La patóloga Chapter 5 #3
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Chapter 5 #3

—Vamos, Clarice, sea más comprensiva con su decano. Es normal que quiera ayudar en una situación tan terrible. Pero no ha respondido a lo que le he preguntado. ¿Qué opina de los chicos?

—El decano Colton no vería un elefante que le cayera encima, señor Baley. Anne no fue asesinada por nadie que la conociera. Ya se lo dije.

—Sigue sin responder a mi pregunta. ¿Qué opina de los chicos?

—Por mi parte descartaría a los dos primeros de un plumazo. La conocían y parece ser que bastante bien. Lo que no entiendo es qué hace la foto de Zachary entre las de los otros dos chicos. Según el decano, Anne ni le conocía.

George se levantó y apostó junto a la ventana. Había comenzado a nevar ligeramente y un escalofrío le recorrió de arriba abajo. Clarice no supo si por el frío que había en el exterior o por el recuerdo de las fotos de Anne Miller.

—No debería decírselo—habló sin dejar de contemplar el exterior—, pero Zachary es el principal sospechoso.

—¿Y eso por qué? — repuso Clarice sin entender nada.

—Creemos que fue la última persona en hablar con Anne.

Clarice quiso insistir de nuevo, pero la megafonía del campus sonó por todas partes.

— ¡Zachary Baker, Zachary Baker, acuda de inmediato a la dirección del centro!

—¿Cómo sabe eso? No ha habido tiempo de investigar…

—Zachary reúne las condiciones que menciona, Clarice. Es un total desconocido para Anne. Y según su tesis, el asesino no la conocía.

Clarice sintió un escalofrío de indignación. Ella no había dicho tal cosa, ya que ambos estudiaban en el mismo campus y era muy probable que se conocieran, aunque fuera de vista.

—En mi baremo, Zachary no es ningún desconocido; y si lo fuera, como insinúa, no tenía motivos para matarla.

—¿Desde cuándo un psicópata necesita motivos? —replicó girando la cabeza George.

Clarice comenzaba a irritarse pero que mucho.

Aquel poli a lo Richard Gere parecía no escucharla en absoluto.

Resopló impaciente. Miró el pisapapeles con la cara de Albert Einstein que el decano tenía sobre su mesa, pensando que se lo estamparía en la cabeza.

George se sonrió, le gustaba poner al límite a sus subordinados.

Consideraba que era en esos momentos donde daban el 110 por ciento de lo que podían dar.

—¿Qué le cabrea así, Clarice? —levantó una ceja para hacerla reventar. Pero Clarice era lista, más que diez Richard Gere, y fría como el polo Norte y se contuvo; no entraba en sus planes descuidarse ante un poli que se creía una superestrella de los informativos.

—Los psicópatas no suelen ser tontos, George. Ambos lo sabemos. Y Zachary es un genio de la informática. No mataría a la chica más popular del campus en el que él mismo estudia. No cuadra nada.

—Quizá tenga razón o quizá Zachary sea un psicópata estúpido. No podemos descartarlo. Incluso entre los psicópatas los hay que son unos cafres.

Clarice volvió a pensar que seguía sin escuchar una sola de sus palabras: Zachary no era ningún cafre.

A palabras del decano era un genio de la informática.

Hubiera gritado ante la falta de interés del superintendente por lo que ella pudiera creer, pero desde pequeña había aprendido a dominar sus emociones y no lo hizo.

Entonces, cuando la tensión estaba en el apogeo de la charla, el decano entró sofocado…

como si hubiera tenido que fabricar el sistema de megafonía él solito para anunciar el requerimiento que acaban de escuchar.

—Zachary no tardará en llegar. El laboratorio de informática aplicada está a sólo dos bloques de este. Y ya me he ocupado de que Marie, que se en encuentra mucho mejor, busque el expediente del traslado de Caleb. Lo tendrá sobre esta mesa en un periquete, George.

Se hizo un silencio espeso, muy espeso. El decano sacó de uno de los cajones una cajita con caramelos de colores que ofreció a los presentes, que rechazaron.

Luego divagó sobre las instalaciones, sobre los parques que se había construido para los alumnos y sobre el proyecto de las nuevas piscinas que ya estaba en marcha.

—Clarice no cree que Caleb Myers, ni ninguno de los sospechosos, sea el asesino, decano. ¿Qué le parece?

El decano miró enfurecido a Clarice, que le sostuvo la mirada tozudamente.

—Cuando muere una chica joven, y más de una forma tan violenta, en más del 90 por ciento de las ocasiones es alguien conocido. ¿Está de acuerdo conmigo? —preguntó el decano a Clarice, que puso cara de “ya estamos con las estadísticas”.

Clarice no pensaba responder al decano, hubiera sido como caer en las trampas que George W. Baley parecía tenderle. Sabía que su situación como residente era frágil, y sabía que era mejor plegarse que tensar el hilo. Pero ante el decano, desde luego.

—Las estadísticas tienen sus grietas, sus picos que se salen del margen. No debemos apostarlo todo a una estadística.

—¡Pero, vamos! ¿Será posible? Es ilógico pensar que el asesino no conocía a Anne, Clarice. Estará en eso de acuerdo, ¿no?

—Usted sólo ha visto unas fotos, decano Colton. Algo me dice que quien la destrozó así no fue un amor roto. Había meticulosidad en las heridas… pero solo saldremos de dudas si encontramos al asesino.