La patóloga Chapter 5
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Chapter 5

IV.

George W. Baley, a pesar de su facilidad de palabra, no abrió la boca tras las conclusiones de Clarice.

Era un tipo parlanchín, astuto y lleno de recursos, pero Clarice había contradicho las suposiciones que todos habían hecho desde que el cuerpo apareció: « hay demasiada rabia en esta muerte para que no exista el odio y resentimiento de por medio.

El autor la conocía» —es lo que se decía en los círculos de la unidad de investigación policial del condado de Providence.

El poli que conducía en silencio aparcó frente al campus.

George salió del coche de inmediato arropándose el abrigo con fuerza.

Clarice salió disparada tras él y comenzó a seguirlo por la calle central hacía los bloques de edificios que componían aquel lugar.

A mitad de camino, George frenó en seco y Clarice, que lo seguía temiendo haber metido la pata contradiciendo la línea de investigación más lógica, chocó con él.

—Ay. Perdón. Qué torpe por mi parte, señor Baley.

—No pasa nada, Clarice. Hemos quedado con el director —dijo George sujetando a la joven, que no sabía dónde meterse.

—Muy bien—susurró temerosa.

—Eres tú quien conoce este lugar, Clarice. ¿Hacia dónde? —extendió los brazos George.

—Por aquí, sr. Baley. Sígame. Es a la vuelta de este parque—se adelantó con las prisas de una corredora de marcha.

No se veía un solo alma por ninguna parte.

Los casi diez bajo cero eran un incentivo estupendo para que todos los alumnos asistieran a sus clases.

Cuando estaban llegando a la puerta principal, el decano Colton Maddox junto con una mujer regordeta y pelirroja, la subsecretaria Marie Young, salieron a recibirlos.

Ella vestía de traje oscuro y Colton un pantalón de pana marrón, una camisa clara, un jersey granate con el logo de Providence College y un abrigo tres cuartos, abierto.

Muy pocos alumnos conocían que Anne había desaparecido y sólo Clarice que hubiera aparecido muerta.

—Decano Maddox. Aunque puede llamarme Colton—alargó la mano hacia el superintendente. —Le presento a la subsecretaria Marie Young; ella conoce el archivo de esta antigua y enorme institución como la palma de su mano. Cualquier información que necesite, ella la encontrará.

George W. Baley estrechó la mano del decano y de la subsecretaria con firmeza.

—Esta joven es Clarice Morgan, colaboró con el forense en la autopsia que se llevó a cabo anoche.

Colton y Marie saludaron a Clarice con la cabeza, se conocían ya que era alumna de último curso en el edificio de Medicina.

—¿Estás bien, Clarice? Creo que erais amigas —se interesó la subsecretaria.

—Sí, Marie. Estoy agotada y sin dormir. No éramos amigas, amigas, pero conocidas sí, desde luego. Apenas pude reconocerla. Ha sido terrible.

Marie la estrechó contra sí aportando el consuelo que pudo. Parecía la única alma sensible en aquel lugar solitario y helado.

—¿Tan horrenda ha sido la muerte de la señorita Miller? —preguntó el decano.

—Sí. Mucho. Muchísimo. Por las indicaciones que me han dado, sólo un jodido perturbado con el alma podrida sería capaz de destrozar a alguien de esa manera. Clarice les expondrá la situación, pero no aquí, necesitamos máxima reserva.

Diez minutos después, Maddox, Baley, Marie Young y Clarice estaban encerrados en el despacho del director con las persianas bajadas.

La secretaría al completo había detenido su quehacer matutino al comprobar que el superintendente George W.

Baley cruzaba los pasillos de su institución con gesto serio.

—Clarice, relate todo lo ocurrido desde que entró en la sala de autopsias ayer noche. Creo que el bueno de Harold se ocupó de la disección.

Clarice conocía a Anne, la joven fallecida; aunque eso no lo sabía cuándo llegó al depósito.

Habían coincidido en un par de protestas contra las masacres de Palestina y ambas eran fervientes defensoras de la salvaguarda de los animales de cualquier experimento farmacológico.

Pero, aunque coincidían en ciertos principios humanitarios, nunca llegaron a estrechar su amistad ya que cada una tenía sus círculos propios: Anne iba para abogada y ella para patóloga forense.

—Me avisaron pasada la medianoche y entré por la puerta de la sala de autopsias dos horas después.

La nevada del viernes fue tremenda y la carretera estaba muy complicada.

Aparqué a la entrada, en una de las plazas reservadas.

El parking estaba desierto y soplaba un viento ártico que helaba la sangre en las venas.

—¿Fue torturada? —se impacientó el decano.

—Sí. Lo fue. Pero continúo—constató Clarice molesta mientras aclaraba sus ideas.

—El forense estaba ya junto al cadáver, reconociéndolo, cuando llegué.

Me quité el abrigo, me puse unos guantes y me situé a su lado.

Entonces el bueno de Harold hizo girar el cuerpo sobre la camilla de aluminio para mostrarme como una parte del intestino asomaba por el ano de Anne.

Marie y el decano Colton se llevaron las manos a la cara horripilados. Él contuvo la impresión respirando hondo, como un buey tras una larga carrera, pero Marie, la subsecretaria, aunque luchó por reprimir las lágrimas, no lo logró.

—Mi pobre niña. Mi pobre niña… —se balanceaba en la silla.

Clarice, sentada junto a ella, la sujetó devolviéndole el consuelo que ella le había proporcionado en la puerta de entrada.

El decano Colton se levantó a por un vaso de agua que le ayudara a contener el llanto, y el superintendente Baley intervino al darse cuenta de que los detalles escabrosos no eran un trago fácil de digerir para civiles, y más si conocían a la víctima.

—¡Maldita sea! ¡No nací ayer, leñe! —se enfadó consigo mismo el superintendente. —Perdóneme por este mal trago que le debí evitar, Marie. ¡Decano Colton! He sido un estúpido y un irresponsable. Los detalles de este caso no son para estómagos blandos. Además, veo que Marie conocía a Anne Miller.

El Decano se hizo cargo de inmediato y, levantándose, ayudó a Marie a que saliera.

—George tiene razón. Será mejor que nos espere fuera mientras terminamos. Tómese una tila y descanse con los pies en alto en la salita de espera.

George abandonó a su suerte a Marie fuera del despacho y se acomodó en su sillón cómodamente.

—¿Cómo murió? —preguntó finalmente.

—Es difícil saberlo. Sus lesiones eran cuantiosas y severas. Si supiéramos el orden en el que le fueron practicadas, podríamos saber con cierta exactitud cuál fue la que terminó en última instancia con la vida de Anne.

El decano se reclinó en el asiento fijando la vista en el techo. Ninguno de los allí presentes sabía qué podía estar pensando. Clarice, rompiendo el pesado silencio, continuó con las conclusiones a las que habían llegado el bueno de Harold y ella.

—Creemos que el asesino es alguien experimentado.

—¿Por qué lo creen? —intervino el superintendente.

—Sabemos que hubo bastantes lesiones antes de que falleciera. Los regueros de sangre en el cuerpo dan evidencia de las lesiones infligidas mientras todavía vivía, y no son pocas. Sólo alguien que sabe lo que hace puede tener tal precisión en desangrar un cuerpo.

El decano se levantó asqueado por los pensamientos que debían embargarlo.

Clarice lo miró de arriba abajo. Estaba desolado.

Esta vez sí intuyó lo que se le pasaba por la cabeza: “no es fácil asumir que alguien a quien debes proteger muera, y mucho menos si lo hace de una manera tan salvaje e inhumana”.

—Odio admitirlo, pero la vigilancia del campus ya no es lo que era.

Los recortes han ido en aumento mientras que el número de carreras y alumnos se ha multiplicado.

La cuenta de resultados es lo único que importa a los patrocinadores y accionistas.

Sin embargo, tienen a su disposición todas las grabaciones de este fin de semana en el campus.

En cuanto supe anoche lo ocurrido, di orden de que las grabaciones fuera puestas a buen recaudo.

No sé si servirá de algo, pero no hay otra cosa que se me ocurra.

—Revisaremos esos vídeos a conciencia, serán un comienzo. Tal vez podamos encontrar posibles hilos que investigar—se alegró George W. Baley.

—Si estuvo en alguna de las fiestas, aparecerá.

No hay apenas guardias de seguridad en todo el complejo.

Las dos garitas de entrada, la principal y la trasera, sólo se ocupan para eventos en los que los familiares de los alumnos hacen acto de presencia.

Ya les dije que las restricciones económicas de los accionistas son férreas, (fue evidente para Clarice que primaba el beneficio económico sobre la seguridad en aquella institución), pero la calidad de las cámaras es muy buena.

Si Anne Miller participó en los festejos, aparecerá y podremos seguir sus pasos.

—¿Conoce a estas personas? —deslizó la carpeta por el bureau de ébano del decano.

El decano Colton abrió la carpeta y la giró para que las instantáneas quedaran del derecho. La primera en aparecer fue la de Anne Miller. Clarice se percató de que le ocurría lo mismo que a ella, apenas podía reconocerla.

—¿Es Anne? —preguntó a Clarice en un suspiro lleno de incredulidad, casi imperceptible. Los ojos del decano mostraban absoluta desazón y angustia. Clarice supo que no olvidaría esa instantánea en lo que le restara de vida.

—Yo tampoco la reconocí—confirmó Clarice comprensiva.

—Sólo quería que viera la clase de monstruo al que nos enfrentamos, Colton. Sólo alguien que disfruta matando es capaz de hacer lo que está viendo—lo sacó del estado de aturdimiento retirando la foto de su vista. —¿Conoce a este chico? — apretó el índice contra la siguiente foto.

—¿Cómoooo? —tartamudeó Colton intentando eliminar la foto de Anne de su mente para fijarla en la del joven que señalaba el policía.

—¿Lo conoce? —insistió el superintendente. —Creo que estudia en este mismo campus.

Colton despertó por fin y, tras mirar un par de segundos la foto que había quedado ante él respondió: