Chapter 14
XIII.
La madrugada envolvía el cementerio de Graceland en un espeso manto de silencio y sombras.
No había un alma, como siempre a esas horas.
Edmundo, el sicario, se deslizó entre las tumbas con la precisión de un fantasma, su mirada fija en la imponente tumba de Elvis Presley.
La luna, como un faro en la noche, iluminaba el lugar dándole un aire de reverencia al Rey del Rock.
Edmundo se detuvo un momento frente a la tumba, un gesto de respeto hacia el icono musical.
Él se consideraba un artista, y como tal, respetaba a cualquiera que hubiera destacado en su oficio.
Luego su mirada se desvió hacia el enorme sauce llorón que se erguía como un centinela en la oscuridad.
El frío y la humedad de la noche habían cubierto la hierba con un manto de escarcha.
Edmundo sonrió, sintiendo cómo el entorno se alineaba a su favor.
La reluciente luna parecía venerarlo y burlarse de la muerte, y Edmundo se sintió invencible, como si fuera el Dios del destino de los hombres. Arrebatar vidas le daba una fuerza interior sobrehumana, lo hacía sentir por encima de cualquier mortal.
Con movimientos precisos, sacó una pequeña pala de su bolsillo y comenzó a escarbar a los pies del sauce.
La tierra húmeda y blanda cedió fácilmente, revelando una caja de latón del tamaño de una caja de zapatos.
Edmundo la abrió, y su mirada se posó en tres sobres idénticos, sellados con un simple trozo de cinta adhesiva.
—Triple encargo—murmuró para sí mismo, su voz apenas audible—. Una muerte por sobre. Siempre había sido así.
Su dedo índice recorrió el borde de los sobres, sintiendo la textura del papel.
Tres vidas pendientes, tres destinos por decidir.
Edmundo sonrió de nuevo, esta vez con anticipación.
Aquel era un regalo de las estrellas en una noche que se presentaba prometedora: « Una niña sería perfecta », pensó emocionado.
El sicario sacó los sobres de la caja y los examinó uno a uno, buscando cualquier indicio de lo que le esperaba. Todos ellos eran idénticos, sin marcas ni nombres, solo un número escrito en la parte superior: 1, 2 y 3.
—El orden de la muerte —murmuró.
Guardó los sobres en el bolsillo interior y comenzó a cubrir la caja de latón con tierra.
La luna seguía brillando, iluminando su rostro inexpresivo como el de una estatua maligna.
Cuando terminó, se sacudió las manos y miró alrededor para asegurarse de que estaba solo: la noche era suya, y él era el mismísimo ángel de la muerte.
Comenzó a caminar hacia la salida del cementerio, su mirada fija en la oscuridad. La ciudad de Memphis se extendía ante él, llena de secretos y vidas por arrebatar. Edmundo se sintió vivo, como si la noche misma corriera por sus venas.
El metal crujió bajo su peso, un quejido familiar que Edmundo saludó con una palmada suave sobre el salpicadero agrietado.
Su Oldsmobile biplaza de 1972 era más que una tartana; era un búnker de cuero gastado y olor a gasolina vieja, el único rincón del mundo que no le exigía explicaciones.
Habían recorrido miles de kilómetros y habían atrapado decenas de presas juntos.
Ese coche lo sabía todo. Se acomodó en el asiento del conductor, cerró los ojos y aspiró el aire viciado.
Un escalofrío casi eléctrico, casi erótico, le recorrió la espina dorsal.
Era el preludio. El ritual de ponerle rostro a la muerte.
Sabía que tras abrir los sobres sería incapaz de dormir en dos o tres días, no por la responsabilidad de los crímenes que acometería, sino por la emoción que su imaginación le induciría.
Jamás se sentía tan vivo como cuando proyectaba las muertes que tenía por delante.
Con movimientos de cirujano, tomó el sobre número 1.
Lo abrió sin prisa, disfrutando del siseo del papel al rasgarse.
La cara de un niño de unos doce años le devolvió la mirada.
Tenía la piel de una blancura irreal, de porcelana fina, que contrastaba con un cabello moreno y denso.
Sus ojos, grandes y ovalados, poseían una profundidad inquietante, como si fueran lentes diseñadas para observar dimensiones ocultas.
Y allí, justo en el puente de la nariz, destacaba la minúscula mancha de lo que parecía una diminuta peca.
Edmundo le dio la vuelta. Una dirección detallada y cinco palabras manuscritas: “Atropello con resultado de muerte”.
Esbozó una sonrisa helada. El trazo de la pluma sobre el papel le infundía respeto; para él, la tinta a mano era un contrato de sangre.
Siempre había creído que las órdenes mecanografiadas carecían de alma, de compromiso.
Que eran impersonales. Y para Edmundo una sentencia de muerte debía ser algo totalmente personal para ser respetuosa: debía ser formulada de puño y letra.
Edmundo tenía claro que jamás mancharía sus manos con un encargo que no llevara la firma del pulso humano.
Dejó la foto sobre el asiento del copiloto y abrió el sobre número 2.
Sus cejas se arquearon apenas un milímetro.
Era otro niño, de la misma edad, con un parecido perturbador al de la foto 1.
La misma tez pálida como la porcelana, los mismos ojos abismales y, coronando el centro de su rostro, el diminuto lunar a modo de mancha.
Al girarla, la dirección era distinta… aunque el veredicto no admitía variantes: “Atropello con resultado de muerte” .
Recuperó la primera imagen y las comparó bajo la luz mortecina que se filtraba por el parabrisas.
Parecían el mismo niño habitando dos realidades: misma cara, mismos ojos, mismo lunar, pero con ropas diferentes y en ciudades distintas.
Por un segundo, la curiosidad asomó a su mente, pero la aplastó con la eficiencia de un martillo.
Él no cobraba por entender el árbol genealógico de sus objetivos, sino por segar sus ramas.
Si el destino había decidido duplicar el blanco, él simplemente duplicaría el esfuerzo.
Finalmente, alcanzó el tercer sobre. De su interior emergió una mujer rubia, de una belleza que cortaba el aliento.
Sus ojos eran del azul del mejor de los cielos despejados y su boca se curvaba en una sonrisa de medio lado, cargada de secretos.
Al voltearla, el protocolo cambió. No había coordenadas precisas, solo una pista: “Estudió Medicina en Rhode Island. Empiece a buscarla por ahí. Acabe con ella como guste, Sr. Edmundo” .
La ausencia de un método específico le resultó extraña, un regalo de inusitado valor. La libertad era un lujo que su empleador rara vez le concedía. Volvió a mirar el retrato de la mujer; era una pieza exquisita, un rompecabezas de carne y hueso que cualquier hombre desearía.
—Una preciosidad... —susurró Edmundo, y su voz sonó como el roce de dos piedras—. Vamos a disfrutar mucho, tú y yo. Te dedicaré todo el tiempo del mundo.
Arrancó el motor. El rugido del Oldsmobile llenó el habitáculo mientras Edmundo acariciaba el volante, listo para convertir Rhode Island en el escenario de su próxima obra maestra. «Creo que no podré dormir hasta que termine de jugar con ella», se dijo con una enorme sonrisa pintada en la cara.