Chapter 4
III.
—Guarde estas fotos. Son los sospechosos que investigaremos en estos primeros momentos.
«¿ Hay sospechosos? », se extrañó Clarice. Pero sin decir nada abrió la carpeta de la autopsia y las guardó reprimiendo la curiosidad de ojearlas.
—Tengo el coche ahí—señaló Clarice hacia un utilitario marrón.
Cuando el gran George W. Baley se ponía ante un micrófono para relatar los avances de una investigación policial, era magnífico.
Rebosaba atractivo por los cuatro costados a pesar de rondar la sesentena.
Era alto y fuerte como un jugador de futbol americano y tenía el don de manejar el humor en cualquier circunstancia.
Si no hubiera sido poli, podría haber sido estrella del celuloide o presentador de telediarios.
Era un auténtico encantador de serpientes: listo, de mirada profunda y sonrisa magnética.
—Aquella patrulla de la policía local se encargará de llevarnos y traernos. Charlaremos durante el trayecto. Quiero su opinión de joven aspirante al sórdido oficio de las disecciones post mortem.
Clarice se sorprendió al escuchar que aquel superpoli quería su opinión. Se sorprendió y amedrentó. Se sentaron en la parte trasera y el guardia, que ya conocía el destino, arrancó y puso el vehículo en marcha.
—¿Qué puede decirme, señorita Clarice? ¿Qué opina tras el examen del cadáver de esta madrugada?
—Qué quien acabó con Anne Miller se tomó mucho más trabajo del necesario. Con un diez por ciento de lo que le hicieron hubieran podido acabar con ella. Yo diría que ha sido un asesinato exagerado.
—¿Exagerado? —rumió entre dietes George.
—Diría que hasta disparatado para un psicópata.
—¿Disparatado? Sí, creo que define perfectamente lo que el bueno de Harold me relató hace menos de una hora. Aceptemos esa palabra, disparatado, ¿Qué le dice eso?
—¿Qué me dice? No sabría decirle, sr. Baley.
—Puede llamarme George. Pero, Clarice, hable por instinto. Algún día el instinto será crucial en su profesión.
Clarice sostuvo la mirada de acero del superintendente mientras su cabeza comenzaba a dar vueltas como un torbellino. Nadie lo sabía, pero Clarice tenía el poder de provocar huracanes en su mente.
—Recapitulemos, George. Una chica del campus de Providence College, Anne Miller, de veintitrés años, aparece muerta, en una nave abandonada a las afueras del condado, tras asistir a una enorme fiesta. Era guapa, muy guapa… con esa belleza que gusta tanto a los chicos como a las chicas.
George entornó la cabeza a un lado y elevó un par de milímetros la ceja derecha sorprendido.
—No, George, no soy lesbiana. Me gustan los chicos, pero tengo amigas que pestañean como mariposas cuando Anne se dirige a ellas.
—Veo que tiene instinto para reconocer las señales. Estoy seguro de que fue una suerte que la becaria de patología forense que estaba de guardia este fin de semana fuera usted.
—Gracias por el cumplido, pero continúo recapitulando.
El fin de semana ha sido movidito, yo misma lo he disfrutado.
Fiestas sin control en todas y cada una de las nueve residencias estudiantiles del campus.
La Navidad está a la vuelta de la esquina y en los próximos días los alumnos nos desperdigaremos, de regreso a casa, a lo largo y ancho de todo el país.
A pesar de que el viernes había clases, el mismo jueves por la noche había desmadres en todas las residencias de estudiantes.
Y no finalizaron hasta ayer domingo. Por lo que me han dicho otros compañeros de medicina, ha habido bastantes ingresos hospitalarios por alcoholemias y varios heridos por caídas y accidentes de tráfico.
Entre los fiesteros no faltó la desgraciada Anne, que fue la peor parada.
—Se anda por las ramas, Clarice. ¿Qué puede decirme del asesino? Hable por instinto.
Clarice respiró hondo. No las tenía todas consigo. El conductor la observó por el espejo retrovisor en silencio. Sin mover un músculo.
—Anne era exuberante, como le decía. Podía tener al chico que quisiera, y tenía a Eloitz. Un poco como usted.
—¿Cómo yo? —se sorprendió George.
—Ella, como usted señor Baley, tenía el poder de golpear las puertas de la voluntad y lograr que los demás hicieran lo que ella quisiera. Era así. Pero jamás usó esa fuerza para algo que no fuera loable.
—No sé si la sigo, Clarice. Y le aseguro que hace años que no uso esa frase.
—No creo que quien le hizo lo que vi ayer noche fuera su ex, o su nuevo novio, o nadie conocido. Un crimen de tal naturaleza violenta sobre una chica como Anne…
—¿Una chica como Anne? — la interrumpió el superintendente.
—Una rompe corazones de libro, aunque ella jamás rompería uno a propósito. Pero sigo, quien acabó con Anne pretendía dirigir la mirada de la policía hacía un exnovio o hacia el novio actual… La pasión rota puede ser muy cruel, pero como le dije ha sido “disparatado” lo que han hecho con ella.