban en shock.
Era como si una potente descarga hubiera cortocircuitado la mente de sus compañeros.
Inclusive la de su superior. Puso el freno de mano y apagó el motor.
Su capitán lo miraba sorprendido, pero no defraudado.
Robert confirmó que era gay y que se sentía atraído por él.
—El sexo se deja para después del trabajo, muchachos. ¿Cuál es el número del apartamento? —apretó el mentón e incrustó la mirada en los ojos de Robert.
—Es ese. El 111. Tenía fijación con el 1 y siempre cogíamos ese.
—Andando, muchachos. Alguien tiene que limpiar lo que mancha nuestro país.
—Capitán, si no le importa voy abriendo la parte de atrás mientras ustedes la recogen. Preferiría no volver a ver sus ojos.
—Por supuesto. Lo más difícil está ya hecho.
Bajaron del Hummer y se agruparon en la puerta trasera. Robert abrió el portón y uno de los chicos cogió la bolsa de cadáveres.
—Esta es la llave—se la ofreció a su capitán. —La encontraréis en el baño. Dejé el chorro de la ducha abierto. Acabemos cuanto antes, capitán. Necesito media docena de whiskys—rozó el dedo de su capitán al entregarle la llave.
—Henry, coge la bolsa para fiambres. Trevor, ve abriendo la puerta.
Está en el baño. Andando, que es para hoy.
No quiero estar ni un minuto más de lo necesario aquí.
Está amaneciendo y comenzará el movimiento; y un Hummer es como una mosca en un plato de leche.
Sargento, mientras recogemos el cadáver y hacemos limpieza, dé la vuelta y ponga la caja trasera pegada a la puerta.
—Enseguida, capitán—respondió Robert llevándose la mano a la frente.
Los tres soldados entraron, uno tras otro, en el pequeño nido de amor que Nataly y Robert alquilaban dos veces por semana.
Aún olía a tabaco Newport, el único que fumaba Nataly, y al champán francés que ella había abierto para festejar el patatús que había sufrido el cerdo que le magreaba el trasero cada vez que coincidían.
Entre tanto, Robert se puso al volante y arrancó.
Y mientras el capitán Meyers se daba cuenta de que no había cuerpo del que deshacerse y de que Robert les había tomado el pelo, éste salía a toda pastilla del parking del motel.
Cuando apretó el acelerador a fondo sabía que no disponía de una gran ventaja, pero para alguien que tiene un plan de fuga, unos pocos minutos pueden ser la diferencia entre la vida y la muerte.