Chapter 7 #2
—Estás agotada, Nat—se subió el soldado a la cama situándose a su espalda y dándole un suave masaje en los hombros. —Estás tensa como un demonio ante el mismo Dios. Deja que te ayude a relajarte. El cabrón ha palmado… así que ese código no debe de ser tan urgente. Quédate y descansa.
Esta vez fue el móvil de Robert el que dio el “pi-pi” de la llegada de un mensaje. Nat se había recostado sobre el poderoso pecho de su amante y comenzaba a dormitar.
—¿Te reclaman? Se supone que estas de vacaciones forzosas firmadas por el cadáver del presidente, jaja—rio medio dormida.
Robert cogió el móvil y leyó la pantalla. Su gesto se descompuso un instante.
—¿Quién es?
—Nadie, cariño—cogió la cabeza de Nataly, la besó con dulzura en los labios. —Tenemos que irnos, Nat.
—Estoy casi tan muerta como el presidente. No podría levantarme ni con grúa, amor.
—Pues tenemos que movernos, Nat. Y rápido.
—De ninguna manera, cachorrillo mío. Yo hasta el amanecer no quiero saber nada de la puta Casa Blanca—se dio la vuelta hacia un lado para dejar atrás al soldado perfecto.
—Y si te pasas por la Gran Casa de ladrillos blancos diles que hacer el boca a boca al repulsivo me ha puesto enferma.
Quizá hasta me tome el resto de la semana.
—¡Nat! Mira.
—¡Déjame, Robert! De verdad, pasa de mi culo.
—¡¡NAT!! —la volteó hacia él poniendo el móvil ante sus azules ojos.
Nataly, a la que aquel soldado de acero jamás había levantado la voz se incorporó asustada.
—¡¿Qué pasa Robert?! ¿Acaso te ha mandado un mensaje el Presi desde el más allá? —intentó bromear mientras enfocaba la mirada en la pantalla del móvil que tenía ante sus ojos.
«Parte el cuello de la subsecretaria de Salud. Ahora»
Tardó apenas un segundo en comprender que aquel mensaje se refería a ella. Y lo firmaba el jodido Clayton. Un escalofrío recorrió el cuerpo de Nat de arriba abajo, un escalofrío que la heló.
—¡Joder, Nat! ¿Qué has hecho?
—Nada, Robert. Lo juro por Dios. Sólo alegrarme de que el asqueroso esté muerto.
—Pero… No me jodas que lo dejaste morir, Nat. Sería traición.
—Me rompí los cuernos intentando reanimar al repugnante. Te lo juro, Robert. Soy médico, hice un juramento y hubo testigos de lo que afirmo. ¿A qué coño viene esto? Hice lo posible porque no la diñara.
Luego Nat cayó en la cuenta de que estaba sobre la cama de una cochambre de habitación con un tipo entrenado para matar y para cumplir órdenes de su superior.
Ella, como casi todos, había imaginado su propia muerte, aunque nunca en un escenario tan deprimente como aquel.
«Al menos moriré rápido», fue lo que se le vino a la cabeza mientras intentaba respirar.
—Si vas a hacer caso a ese malnacido, que sea rápido —estiró el cuello y cerró los ojos. —Escuché una vez que ni se llega a oír cuando te partes el cuello.
Robert jamás había partido el cuello de nadie, aunque poseía el adiestramiento y la fuerza suficientes para hacerlo en un segundo con el cuello alargado y esbelto que se mostraba frente a sus ojos.
Sus armas reglamentarias siempre habían sido las herramientas que había utilizado: la pistola modular Sig Sauer P320 M17 con cargador de 17 o 21 balas, subensamble deslizante mejorado, e indicador de cámara cargada sin casi retroceso.
Y para la corta distancia, como aquella, el KA-BAR USMC con hoja de acero al carbono de 18 centímetros y empuñadura de piel.
Era un soldado profesional excepcionalmente entrenado que jamás había desobedecido una orden directa como aquella.
—No voy a partir el cuello de nadie, Nat.
Me arrojaría antes por la ventana. Quiero a mi país, pero no tanto como a ti.
Lo sabes, aunque no me tomes en serio. Y ahora, vístete.
Nos vamos. Aquí podemos estar en peligro.
Tengo que volver a la Gran Casa y ver qué ocurre.
Mientras me entero de lo que pasa, tienes que esconderte.
Dos minutos más tarde, Nat entraba en volandas al ascensor.
—¡Robert! Creo que estás sacando las cosas de quicio. Seguro que es todo una terrible equivocación o una broma.
El soldado la miró con condescendencia. Él sabía muy bien que Clayton jamás cometía errores y que la vida de Nataly estaba en grave peligro. Y que la suya, si no cumplía las órdenes, también. Entonces sonó el teléfono militar que Robert sujetaba.
—¡Calla un momento! ¡Es el puto Clayton! —levantó el teléfono ante los horrorizados ojos de Nataly.
Robert tomó aire, cerró los ojos y buscó algo de calma como pudo.
Era un soldado de élite, capaz de enfrentarse a quien fuera y morir si era preciso sin pestañear, pero Clayton lo atemorizaba.
Nataly miró a su soldado de acero y lo vio dudar.
En ese instante supo que aquello iba muy en serio.
Que su vida podía no valer nada por muy importante que se hubiera creído antes de entrar en aquel ascensor.
Y se echó a temblar como un flan recién salido del horno.
—¡¿Por qué?! —gritó Robert al teléfono cuando la puerta del ascensor se cerró con ellos dentro. —¡¿Qué cojones pasa, Clayton?! ¡Es una puta civil!
—¡Cállate, joder! —replicó Clayton al otro lado. —Aquí las preguntas las hago yo. ¿La has pasado a mejor vida?
Robert apretó el móvil con todas sus fuerzas, tanto que la carcasa de acero ultra resistente crujió en su puño. Sus ojos miraban a ninguna parte y sus dientes casi rechinaban de rabia.
—¿Ha pasado a mejor vida, teniente Robert? La pregunta es muy sencilla.
Robert odiaba aquella forma de mencionar la limpieza de humanos: PASARLOS A MEJOR VIDA. Si lo hubiera tenido delante, hubiera partido el cuello de Clayton sin dudarlo.
—No hay otra vida, señor. Ni buena ni mala—aseguro Robert.
—La pregunta es sencilla. ¿Sí o no?
—Sí. Señor—gruñó por fin entre dientes. —Pero ¿por qué?
—Hubo una equivocación, soldado. Una jugarreta del destino, una desgracia para la pobre Nataly.
—¿Una jugarreta del destino?
—¿Ha cogido el teléfono y el ordenador de Nataly, soldado?
—Sí. Los tengo. ¿Qué mensaje equivocado, señor?
—Es mejor que no lo sepa, teniente. Tendría que ordenar su paso a mejor vida y hay mucho trabajo por delante. Le quiero en la Casa Blanca en media hora. Ni un minuto, más.
Nataly lo miraba incrédula. No podía creer que hubiera mentido a Clayton Maxwell de aquella manera.
—Nat, sal de Washington sin mirar a atrás. Escóndete mientras arreglo este entuerto. Y no me digas dónde; es mejor que no lo sepa. He quedado en media hora con Clayton en la Gran Casa. Intentaré averiguar qué demonios ha pasado.
—¡Robert! —sujetó una de sus manos contra el pecho Nat. —Estoy muerta de miedo.
Robert sabía que no era para menos. Que la misma Casa Blanca pusiera la mira en tu pecho era una sentencia de muerte imposible de esquivar. Pero debía mantener la calma por ella. Recordar las lecciones recibidas. Mantener la sangre fría ante el mayor peligro al que se había enfrentado.
—Escóndete, Nat. Busca un lugar seguro mientras convenzo al cabrón sin alma para que retire esa orden tan absurda. Confía en mí—sujetó con fuerza sus manos y la besó con auténtico amor. —Ahora tú eres mi misión. Y sabes que jamás fracaso en mis misiones.