La patóloga Chapter 9
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Chapter 9

VIII.

El rugido del motor diésel rompió la paz de Foxhall antes de que el Hummer siquiera frenara frente a la imponente estructura de mármol y vidrio.

La mansión del doctor Ming se erguía como un monumento al éxito: blanca y pulcra, rodeada de jardines que parecían cortados con bisturí.

Era el código postal más caro de la costa Oeste, un lugar donde el silencio solo se rompía por el sonido de los aspersores. Hasta hoy.

El vehículo no se detuvo ante la verja decorativa; simplemente la ignoró.

Sin mediar palabra, cinco soldados con equipo táctico completo y fusiles de asalto descendieron del transporte antes de que se detuviera por completo.

Tres de los soldados corrieron a la puerta principal mientras otros dos se apostaban a ambos lados de la casa, alertas y vigilantes ante cualquier movimiento poco previsible.

Las luces del recibidor se encendieron en el instante en el que el estruendo de la puerta principal al ser derribada —madera noble y pesada junto a bisagras de seguridad desgajadas— resonó en toda la propiedad.

—¡Al suelo! ¡Todo el mundo al suelo! —vociferó el oficial al mando mientras daba órdenes a sus chicos para que revisaran la planta baja.

No hizo falta que se revisara nada: el ama de llaves y la mujer de la casa salieron de sus habitaciones alertados por el escándalo.

En menos de sesenta segundos, el servicio y la esposa del cirujano, pálida como el mármol de las paredes de la lujosa villa, fueron empujados hacia la cocina bajo la amenaza de varios cañones negros y fríos.

—¿Dónde está el doctor? —exigió el soldado que dirigía el grupo, ignorando el llanto contenido de la mujer.

—Está... está arriba —alcanzó a decir ella, señalando el techo con manos erráticas—. Se está dando un baño. Lleva catorce horas seguidas en el quirófano. Por favor... ¿Qué está pasando?

No hubo explicaciones. Dos de los militares, al gesto de su superior, ascendieron por las escaleras como gacelas con botas de combate.

Encontraron al doctor Ming sumergido en la bañera de hidromasaje, con los ojos cerrados y el vapor amortiguando su cansancio.

No tuvo tiempo de procesar la invasión; unas manos enguantadas lo sacaron del agua con una fuerza brutal.

—¡Oigan! ¡¿Qué demonios hacen?! —gritó Ming, resbalando sobre los azulejos mientras intentaba cubrirse.

Sin rastro de cortesía, le arrojaron un pantalón de chándal y una sudadera cualquiera que sacaron del vestidor.

Lo vistieron a tirones, casi como a un maniquí, mientras el cirujano protestaba alegando leyes, derechos y su estatus.

Sus gritos se perdieron en el pasillo mientras lo arrastraban escaleras abajo, con los pies apenas tocando el suelo.

—Cariño, llama a Howard. El sabrá qué hacer.

—No digas una palabra, cariño. Ni una sola palabra.

—Seré una tumba, pero llama a Howard.

—Maldita sea, Ming, ¿qué has hecho esta vez?

—Nada, cariño. Te lo juro.

—¿Nada? —Extendió los brazos como diciendo, “¿Nada? ¿En serio?”

—Tú llama al abogado.

Afuera, el Hummer esperaba con el motor en marcha.

Vibrando como una bestia impaciente. Lo cargaron en la parte trasera entre el equipo de comunicación y el olor a combustible.

La puerta metálica se cerró con un golpe seco, sepultando sus gritos y dejando atrás la mansión blanca con el servicio asomado a la puerta.

El interior del Hummer olía a aceite de armas y a ozono.

Ming, con el cabello aun goteando sobre la sudadera, buscó la mirada de alguno de sus captores, pero solo encontró el reflejo opaco de sus visores tácticos.

El vehículo tomó la autopista en dirección norte, ignorando todos los límites de velocidad.

—Soy el jefe de cirugía torácica del Cedars-Sinai Medical Center —dijo Ming, recuperando un poco de la autoridad que le daba su cargo—. Exijo saber a dónde me llevan.

Nadie se inmutó en el interior del vehículo militar.

—Esto es un puto secuestro. Y me aseguraré de acabar con sus carreras. Y la primera con la suya—se dirigió al jefe de aquella patrulla. —Conozco al presidente.

El soldado sentado frente a él, que llevaba un parche con un emblema que Ming no reconoció, se inclinó hacia adelante.

—Doctor, esto no es un secuestro. Es una movilización de emergencia bajo el Protocolo de Continuidad del Gobierno. Y sus derechos civiles, y cualquier otro que crea que tiene, están suspendidos hasta que se determine lo contrario.

Ming sintió un frío que no tenía nada que ver con la ropa húmeda que se le pegaba al cuerpo.

El enorme Hummer se dirigía al centro de Washington a enorme velocidad.

Lo ocupaban siete soldados armados como para iniciar la Tercera Guerra Mundial.

La lluvia y el viento que envolvía el todoterreno no le hacía ni cosquillas, pero sí anunciaba malos presagios. Los peores que jamás había tenido Ming.

Al tomar la avenida MacArthur, Ming quedó estupefacto.

Mientras dos Hummer idénticos se ponían uno a cada lado del que ocupaba, unas doce unidades de la policía los envolvieron.

Con un par de gestos, el director de aquellos comandos saludó a los otros dos Hummer que parecían estar cosidos al suyo.

Pero lo que asustó de verdad a Ming es que la Avenida MacArthur, repleta de tráfico 24/7, estaba desierta.

Era como un remake de aquella película protagonizada por Tom Cruise, “Vanilla Sky”.

—¿A dónde nos dirigimos? —logró preguntar Ming.

—Lo sabrá enseguida. Estamos muy cerca.

Ming tuvo entonces una intuición, un escalofrío que le recorrió de punta a punta.

La lluvia y el viento no paraban mientras volaban envueltos en luces policiales a lo largo del río Potomac.

Abandonaron Faxwall sin ver un solo coche, enfilando la ronda del Canal, igualmente desierta.

Los semáforos, como en una película distópica, estaban todos en verde alentando a aumentar la velocidad del convoy.

Un minuto después, dejaron atrás el Potomac Boat Club y abordaron a más de 100kms por hora, como si fueran parte de un desfile militar perfectamente sincronizado, la glorieta de George Washington.

Ming sabía que una de las avenidas que daban a esa glorieta era la de Pennsylvania, que enlazaba directamente con la Casa Blanca.

El convoy enfiló la avenida con sus carriles totalmente vacíos y con dos helicópteros, sobrevolándola.

—¡No me jodas! ¡Vamos a la puta Casa Blanca!

El capitán que dirigía la expedición le arreó un enorme bofetón que dejó sorprendido a Ming.

—La Gran Casa no es ninguna puta. Tenga respeto por esta nación que se lo ha dado todo.

—Todo lo que tengo me lo he ganado a pulso. Nadie me ha regalado ser el mejor cirujano torácico de este hemisferio

—¡Pum! —otro bofetón—. No tiene permiso para hablar.

La columna de Hummers blindados, auténticas moles de acero verde militar, atravesó la verja de la Avenida Pennsylvania con la precisión de una flecha clavada en el corazón de Washington.

El doctor Ming, hundido en el asiento de cuero del vehículo central, observó por la ventanilla reforzada cómo las patrullas de la policía local quedaban atrás, relegadas al mundo de la ley ordinaria.

Dentro del recinto que acababan de franquear, las reglas eran otras muy distintas. Ming no iba a tardar en descubrirlo.

Los tres colosos de acero se detuvieron en seco ante la entrada principal de la Gran Casa.

El estrépito de los motores diésel dio paso a un silencio sepulcral.

Allí, bajo el pórtico, aguardaba la gravedad personificada: Clayton Maxwell, el estratega de la seguridad presidencial.

A su lado destacaba la elegancia clínica de Hellen Murdock, la directora de la clínica de conservación que se ocultaba en las entrañas del edificio más importante de Estados Unidos.

No hubo lugar para la cortesía; el protocolo había sido devorado por la crisis.

—No hay tiempo para acreditaciones—sentenció Maxwell, cuya voz parecía un trueno contenido—. Entre.

Ya en el vestíbulo, lejos de ojos indiscretos, Hellen Murdock activó una tablet con resolución 5K.

La luz azulada del dispositivo iluminó el rostro cansado de Ming.

En la pantalla, un escáner 3D de un corazón humano rotaba lentamente.

Era una imagen perfecta, una joya de la ingeniería médica que mostraba cada válvula y cada arteria con una nitidez obscena.

El estado de aquel corazón era horrendo.

Un musculo cardíaco necrosado y partido de cuajo.

Un corazón que jamás volvería a latir. Ming se concentró un par de segundos en el dispositivo; el cristal estaba frío, pero la imagen que contenía era abrasadora.

Tras el breve escrutinio, su voz, quebrada pero firme, pronunció su definitivo veredicto:

—El dueño de este corazón está muerto. No necesitan un cirujano, sino un sepulturero.

Sus ojos descendieron a la esquina inferior de la pantalla, donde las iniciales D.

Turner brillaban con un tenebroso fulgor.

Ming sintió el peso del mundo sobre sus hombros al comprender que aquel amasijo de tejidos inertes pertenecía al presidente, pero el miedo, quizá lo más sabio que exista, le cosió los labios impidiéndole pronunciar el nombre prohibido.

El silencio que siguió a las palabras de Ming fue tan pesado que pareció consumir el oxígeno del vestíbulo. Hellen Murdock no parpadeó; simplemente deslizó su dedo por la pantalla para quitarla de en medio. Quién habló fue el terrible Clayton.

—Se equivoca, doctor. No necesitamos un enterrador. Usted se va a ocupar de resucitar a nuestro presidente—su voz era un susurro gélido que rebotaba en las paredes de mármol.

—¡Eso es imposible! ¡No está en mi mano ni en la de nadie! Hellen, usted es médico, explíqueselo—pero nadie le prestó atención.

Maxwell hizo una señal a sus soldados de élite, quienes cerraron las puertas de la gran casa, aislándolos del mundo exterior. Hellen tomó suavemente el brazo de Ming, instándolo a caminar hacia el ascensor camuflado tras un tapiz histórico.

—Le aguarda un equipo incomparable que le ayudará a obrar el milagro, doctor Ming —dijo Hellen mientras las puertas del ascensor se cerraban, iniciando un descenso vertiginoso hacia la clínica de conservación situada a 50 metros debajo de la Sala Oval—Estamos seguros de que logrará traer de vuelta al presidente Turner.

El ascensor se detuvo con un siseo hidráulico.

Al abrirse las puertas, Ming fue cegado por la luz fluorescente de un quirófano que parecía sacado de una película de ciencia ficción.

El silencio era claustrofóbico. Un santuario de acero inoxidable, luces led blancas y gases heladores.

En el centro, rodeado de máquinas de soporte vital de la marca Medtronic, yacía el cuerpo del hombre más poderoso del mundo, envuelto en una bruma de criogenia.

A su alrededor, media docena de médicos, enfermeras y anestesistas lo observaban como si hubiera llegado el ángel que los salvaría a todos.

Ming se acercó, sus manos expertas temblando por primera vez en décadas. Sus ojos se fijaron en la máquina de semi-criogenización que indicaba 17ºC.

—¿Cuánto tiempo lleva así?

—Menos de cuatro horas y media. Logramos bajar su temperatura en menos de cinco minutos mientras la máquina de bypass cardiopulmonar se ponía en marcha.

Esté seguro de que, desde los primeros minutos, pudimos mantener las condiciones de oxigenación del cerebro del presidente Turner en perfecto estado.

Aunque el tiempo se nos echa encima. Por mucho que hayamos hecho, lo sabe tan bien como yo, la degradación de su sistema nervioso comenzará en menos de tres horas.

Ming la miró con desesperación. Luego revisó la sala al completo.

Había todo lo necesario para intentar obrar el milagro: máquinas y monitores de última generación, varios sets de instrumental quirúrgico impecables y profesionales que, sólo por su forma de permanecer de pie junto a la mesa de operaciones, era evidente que sabían bien donde estaban y cuál era su cometido.

Pero faltaba algo indispensable para el milagro.

—Sin un corazón compatible no hay nada que hacer. En dos, quizá tres horas, el cerebro del señor Turner será el de un vegetal.

Ming desvió la mirada a su derecha donde descansaba, en el interior de una bandeja de acero inoxidable, el corazón destrozado del gran Donald Turner, el mayor cabronazo de la tierra, según se rumoreaba.

—El corazón está llegando—intervino Clayton con una mirada gélida.

—Prepare a su equipo para la intervención. Empezamos en cinco minutos.