Chapter 11
X.
Edmundo había dedicado la noche a afilar y limpiar su instrumental de tortura.
Lo hacía tras finalizar cada trabajo y entonces, con sus herramientas en perfecto estado de revista, se tumbaba en la cama listo para esperar su siguiente trabajo mientras revivía cada segundo del que acababa de finalizar.
Normalmente pasaban varios días, incluso semanas, hasta que llegaba el siguiente encargo letal; pero en esta ocasión el impás fue distinto.
Tumbado en la cama, en silencio, con la mirada fija en el techo y en el recuerdo la cara de espanto de su última víctima escuchó como una sombra silbaba tras la puerta la emblemática canción de la película El bueno, el feo y el malo de Ennio Morricone.
Aquella era la señal de que un nuevo encargo había llegado al lugar secreto.
Hizo un esfuerzo por apartar de su mente aquella música y lo que significaba.
Luego intentó recordar cada grito del cerdo que había muerto hacía unas horas.
Cada lamento, cada súplica final: los recuerdos de la agonía componían su satisfacción más íntima.
Edmundo consideraba su oficio como un arte.
Y los gritos y el dolor eran la evidencia de que sus obras eran valiosas.
Por eso, como artista del dolor, necesitaba recordar cada síntoma de sufrimiento para saber que seguía estando en la cúspide de su carrera. Que no era vano su arte.