La patóloga Chapter 15
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Chapter 15

XIV.

La mayoría de las personas no se paran a pensar en la razón por la que hay gente que carece de amigos; y los que sí lo hacen piensan que es porque esas raras personas carecen de empatía o de capacidad de interrelación.

Ming lo creía así. Para él, quién no tiene un solo amigo en el mundo es porque lo peor que hay en su alma es tan espantoso que nadie puede soportarlo.

Jamás se había encontrado con nadie así, hasta que vio a Clayton disparar a quemarropa a aquel crío lloroso y asustado.

—Succión—ordenó Ming sin poderse quitar de la cabeza la terrorífica imagen.

El corazón que extrajo del cadáver del crío mientras Clayton le apuntaba con el arma humeante, estaba en perfectas condiciones.

Era el órgano más sano que jamás había cogido entre sus manos.

Al lado del viejo y destrozado corazón del presidente, era una joya de valor incalculable.

Clayton, una vez que el doctor Ming hubo retirado el corazón, bajó el arma y sacó el móvil:

—No debe quedar ni rastro del crío. Hay que borrar su existencia. Certificado de nacimiento, expedientes médicos, certificados de estudios, registro civil, bautismo si fue bautizado… Todo. Quiero que hasta sus padres duden de que haya existido.

Colgó el teléfono y, tras revisar que el equipo médico funcionaba como un reloj bajo su presión, con un gesto ordenó que dos soldados recogieran el cuerpo y se lo llevaran para borrarlo de la faz de la tierra.

—¿Cuánto le queda para devolvernos al presidente? —se dirigió al doctor Ming.

—El trasplante ya casi está. Arterias y venas están suturadas. En cuanto termine de comprobar todo intentaré que el corazón del crío vuelva a latir.

—Ahora es el corazón del presidente—lo corrigió de inmediato. En realidad, siempre lo fue. ¿Y una vez lata?

—A partir de ahí, veremos si el presidente Donald ha sido conservado como se debía.

Hellen Murdock, la directora de la clínica de conservación que escuchó el comentario del doctor Ming, tragó saliva y se retorció las manos hasta dejarlas rojas como tomates.

Habían seguido el protocolo aprobado para el caso de infarto presidencial al pie de la letra.

Incluso habían logrado reducir en seis minutos el tiempo de bajada de la temperatura del presidente a los 17ºC establecidos por sus superiores médicos jerárquicos.

Pero « ¿el capullo de Donald Turner iba a recobrar la conciencia?

». De pronto la clínica subterránea se le hizo profunda y asfixiante como el corazón del infierno.

Comenzó a sudar como si una soga invisible fuera a anudarse a su gaznate.

Habían pasado varias horas y aún olía a pólvora y, aunque el cuerpo del chico desapareció al comienzo de aquella locura, el enorme charco de sangre donde había caído muerto como una marioneta sin hilos aún estaba allí.

—Se ha hecho todo a conciencia, señor Clayton. Incluso se redujo el tiempo previsto para la semi criogenización en casi un veinte por ciento. El trabajo de conservación ha sido impecable.

—No me interesan sus protocolos de mierda, Hellen. A mí no me venga con monsergas. Aquí sólo importa una cosa y no me valdrá ninguna excusa. ¿Va a despertar ese hombre que hay sobre la camilla? —clavó su mirada fría de escualo en la directora.

Un temblor que no pudo controlar la recorrió de arriba abajo.

Se quedó muerta en vida, si eso es posible.

Intentó retomar el control y asentir; pero tampoco podía asegurarlo.

Había estudiado el caso de una británica que sufrió hipotermia severa y parada cardíaca en los Pirineos españoles y que fue reanimada después de seis horas conservando plenamente sus funciones metabólicas y cerebrales.

Había ocurrido en España, pero quién podía estar seguro de que algo así fuera cierto viniendo de un país de paletos supersticiosos, pensó muerta de miedo. Entonces intervino el doctor Ming.

—Clayton, nadie conoce esa respuesta, aunque lo sabremos muy pronto. Por favor, hagan sitio, apliquemos una pequeña descarga. Este corazón está sanísimo y debería latir a la primera.

El silencio en aquel quirófano fue como el de una tumba; todos estaban expectantes a las órdenes de Ming. Tras insertar las pequeñas palas, una a cada lado del corazón, ordenó:

—Doce julios serán suficiente. El tejido está perfecto.

Todos tomaron aire como pudieron. La tensión era como la de una valla electrificada.

—Doce julios —repitió una enfermera una vez había graduado el equipo.

En ese momento Hellen tomó posesión del quirófano.

—Doctor, debemos elevar la temperatura del paciente a 30ºC antes de reanimarlo. Su sangre está demasiado helada. Hay un protocolo muy claro.  Mis chicos lo han aplicado en varias ocasiones con voluntarios. Vamos. Moveos de una vez. Sabéis lo que hay que hacer.

De inmediato tres de los presentes, y la misma directora, sacaron mantas térmicas y conectaron la máquina ECMO de soporte avanzado vital a una resistencia de caldeo.

—Esta máquina es una réplica, muy mejorada, de la que utilizaron en el Vall d’Hebron de Barcelona para reanimar a Audrey Mash. Su resistencia de caldeo es la más precisa y avanzada del mundo.

—¿Resistencia de caldeo?

—Además de la oxigenación por membrana extracorpórea.

Debemos calentar progresivamente el interior del cuerpo.

La resistencia es un añadido al sistema de soporte vital con el que lo lograremos.

La ECMO, como bien sabe, se encarga de extraer la sangre, oxigenarla y volverla a introducir en el cuerpo del presidente.

La resistencia la calentarla gradualmente.

Cuando alcance los 30ºC, reanimaremos el corazón con el desfibrilador.

Tras casi cuatro horas de espera nadie sabía dónde meterse. Aquello era una ratonera de la que nadie saldría con vida si no lo hacía el presidente. Nadie a excepción de Clayton, claro está, que continuaba empuñando el arma.

—30ºC, doctor. Ha llegado su turno. Ahora el corazón debería responder a las descargas y a la adrenalina. Por debajo de esta temperatura su estado de hibernación es demasiado profundo. Lo hemos probado muchas veces.

—Vamos allá —tomó su posición y volvió a aplicar las paletas una a cada lado del corazón. Doce julios, por favor.

—Desfibrilador a doce julios—repitió la misma enfermera.

—¡Descarga!

El corazón inmediatamente se contrajo y, tras extraer las palas, el pequeño órgano rojizo comenzó a latir con aparente normalidad.

—No hay arritmias, doctor. Late plácido y sin perturbaciones.

—Lo veo. Este pequeño va como un Fórmula 1. ¿Y la tensión?

—Ha subido a toda velocidad y se ha estabilizado. ¡La operación ha sido un éxito! —celebró el anestesista.

—Donald no ha despertado—atajó la sacudida de júbilo Clayton. —¿Puede alguien decirme cuando despertará nuestro presidente, Hellen?