Chapter 13
XII.
El mármol de los pasillos subterráneos de la Casa Blanca nunca había parecido tan frío.
Robert Bonneville caminaba con la mandíbula apretada, sintiendo el peso de la mentira en su garganta.
«Le he roto el cuello», le había dicho a Clayton Maxwell por teléfono.
Una ejecución limpia. Sin embargo, Nataly, la subsecretaria de Salud estaba ahora mismo conduciendo hacia un rincón olvidado del mapa, siguiendo sus instrucciones de desaparecer en el fin del mundo.
Robert no sabía por qué la habían señalado a ella. Solo sabía que necesitaba respuestas, y las respuestas solían estar donde Maxwell guardaba sus secretos más oscuros.
Descendió por el ascensor privado hasta el centro médico de conservación, un búnker de alta tecnología oculto bajo la vertical de la Sala Oval.
Al abrirse las puertas, el olor a antiséptico y ozono lo golpeó.
Allí estaba Clayton Maxwell, el responsable de la seguridad del Capitolio, observando a través de un cristal reforzado.
Junto a él, el cirujano Ming revisaba unos monitores con manos temblorosas.
—Bonneville. Llegas a tiempo —dijo Clayton sin apartar la vista del quirófano. —¿Dónde está el cuerpo de Nataly?
—En el hotel —respondió Robert, manteniendo la voz gélida—. Tal como pediste. Un giro rápido. Ni siquiera lo vio venir.
Clayton asintió, indiferente a la muerte de una mujer que, hasta ayer, redactaba informes para el Despacho Oval.
—Coge a un par de hombres. Ve allí y deshazte de ella. No quiero que quede ni el ADN en las tuberías. Y quítatela de la cabeza. Eres un soldado entrenado para obedecer sin hacer preguntas.
Robert abrió la boca para protestar, para intentar dilatar el tiempo y sacar información, pero el sonido de unas botas militares sobre el metal lo interrumpió. El hombre de confianza de Clayton entró arrastrando a un invitado que no encajaba en aquel santuario de acero: un niño de apenas doce años.
El pequeño vestía un chándal azul y un gorro de lana gris que le quedaba grande. Estaba empapado en sudor y lágrimas. —Mamá... quiero irme a casa... —sollozaba el chico, temblando con una violencia que hacía castañetear sus dientes.
Clayton se giró hacia el doctor Ming y señaló al niño con una naturalidad aterradora.
—Ahí tiene su corazón, doctor.
Ming retrocedió, chocando con una bandeja de instrumental quirúrgico. Sin terminar de entender lo que aquel loco estaba diciendo, giró la cabeza, como una veleta azotada por un huracán, del niño a Clayton y viceversa.
—Pero... pero... ¡está vivo! —casi gritó el cirujano, con los ojos desorbitados—. ¿Es que se ha vuelto loco, Maxwell?
Clayton no se inmutó. Se acercó al médico con una calma gélida, ignorando el llanto del niño que ahora se abrazaba a sus propias rodillas en el suelo.
—Dígame, Ming... ¿cuánto tiempo hay hasta que un corazón deja de ser válido para un trasplante después de que deja de latir?
A Ming le recorrió un escalofrío que heló su sangre en las venas.
—No más de cuatro o cinco horas —respondió Ming, con la voz quebrada por el horror.
Sin mediar palabra, Clayton desenfundó su arma reglamentaria. El estallido fue ensordecedor en el espacio cerrado. El niño cayó redondo, como un muñeco de trapo al que le hubieran cortado los hilos, sobre el inmaculado suelo de la clínica.
Robert sintió un vuelco en el estómago. Había visto mucho, pero aquello era una depravación que no alcanzaba a comprender. Clayton guardó el arma y miró el reloj de pared antes de dirigirse a Ming.
—Ahí tiene su corazón —sentenció Maxwell, señalando el pequeño cuerpo inmóvil—. Tiene cinco horas para que el presidente lo tenga perfectamente trasplantado. Muévase.
Robert Bonneville se quedó petrificado. El silencio que siguió al disparo era más pesado que cualquier explosión.
Ahora sabía que no solo Nataly corría peligro; el corazón de la nación estaba siendo alimentado por una oscuridad que él, de alguna manera, tendría que detener para salvar a la mujer que quería.
Ming, que no paraba de temblar ante lo que acaba de contemplar, se agachó intentado mantener el equilibro.
Su estabilidad emocional había saltado por los aires y su mente se debatía entre lo que le habían ordenado y la racionalidad de todo aquello.
Hay situaciones que no son compatibles con la cordura, lo sabía bien.
—Doctor, límpiese, retome el autocontrol y prepare el equipo, mis hombres se ocupan de poner sobre la camilla al mocoso.
Ming estaba sobrepasado. Las órdenes de Clayton le llegaban como si atravesaran una piscina de agua: amortiguadas y como de otro mundo.
—Espabile. Es usted un hombre con capacidades extraordinarias.
Un médico que ha visto infinidad de cadáveres a lo largo de su vida.
No se amilane por un puto crío, joder. Tiene que salvar a su presidente.
Ese crío, que no servía para nada, tiene el honor de salvar al hombre más esencial del planeta.
Su corazón no podía servir para nada mejor.
Así que andando. Y teniente Jackson, quiero el cuerpo del cabroncete llorón en la camilla en dos segundos.
La vida del presidente Turner es lo único que importa.
Todos se pusieron en movimiento sin rechistar: Clayton era de gatillo fácil y carecía de paciencia alguna.
En su mente solo había una razón para existir en aquel momento y no era otra que encargarse de que Donald Turner volviera a la vida.
Todo lo demás, como la vida del “crío”, como lo había denominado, era irrelevante.