La patóloga Chapter 12
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Chapter 12

XI.

Haber recorrido aquellos pasillos, montado en aquellos ascensores, olido aquella mezcla de lejía, medicina y enfermedad durante dos años, no hizo más sencillos los pasos de Nataly hasta la habitación de la UCI.

Cada paso que dejaba atrás era un golpe bajo en el estómago que se lo retorcía aún más.

Los cafés y las guardias compartidas con Clarice eran un recuerdo que pesaba como losas insoportables de sostener.

Losas con las que no sabía si podría lidiar una vez la tuviera delante.

Entonces, la manilla giró accionada desde el otro lado.

Nataly levantó la cabeza y se encontró, a través del cristal, con la mirada de Clarice.

Estaba envejecida y muy muy cansada. Incluso más que cualquiera de los días en que compartieron aquellas interminables guardias.

Sus hombros estaban hundidos, como si el mundo la estuviera aplastando sin piedad.

La puerta giró, abriendo un viejo mundo cerrado hacía más de una década.

—Clarice…—brotó de la cerrada garganta de Nataly un nombre que había desterrado a un pasado que creyó que jamás retomaría.

Clarice dulcificó su agotada mirada. Una tenue sonrisa de esperanza asomó a sus labios.

Levantó su mano y rozó la cara de Nataly con el envés de los dedos.

Ese roce supuso un estallido entre las dos que apagó cualquier resentimiento, cualquier locura, cualquier estupidez que hubiera podido ocurrir.

El fenotipo Lutheran B-negativo era una realidad que superaba cualquier recuerdo por doloroso que pudiera ser.

—No sé qué se me pudo pasar por la cabeza de chorlito que tengo para hacer lo que hice, Clarice.

—Siempre has sido una loca, Nataly. Una de atar. Y te rompieron el corazón, cariño.

—Una loca con el corazón roto. Estaba frenética, Clarice. Me faltaba el aire. Me sentía una mierda. Fui utilizada por… ni decir su nombre quiero.  Hice lo peor que podía hacer. Te traicioné con la única persona que has querido en tu vida. ¿Cómo está?

—Fatal. Ya no despierta casi nunca. Y si lo hace, sólo unos minutos. Ya es el fin—volcó su cabeza sobre el hombro de Nataly.

Nataly levantó la mirada y la fijó en el paciente. Rápidamente identificó el gotero: derivados opiáceos para sedación, y monitoreo general, pulso, corazón y señales cerebrales. Sabía bien que aquello sólo se destinaba a los pacientes que ya no tenían posibilidades.

—Debí haber venido en cuanto supe lo de Zachary. No hay excusas—la abrazó con fuerza, intentando recuperar aquella unión que siempre creyeron irrompible. —Pero tenía miedo de enfrentarme a lo que hice. No sabía cómo volver a mirarte a los ojos sin desear tirarme por un puente, Clarice.

Su vieja amiga rio sin fuerzas. Por un instante sintió que todo había sido un sueño.

Luego se quedó mirando el cuerpo consumido del padre de su único hijo.

Del hacker informático que había logrado franquear los cortafuegos del Pentágono una tarde de playa.

Y sintió que el mundo volvía a girar a toda velocidad sin que ella pudiera controlar nada.

—Zac no aguantará más de dos semanas, Nat.

Como mucho, tres…  y no me quedan fuerzas.

Las he gastado todas intentando hacer algo.

Pero su sangre es tan especial... Hace un mes encontré una posible donante en Barcelona.

Había sufrido una embolia y sus allegados, siguiendo su última voluntad, pusieron todos sus órganos a disposición de posibles trasplantes.

Al ser su fenotipo Lutheran B-negativo es el donante perfecto.

Puede donar a cualquiera, es el donante perfecto por excelencia, pero sólo puede ser receptor de alguien igual que él.

En 24h estaban asignados todos los órganos.

Logramos retrasar los diferentes trasplantes 48h, pero no fue suficiente para trasladar a Zac hasta Barcelona y nos quedamos sin la última oportunidad.

Había un joven que necesitaba el corazón y no se pudo esperar a Zac.

Aquello fue una jarra de agua helada. Me vine abajo y lloré como una loca dos semanas enteras.

Fue Zac quien me dio unas fuerzas que yo no tenía.

Nat, hay un rincón en mí, uno en lo más hondo, en el que la esperanza pervive pese a todo.

Quisiera extirparlo de cuajo, te lo juro —dijo saltándosele las lágrimas—, pero sigo con esa esperanza imposible.

Nat la abrazó con toda la ternura del mundo volviendo a sentir que la quería, que nunca la había dejado de querer a pesar de la distancia y los silencios.

El amor de verdad tiene memoria. Nunca había escuchado que existiera un fenotipo de sangre como el Lutheran B-negativo; seguramente porque sólo había un puñado de personas en el mundo que lo tenían.

Incluso los bancos de sangre internacionales, en comunicación constante como estaban, no tenían en sus bancos ese fenotipo.

Cuando se enteró de la enfermedad y del fenotipo de Zac, se echó las manos a la cabeza.

Se hubiera plantado ante Clarice de inmediato.

Incluso estuvo a punto de viajar para apoyar a su vieja amiga. Pero no supo cómo.

—Era una cría consentida. Una arrogante elitista que nunca había perdido nada.

Ganar es algo muy adictivo. Jamás me habían rechazado, Clarice.

Era yo la que se aburría de las conquistas.

Y ser rechazada, cuando estaba enamorada por primera vez en mi vida, me descolocó.

Lo había dado todo por él. Incluso quería ser más pacífica y prudente.

El caso es que no supe cómo afrontar la ruptura; siempre había sido la mejor, la más brillante y encantadora.

La maga del escapismo de hombres locos por mí.

Y de pronto todo aquello se fue por el retrete.

La tía segura de sí misma fue sustituida por una mujer llena de inseguridades y dudas.

Creo que hice lo que hice intentando demostrarme a mí misma que seguía siendo la estrella de la función.

—No necesito explicaciones, Nat. Me basta con verte aquí.

—Pero yo necesito dártelas. Quizá para aclarar mi propia mente. Al fin y al cabo, tú fuiste siempre mi apoyo real, la que validaba, sin yo saberlo, mis locuras. Siempre necesité tu aprobación, Clarice. Las cabezas locas son así.

—En eso te doy la razón. Eras la fuente de los despropósitos y yo la que cerraba ese grifo cuando era necesario—se volvieron a abrazar como si jamás se hubieran separado.

—Necesito que sigas siendo mi Morgana, señora Morgan—bromeó Nat.

—Nunca he dejado de ser la bruja buena. Me alegra tenerte aquí. Llevo mucho esperando. Pero ¿por qué ahora?

—Estoy metida en un lío y hasta que todo se calme me dije que debía saldar cuentas contigo y ayudarte en todo lo posible. Desde este momento seré yo la madura y juiciosa.

—¿Nat la irreflexiva? ¿En serio?

—Hace un año que decidí ser reflexiva, Clarice. En el Capitolio y con el presidente tuve que mirarme al espejo y sacar lo mejor de mí.

Clarice, que conocía perfectamente a Nat, ladeó la cabeza con una sonrisilla. Esas palabras las había escuchado infinidad de veces. Siempre que un nuevo amor entraba en su vida.

—Nat

—¿Qué?

—Cómo se llama?

—Hay alguien, pero no sólo es eso. Estoy al servicio del presidente.

—¿Cómo lo conociste? ¿Cuánto lleváis juntos? ¿Vas en serio con él?

Nataly hizo girar lo ojos, resignada. Le hubiera gustado contestar que Robert no tenía nada que ver; pero era evidente que seguía siendo un cristal trasparente para Clarice.

—De acuerdo. Hay alguien.

—¿Quién?

—Se llama Robert y trabaja en la seguridad presidencial como guardaespaldas. Llevamos juntos un año. Y no sé si es serio. Creo que, para mí, sí. ¿A que se me ha quedado una cara de boba que no se puede aguantar?

—Un poquito nada más. ¿Y para él?

—Espero que también; no me gustaría estamparme de nuevo con otro hombre.

—Seguro que ahora que has sentado la cabeza, —sacó la lengua burlona Clarice— todo saldrá bien.

—Voy al gym los fines de semana: las noches interminables por los clubs exclusivos pasaron a la historia. Robert es mejor que cualquier abogado o médico con pasta y pisazo.

—No me lo creo.

—Pues créelo. Tengo hasta Netflix y HBO, te lo juro. Me he enganchado como una pava a los Bridgerton.

—¿Los Bridgerton?

—Y a “Solos”, tengo hasta un arco de fibra de vidrio laminado con madera. Es la mezcla perfecta entre rigidez y ligereza. Robert me inició. Dice que una chica independiente debe saber defenderse. La vida de loca descontrolada es sólo una pesadilla que quiero olvidar.

—Y, ¿de dónde ha salido ese hombre que ha logrado el milagro de hacerte sensata? Espero conocerlo pronto…

—El karma me abofeteó de lado a lado con Robert.

—¿Y eso?

—Porque está en las antípodas del que siempre consideré el hombre perfecto.

—No tiene un duro—puntualizó Clarice soltando una suave carcajada.

—Sí sólo fuera eso… No va a la peluquería salvo que haya una boda de por medio.

Nunca se ha hecho la manicura ni las cejas.

No usa jamás ropa de marca, ni relojes caros, sólo se pone las chapas de infantería de la armada.

Su casa es un desastre. Tiene una televisión de las de culo, y no le avergüenza que los invitados la vean en mitad del salón.

Incluso se enorgullece. Te juro que es de otro planeta.

—Jo tía, sí que te ha dado el karma en todo el careto.

—Podría permitirse mucho más, casi lo que quisiera. Los guardaespaldas del presidente ganan fortunas por exponer su pecho si hiciera falta. No te abrirá la puerta al salir del coche, pero si alguien me dice una grosería él se la hace tragar de inmediato.

—Ya veo.

—Pues sí. Y la culpa la tiene esa puta colonia que usa, que, mezclada con su olor natural, lo vuelve irresistible.

Te juro que intenté pasar de él. Me dije un millón de veces que era un perdedor y que adonde me creía que iba con alguien así.

Pero nada. Un día me dijo que me invitaba a una birra y como una boba le dije que vale.

—Te has colgado de un macarra.

—Pues sí. Es un macarra y como macarra que es no necesita a alguien perfecto a su lado: yo misma le valgo tal cual. Hasta sin pintar. Creo que fue su pasotismo hacia mí lo que hizo que me fijara en él. Nunca intentó impresionarme como han hecho el resto de los tíos durante toda mi vida.

—No tener que ser perfecta es un gran respiro, Nat. Te lo dije un millón de veces.

—Lo sé. Y nunca te escuché. Creía que tenías algún tornillo suelto pensando así. Ya sabes cual era mi lema…

—Claro que sí: “Hay que ser siempre la mejor versión de una misma”. ¡Cómo iba a olvidarlo! Tú sí que tenías tornillos sin apretar en esa cabecita tan linda—martilló con los nudillos la cabeza de Nat.

—El caso es que, con Robert, desde el minuto uno solo hizo falta que fuera yo y nada más.

Fue una liberación no estar atada a esa perfección que siempre debía tener.

Y como yo no tenía que ser perfecta, tampoco me hizo falta que él lo fuera.

Las exigencias absurdas no tenían sentido.

Y así me di cuenta de que no hacía falta que el hombre que caminaba a mi lado llevara un Rolex en la muñeca o bebiera vino francés o tuviera enmarcado en caoba un título de prestigio de la mejor universidad.

Clarice sujetó la cara de Nat con ambas manos y besó la punta de su nariz

—Por fin has descubierto que el amor no necesita lujos.

Se les hizo de noche charlando y comiendo de las máquinas expendedoras. Clarice volvía a sentir energía y Nataly pudo por fin pedir perdón y limpiar su alma.