La patóloga Chapter 6
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Chapter 6

V.

Zachary Baker entró con un libro en las manos, tras tocar con delicadeza la puerta tres veces y sin esperar a que el decano le diera permiso.

—¿Otra vez uno de esos troyanos, decano? Tiene que dejar de ver tanto porno.

Tras sus palabras, Zachary se quedó plantado bajo el marco de la puerta con el pomo en una mano.

Seguidamente miró secuencialmente al decano, que echaba humo por las orejas mientras una suerte de sarpullido rojizo inundaba su rostro, luego al superintendente, al que pareció reconocer y por último a Clarice, que se había girado en su silla y lo observaba sorprendida.

—¡Vaya! Creo que he metido la pata hasta el cuezo. Si alguien me abre la ventana, me arrojo por ella—intentó quitar hierro a la situación aquel chico de un metro noventa, delgado como un atleta maratoniano.

Clarice no lo había visto nunca por el campus, porque se hubiera cordado de él: sintió un escalofrió que la recorrió de arriba abajo.

« Pues no está nada mal el informático. No me importaría que me repasara unos cuantos transmisores, la verdad.

Y encima lee a Dostoyevski ”. Clarice no era de las que se emocionaba con un hombre a simple vista, pero aún y todo aquel tipo tan alejado de lo que había imaginado, la impresionó.

Tras el cruce de miradas, y como nadie decía nada, Zachary continuó:

—Si nadie abre la ventana, mejor me voy por donde llegué. Estaba liado con un código de origen asiático casi indescifrable. Cuando acaben, avíseme—se dirigió al decano.

—¿Sabe quién soy? —preguntó George W. Baley antes de que pudiera salir.

—El director de comunicación de la poli. Vamos, el que se ocupa de mantener a raya a la prensa con el buen palique.

Clarice se sonrió tapándose la boca: era como decir que el memorable George W.

Baley era un charlatán, un parlanchín para entretener al gran público.

« Joder con el informático, está bastante cañón, lee a Dostoyevski y tiene un estupendo sentido del humor.

Creo que me lo quedaría », se dijo una Clarice que desconocía que tendría que salvarlo de la quema.

—Chico. Estoy por abrirte la ventaja yo mismo—respondió el director de comunicación. —Soy el superintendente de la policía estatal de Rhode Island. Y quizá estés metido en un buen lío.

Zachary se quedó blanco como el papel. Miró a Clarice, como pidiendo auxilio. Su mirada de ojos grises era limpia, sin matices, carente de juicios. Una mirada bella y cautivadora.

—¿Alguien ha muerto? —preguntó directamente a Clarice.

—¿Qué te hace pensar eso, muchacho? —intervino el superintendente.

—Porque usted está aquí, en el despacho del decano Colton y porque ella—no había apartado aún la mirada de Clarice—, está acabando patología y hace las prácticas en el anatómico forense del condado. Creo que es evidente.

Clarice se sobresaltó con una mezcla de desconfianza y esperanza. La primera parte de la mezcla por no entender cómo podía saber nada de ella y la segunda porque lo supiera. No pudo dejar de sentirse por un instante como una diva que atrae todas las atenciones.

—¿Cómo sabe todo eso? —interrogó George W. Baley.

«Precisamente eso quisiera saber yo», se dijo Clarice sin apartar los ojos de los del gracioso e impertinente recién llegado.

—Soy un genio de la informática…—respondió sin más, como si con eso lo estuviera diciendo todo.

—¿Y? —volvió a preguntar George.

Zachary giró la cabeza, sorprendido de que el superintendente no lo pillara.

—Pues que puedo pasearme sin dificultad por los servidores cuaternarios de este centro.

Los administrativos que trabajan aquí apuntan en “post-it” que pegan en los bordes de sus pantallas los claves de acceso al sistema.

En realidad, cualquiera podría acceder a todo sin saber nada de ceros y unos.

Aquí —abrió los brazos hacia los lados mirando hacia todas partes— la seguridad informática brilla por su ausencia.

Mi sobrino de cinco años podría cambiar las notas de cualquier alumno en dos minutos—miró a Clarice arqueando una ceja en señal de “ es lo que hay y ya sabes dónde encontrarme ”.

Pero ¿quién ha muerto? —insistió en su pregunta.

George W. Baley apretó los ojos, escrutándolo de arriba abajo antes de responder. Era evidente que no quería perderse una sola reacción del superdotado en informática.

—Anne Miller.

—¿Cómo?

—Parece ser que este viernes coincidisteis en una de las fiestas del campus. Se os vio acarameladitos.

—¡Anne! ¡ANNE MILLER! ¡Pero… eso no puede ser! ¡Y de acaramelados nada! ¡No charlamos ni diez segundos, puto poli tarado!

Zachary estaba francamente alarmado. Incluso se había puesto en pie y apretaba los puños; quedó patente para todos los presentes que la conocía, lo que sorprendió enormemente al decano. Baley, que era un zorro viejo, puso cara de “la has cagado, chaval” antes de volver a atacar.

—¿Qué le dijiste en esos diez segundos, porque unas horas después estaba así?

—arrastró la instantánea del cuerpo de Anne que el bueno de Harold había sacado hacía unas horas.

Zachary, aún desconcertado, bajó la cabeza.

Tras fijar los ojos en la instantánea dio un respingo hacia atrás, derrumbando la silla sobre la que se había sentado momentos antes.

—¡Joder! ¡No tengo nada que ver, poli cabrón! No la conocía salvo de verla por el campus. Era un bellezón, pero jamás había hablado con ella hasta que se me acercó.

—¿Y qué quería?

—¡Nada joder!

—Algo querría. De lo contrario no se hubiera acercado. Es importante saber cada paso de esa noche. Necesito una cronología, minuto a minuto, de todo lo que hizo Anne antes de morir.

—Pero es que no quería nada. Simplemente se acercó y me susurró unas palabras… creo que estaba de vacile.

—¿Qué palabras, Zachary? Esto no es ningún juego, muchacho.

Zachary miró para todos lados, como un animal que se siente encerrado y no ve por donde escapar. Creo que necesito un abogado, superintendente.

—No es un interrogatorio, chico. Esto es una charla amigable de personas que buscan al asesino de una compañera de campus. ¿Qué te dijo?

El chico miró a Clarice y luego al decano, que cerró los ojos indicándole que era mejor que lo dijera ahí que en comisaría.

—«Hueles bien. Muy bien». Sólo dijo eso. Luego se largó sin que me diera tiempo a responder una mierda.

—¿Nada más? ¿Dijo eso y se fue tal y como había aparecido?

—Sí, solo eso.

—¿Estás seguro?

—Joder, superintendente cabezón. Seguro. Hueles bien, Muy bien. Lo recuerdo a la perfección. Ya le digo que era una mujer espectacular… y yo nunca he tenido demasiado éxito con el sexo opuesto—dijo mirando a Clarice.

—Entiendo.

—¿Qué coño quiere decir es “E N T I E N D O”?  Yo no la maté, esto debe quedar claro.

—Nadie ha dicho lo contrario, Zachary—se recostó en su silla George W. Baley. —Pero es posible que fueras el último en verla con vida, si no contamos al asesino, claro está.

Zachary, que era un informático poco habitual, dio un paso al frente y propinó un tremendo puñetazo en la excelentísima cara de George W. Baley. Nadie se lo esperaba, ni siquiera el superintendente que cayó al suelo derrumbado.

—¡Zachary! —dio un tremendo grito el decano mientras corría al auxilio del superintendente. —¿Por qué?

—Este capullo ha insinuado que fui yo… y no se lo consiento. Jamás he matado una mosca en mi vida. Paseo perros de perreras, ¡joder!

El superintendente, rechazando la ayuda del decano, se incorporó con el entrecejo cerrado y el morro fruncido.

—Muchacho, te has pasado de la raya. Creo que seguiremos esta conversación en comisaría. Atacar a un policía requiere una buena justificación.

—George, jamás ha sido detenido uno de mis alumnos. No creo en absoluto que Zachary tenga nada que ver.

—Eso está por ver. Es evidente que, aunque sea un informático prometedor, tiene un genio de mil demonios. Hay que aprender a controlar ese carácter, muchacho. Esos arrebatos de ira pueden ser peligrosos—se dirigió a Zachary.

—Yo no la maté, puto estúpido de mierda. Y quiero hablar con mi abogado si es que esto va en serio.

Mientras que el decano temblaba como un flan al ver como aquella visita amistosa se escapaba a su control, Zachary parecía una estatua de mármol que fuera a reventar de ira. El superintendente se había levantado y hablaba con el móvil pegado a la oreja:

—Greg, te necesito en el despacho del decano. Y de inmediato.

El despacho, tras aquellas palabras, se había convertido en una tumba en la que las almas allí presentes miraban al suelo, todas menos Zachary, que daba la impresión de calcular las posibilidades que tenía de salir corriendo y escapar.

—No te lo recomiendo, muchacho. Intentar huir no haría sino agravar una situación que ya empieza a ser muy complicada para ti.

Los apretados ojos del superintendente se habían vuelto insondables. Una medio sonrisa indescifrable se había dibujado un instante en sus labios, o eso le pareció a Clarice: «¿está disfrutando?» se preguntó a sí misma.

Lo cierto es que era imposible saber si la advertencia de George W. Baley era cierta o no. Si la preocupación que denotaban sus palabras era auténtica o falsa.

—¡Zachary! Será mejor que hagas caso al superintendente —se incorporó Clarice intentando calmar la tempestad que se había desatado en un segundo.

—Seguro que George, si decides colaborar, pasa por alto el puñetazo.

Unas buenas disculpas es lo apropiado en este momento, seguro que lo entiendes —puso con delicadeza una de sus manos en el tenso hombro de Zachary, que se relajó inmediatamente.

—Lo importante es Anne. Descubrir quién la mató.

Por favor. Discúlpate con George. Sólo hace su trabajo.

Zachary relajó su espigado cuerpo y meneó la cabeza consintiendo… hay situaciones en las que persistir en la equivocación sólo conduce a la perdición, y Zachary comprendía que aquella era una de ellas. Luego miró a George W. Baley y estiró una mano en son de paz:

—Lo siento, señor Baley. Ese puñetazo fue una estupidez. De veras que no pretendí hacerle daño.

George contempló la mano extendida ante él, resopló, se enderezó la chaqueta y, tras lanzar un reojo lleno de desconfianza a Clarice, la estrechó sin convencimiento.

—Esto no supone que nos fumemos la pipa de la paz, chico. Quedan dos de mis tres sospechosos y tú eres el último que habló con ella.

—No me joda, superintendente.

—Soy perro viejo y despedazaré a quién despedazó a Anne, tenlo claro.

—Yo no lo hice. Puede estar seguro de ello. Mi recomendación es que comience a rastrear en otra dirección si no quiere perder el tiempo.

—Ya veremos, muchacho. Ya veremos… Pero ahora te vienes conmigo a comisaría. Tenemos que tener una conversación que aclare eso que Anne te susurró al oído antes de morir.

—Se lo vuelvo a repetir, no tengo ni idea de a qué vino aquello. Y cuando se fue estaba vivita y coleando.

—¡Zachary, por favor! Habla sólo cuando se te pregunte. Esta conversación la seguiremos en comisaría.

—¿Estoy detenido?

—Aún no, chico.

—Entonces no voy a ninguna parte.

—Si te resistes, me veré obligado a detenerte.

—No me puedo resistir a una no detención, superintendente. Si quiere que lo acompañe a comisaría, tendrá que ser con los grilletes puestos. Y no soltaré una palabra hasta hablar con el abogado que no tengo.

El decano y Clarice tenían claro que aquel informático no se iba a achantar ante el imponente George W.

Baley. Éste dudó cabeceando a un lado, apretando los ojos, pasándose la lengua por los dientes incómodo.

George era un tipo acostumbrado a que su sólo nombre hiciera temblar a cualquier sospechoso a más de 200 millas a la redonda.

—Ni se te ocurra intentar salir de Rhode Island.

—Vivo en el campus y no tengo pensado salir de él hasta final de semana, cuando me iré a pasar la Navidad con mis padres. Es lunes, tiene hasta el viernes para buscar una prueba inexistente que me incrimine—aseguró desafiando a George.

—Ya se verá donde pasas la Navidad, chico. Ya se verá.