Chapter 10
IX.
Ese amanecer frente al hospital de Rhode Island huele a café frío y a una culpa que ya no cabe en el maletero del coche. Nataly por fin ha dejado de huir, pero entrar en ese edificio es como entrar en una zona de guerra personal donde ella misma había puesto las minas.
El motor del coche da un último quejido antes de quedar en silencio frente a la mole de hormigón y cristal del hospital. Son las seis de la mañana; la hora en la que los fantasmas se retiran o, en el caso de Nataly, la hora en la que deciden presentarse con nombre y apellidos.
En el interior de aquel inmenso bloque de hormigón se hizo la mejor amiga de Clarice, trabajando juntas como residentes, mano a mano, culo con culo, protegiéndose una a la otra, cubriéndose cuando una no podía más y la otro tampoco podía con aquellos turnos interminables.
Fueron casi dos años en los que había dos únicas alternativas: resistir o salir corriendo sin mirar atrás.
Nataly estaba convencida de que, sin el aplomo de su amiga, hubiera optado por la segunda opción a las dos semanas de tortura laboral intensiva.
Habían coincidido en algunas clases, pero eran como agua y aceite.
Dos polos irreconciliables: Clarice asentada en el suelo con botas antideslizantes y resistentes al agua y ella un pájaro loco que volaba por el placer de volar.
Su primer día de residentes fue un choque de astros: Patrick, tras revisarlas de arriba abajo, sentenció: “Este hospital necesita aplomo y descaro”, se refirió primero a Clarice y luego a Nataly.
Y luego desapareció poniendo la puntilla: “Seréis grandes amigas, aunque ahora no lo creáis”.
Nataly se acercó a Clarice por la espalda y le susurró: «Está como un queso, pero loco de remate. ¿No crees?»
Clarice sopló el mechón de cabello que caía sobre sus ojos como única respuesta y se largó pensando: «¡Por Dios! ¿La chorlito rubia y yo mejores amigas? Vamos, este no sabe ni por donde le da el aire».
Nataly miró su reflejo en el retrovisor.
La "diva" estaba deslucida. Quedaba poco de la mujer que creía que el mundo era una pasarela diseñada para su disfrute.
Hubo un tiempo en que se consideró la mismísima diosa del amor de este siglo.
Una diosa capaz de hacer caer rendido a sus pies, levantando un simple dedo, a cualquier hombre que se le antojara.
Pero como le pasó a Afrodita, un simple mortal la enamoró perdidamente.
Ocurrió en el interior de ese mismo edificio que tenía delante.
Como diosa capaz de elevar un dedo y hacer desplomarse a un mortal, la pilló baja de guardia aquel primer encuentro con Patrick: el guía que la introducía en los entresijos de su profesión.
Él la miró como un joven lobo hambriento y seguidamente, cuando comenzaba a babear como una boba, le dedicó una sonrisa que la cegó.
«Espero que me devore pronto», se dijo ilusionada con la nueva vida que empezaba.
Ocurrió aquella misma noche. Y como siempre había pasado, creyó que era Patrick quien había quedado hechizado por su celestial aura.
Pero esta vez estaba equivocada por completo: los lobos cazan y sacian su apetito.
Luego pasan a nuevas presas. Qué ilusa y confiada en sus fuerzas fue, tragó saliva recordándolo.
«Es perfecto para mí», llegó a confesar a Clarice cuando inexplicablemente se hicieron inseparables.
«Es más guapo que un demonio y brillante como un diamante recién pulido».
«No te fíes, tiene una fama espantosa entre las enfermeras».
Pero el engreimiento es ciego y no atiende a las advertencias.
El bofetón llegó un año después cuando Patrick, el hombre perfecto, le dijo que debían romper antes de hacerse daño mutuamente: fue como si un tren de mercancías le hubiera pasado por encima.
Nataly nunca imaginó que el amor pudiera doler tantísimo.
Llegó a estar una semana entera sin acudir al trabajo, exhausta con el solo esfuerzo de respirar.
Clarice simplemente estuvo a su lado. Apoyando su moribunda autoestima.
Recordándole que seguía siendo la mejor con los hombres.
La encantadora de serpientes de siempre.
Pero ella había dejado de creer en sus poderes.
«He estado toda mi vida equivocada, Clarice»—aseguraba en un lamento.
«¿En qué?»—se interesaba Clarice. «En que soy irresistible para los hombres».
«Qué va. Lo eres, aunque siempre hay alguna excepción».
«Duele, Clarice. Duele muchísimo». «Lo sé».
«No podré sobrevivir a este dolor tan inmenso».
«Lo harás. Y encontrarás a otro hombre».
«Pero no será perfecto como él». «Siento tener que abrirte los ojos: Patrick no es perfecto.
Para nada». «Sí que lo es: más guapo no se puede ser.
Es divertido. Inteligente y gana un dineral.
Lo es». «Pero sigue teniendo un terrible defecto».
«¿Terrible? ¿Cuál?» «Su matrimonio, Nataly».
«Es que la perfección perfecta tampoco existe, Clarice».
«Es justo lo que llevo intentando que entiendas desde el primer día.
Está casado, Nataly. C A S A D O». «Es verdad.
Era su fallo. Pero daba mucho morbo», rieron soltando el mal karma.
Fue un duelo larguísimo, y más tratándose de Nataly, la borracha de sí misma.
Pero hubo algo mágico en aquella despedida del lobo perfecto que devoró su corazón de un bocado: se hizo añicos el espejo de su enorme ego.
Y tras el duelo llegó el auténtico daño, no el del corazón roto, sino el del rastro de destrucción que la ira consigo misma dejó a su paso… especialmente con Clarice Morgan.
Clarice. Su red de seguridad. La mujer que conocía cada uno de sus trucos y que, aun así, decidió quedarse durante la tormenta, y lo hizo con devoción absoluta.
Intentó en todo momento que regresara a su ser, que retomara el control y recobrara la cordura de una vez.
Pero una noche, la última, le clavó el puñal de la traición.
Allí plantada, mirando los restos de la chica que fue, entendió que cuatro años de silencio pesaban más que los kilómetros recorridos desde que huyó de Rhode Island.
—Maldita sea, Nataly. Baja del coche —se ordenó a sí misma, apretando el volante.
Cruzar esas puertas automáticas no era solo entrar en un hospital; era volver al escenario del crimen donde dejó de ser una " amihermana " para convertirse en la villana de su propia historia.