Chapter 7
VI.
Nataly Claiborne degustaba con satisfacción un Manhattan cuando se anunció en televisión que el presidente de la nación, Donald Turner, había sido ingresado de urgencia.
Ella era la subsecretaria de Salud presidencial de la Casa Blanca y sabía que el cabrón de Donald había sido ingresado hacía casi veinticuatro horas y que, ni con la intervención del Todopoderoso, saldría vivo de aquel hospital.
—Porque la espiches maldiciendo de dolor, presidente Donald. Hoy, al fin y al cabo, terminará siendo un gran día—levantó la copa y la engulló de un trago.
Robert salió del baño subiéndose los calzoncillos.
Era casi diez años más joven que ella y su agente de seguridad presidencial favorito: Alto y fuerte como un roble, con tatuajes de las fuerzas armadas y de su abuela, lo que le confería ese aire irresistible de antihéroe y muchacho que te toma en sus brazos ante un charco de barro, y con una sonrisa capaz de atravesarlo todo, incluso la voluntad de Nataly.
—Pues yo le voté.
—Porque no lo conocías. Era un auténtico patán y un maleducado insoportable; aunque los más viejos de la Casa Blanca aseguran que no ha existido aún un presidente que no posea todas las indignidades humanas.
—Ser el presidente de la nación más valiosa del mundo es el puesto de trabajo más importante que pueda existir… y no se puede ser un blando para lograrlo. Pero ¿por qué hablas en pasado? No ha muerto.
—Estás superbuenorrro , pero sabes que no puedo hablar del estado de salud del presidente. Así que no me tires de la lengua sobre ese malnacido —se recostó en la cama levantando el Manhattan ante su afilada mirada azul.
—A veces me asustas, Nataly. Es tu presidente. El presidente de esta gran nación. Debería importante. Incluso ser lo que más te importa de este mundo.
—¿Importarme ese palurdo? Estarás de broma. Un palurdo no deja de serlo por ser el presidente de la nación más absurda del mundo.
—Eres la subsecretaria de Salud presidencial. Te pagan para cuidar la salud del hombre más poderoso de la tierra.
—Y lo he hecho, te lo aseguro. Pero el día que me pellizcó por primera vez el trasero delante de su mujer, dejó de importarme una mierda ese tipejo insufrible.
—¿Delante de su esposa? ¿Y qué dijo la primera dama?
—Me miró, y sonrió como advirtiéndome: « Estás jodida. El borrego se ha fijado en tu trasero».
—Nunca me habías dicho que fuera tan baboso contigo. —Nataly lo miró desafiante. Con esa mirada que dice te quiero mucho, pimpollo, pero no me fastidies. —Y si el palurdo se atragantara con un cacho de pollo, ¿no lo salvarías?
—Le sacaría el pedazo de pollo y lo guardaría en un bote de cristal preguntándome el resto de mi vida: « ¿por qué no te dejaría en su asquerosa tráquea? ¿Por qué no dejé que acabaras con la sabandija?»
Nataly desvió la cabeza hacia Robert dejando asomar a sus ojos toda la paciencia del mundo.
—¿Estás segura de que lo harías? Has puesto tus ojos de mentirosa.
—Ay Robert, follas como los dioses del Olympo, pero en lo demás eres un cándido. Estoy segura de que recibirías un tiro en ese pecho perfecto que tienes con tal de salvar a un capullo que no se lo merece.
—Interponerse entre una bala y tu presidente supone el más alto honor, Nat. Me han preparado para ello.
—¿Incluso si el presidente es un gili?
—Incluso si es un gili. Sabes que me pagan para morir en su lugar si es necesario. Y daría mi vida sin dudarlo.
—Ya, ya… hay muchos como tú que nacen sólo para propósitos estúpidos… y ni lo saben.
—¿Me está llamando estúpido, doctora Claiborne? Le recuerdo que está en una habitación con un soldado adiestrado para matar.
Nataly se incorporó con gesto aburrido… sabía que había hablado más de la cuenta por todo lo que suponía la muerte de aquel gilipollas. Pero prefirió seguirle el rollo.
—Mientras lo hagas con esa lanza que tienes entre las piernas...
—Sería una muerte lenta, señorita Claiborne. Estoy adiestrado para alargar los tormentos en los interrogatorios. Y ahora responda: ¿Por qué habla en pasado, doctora?
—Pertenecerás a la élite formada para la seguridad de la Gran Casa Blanca. Te habrán inculcado palabras como honor, decencia y lealtad a la bandera. Pero no te han enseñado a pensar por ti mismo cuando se trata de tu presidente.
—En mi trabajo obedezco órdenes, doctora… y aún no ha respondido a la pregunta.
—El noble destino de morir por tu presidente ya no tendrá que ser por un gilipollas… el gili con más poder del planeta falleció, por fortuna para el mundo, hace unas horas.
—Pero si lo han ingresado….
—Pero ya fiambre, pichoncillo mío. Yo misma intenté reanimar, reconozco que sin ninguna gana, a ese cerdo esta misma tarde. Pero el infarto fue fulminante. Un infarto de miocardio más que agudo.
—¿Podría estar vivo?
—Mi soldado, sé reconocer un infarto mortal como el que vi.
Su aliento olía a whisky barato y llevaba días sin ducharse.
Despedía una peste insoportable. Vomité tres veces, la primera sobre su podrida cara, y nadie quiso turnarse en el intento de reanimarlo…
Ya sabes que era muy apreciado entre los suyos.
Robert, frente al espejo, se colocaba un mechón ondulado sin prestar demasiada atención.
Su rostro no denotó pena alguna por el fallecimiento de la persona por la que hubiera tenido que dar la vida llegado el momento.
Su vida no estaba al servicio de ningún presidente.
Su vida pertenecía a su amada Estados Unidos de América.
—Lo cierto es que jamás olió bien—habló al fin Robert desde el baño.
—Los compañeros siempre hemos bromeado con que era mejor recibir un tiro que acompañarlo en el interior del coche presidencial—se tapó la nariz.
—En fin, que descanse en paz—se santiguó con una mano mientras se rascaba los bajos con la otra.
—Y que los gusanos no dejen de él ni los huesos—apuntilló Nataly.
En ese momento el Iphone de la subsecretaria de salud emitió un doble pitido y se iluminó por unos segundos.
Eran las dos de la mañana y el presidente había muerto.
Dejó el vaso sobre la mesilla y lo cogió.
Estaba agotada, le dolía la cabeza y esperaba no tener que dar explicaciones hasta la mañana siguiente.
Desde la puerta del baño, Robert la vio pálida, carente de la energía que siempre desprendía.
Aunque no estaba enamorado de ella, la respetaba por su acorazada mente que parecía invulnerable a todo.
—Código “ Higiea ”—leyó en voz alta. Era del jefe supremo de la Casa Blanca, el supremo de verdad (no del presidente capullo).
—¿Quién lo ha mandado? —se interesó Robert.
—El puto Clayton. ¿Qué cojones quiere decir código “Higiea”?
—Ni puta idea, sabes que llevo seis meses y no estoy al tanto de los protocolos tras la muerte de un presidente. Los míos se circunscriben a mantener al presidente con vida y ahora mismo, según las últimas noticias recibidas, no valen para nada.
—Eres un tipo afortunado mi joven adonis: guapo, sensato, con un pene formidable y encima estás de vacaciones.
Clayton Maxwell era el Jefe de Gabinete de la Casa Blanca.
Un militar que había disparado en una decena de guerras que su país había iniciado desde que se alistó voluntario el mismo día que cumplió 18 años.
Clayton era un soldado que creía firmemente en que la bandera de las estrellas era la única bandera válida del planeta.
Hablamos de un tipo que jamás dudaba, que tenía el convencimiento de que la seguridad era un trabajo paciente y minucioso y de que el arma reglamentaria sólo se usaba si los sistemas de control y vigilancia fallaban… Y Clayton no creía en los fallos.
—Pásame el portátil, Robert. Tengo que revisar el libro de reglamentos negro, el que se debe seguir tras el fallecimiento de un jefe de Estado. Está en el cajón de abajo.
—En seguida, Nat —caminó sin perder un segundo con el “formidable” colgando.
—Ese Clayton me pone la carne de gallina. Es un robot sin conciencia al que únicamente le preocupa una cosa en la vida, el deber a la bandera.
Clayton era un tipo que jamás sonreía, que jamás vestía de calle, y cuya mirada dejaba helado a quien osaba sostenerla. Ni el difunto presidente Donald, un capullo total tan tonto que no temía ni apretar el botón nuclear, era capaz de llevar la contraria a Clayton.
—Es un soldado como yo. Obedecemos órdenes sin hacer preguntas. Nuestra misión es lo único que nos debe preocupar.
—A todos se nos hiela la sangre cuando aparece—dijo Nat. —Pero es quien dirige la función. Y ese cabrón, no sé cómo, lo ve todo y lo oye todo.
—Es el sistema de vigilancia de la Gran Casa. Ni una hormiga podría entrar o salir sin ser detectada.
Nataly no hizo caso, enfrascada en lograr que el portátil desplegara su sistema operativo presidencial.
—Joder, qué lento va este puto cacharro—golpeó con furia el “Enter” en repetidas ocasiones.
Clayton era quien supervisaba el sistema de vigilancia de la Casa Blanca: un conglomerado de sistemas militares de última generación que incluían cámaras 360º con resolución ULTRA 4K y visión nocturna mejorada, sensores de movimiento redundante en cada pasillo, en cada sala, en cada armario.
Sistemas de compartimentación antiincendios que dividían la Casa Blanca en cientos de zonas con puertas cortafuegos, detectores sísmicos y de vibración monitorizados, capaces de arrancar barreras móviles de protección ante ataques de misiles y ordenar el despegue de cazas en menos de un segundo.
La última generación en seguridad militar se diseminaba a través de millones de dólares en el interior de la casa del presidente.
Todo supervisado por Clayton Maxwell… ni las escobillas del wáter se podían cambiar si su supervisión.
—Será mejor que regrese a la Casa de la Pradera, aquí no encuentro nada sobre ese código de mierda.