Chapter 8
VII.
Robert Bonneville la vio partir en su BMW azul marino con una lágrima casi asomando y sin tenerlas todas consigo.
Apenas había amanecido y no sabía cuándo volvería a verla; o, aún peor, si volvería a hacerlo.
Nat saludó cariacontecida cuando pasó a su lado.
Quiso sonreír, sacar aquella Nat incombustible y llena de positividad que siempre había sido, pero sólo pudo mover un milímetro la boca hacia algo que no se pareció a una sonrisa.
¿Cómo iba a ser vivaz y contundente si no tenía un rumbo que seguir?
Por la ventanilla bajada entraba un frío atroz, pero sólo escuchó la voz del hombre que había logrado que dejara de mirarse a sí misma como el ombligo del mundo.
Nat era lo que se dice un mirlo blanco, alguien que nació para destacar entre los demás sólo con su sonrisa y su cautivadora mirada.
Era magnética. Y lo era indistintamente para hombres y para mujeres.
Esa facilidad con la que nació para lograr sin esfuerzo cuanto deseaba, la volvió, inevitablemente, algo superficial.
La egolatría es una tacha que sólo debe ser alimentada y, desde la más tierna infancia, todos alimentaron la de Nataly.
En el fondo, ella no era culpable de esa parte detestable que tenía, todo don acarrea consigo su lado negativo; y destacar, lograrlo todo sin esfuerzo, puede volverte débil ante una auténtica dificultad.
Así se sintió Nataly cuando cruzó la última mirada con el amor de su vida.
Quien nace siendo el centro de atención nunca podrá tener la culpa de entregarse al disfrute con el que lo agasajan quienes lo rodean.
La mujer que conducía sin rumbo había sido gran parte de su vida una cabeza loca de atar.
Una bala desenfrenada que arrasaba allí por donde pasaba.
Había roto infinidad de corazones disfrutando como una posesa del magnético don con el que había nacido.
Pero Robert, el soldado perfecto del que ahora dependía su vida, era quién había logrado que se subiera las bragas definitivamente.
Nataly lo miró por el retrovisor y supo en ese mismo instante que lo amaba.
Cuando se emprende camino sin rumbo, el ser humano busca uno de manera instintiva; y más cuando tu vida está en peligro y alguien en quien confías te dice que te escondas donde nadie te pueda encontrar.
Y así, sin pensarlo, sin darse siquiera cuenta, Nat tomó dirección Rhode Island.
Una de las personas que más cerca orbitaban de ella era la patóloga forense de ese condado: Clarice Morgan.
Nat no supo hasta que llevaba media hora al volante, que se dirigía hacia esa amiga que conoció en primero de medicina y que fue la primera persona en el mundo en cantarle las cuarenta.
« Si te arreglaras un poquito podrías dejar de parecer una puritana virginal y aburrida » le dijo Nataly cuando tropezaron en la puerta de la biblioteca diez años atrás.
« Si te arreglaras un poquito menos no parecerías una guarrilla de alterne », respondió Clarice.
Y esa explosión las unió. Sabemos que el agua y el aceite se repelen, y cualquiera hubiera creído, viéndolas desde fuera, que jamás hubieran podido atraerse, pero el alma humana no obedece a leyes humanas sino a leyes divinas.