La patóloga Chapter 3
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Chapter 3

II.

Anatómico Forense de Rhode Island

—Le extrajo parte del intestino grueso por el ano—dijo el bueno de Harold señalando una suerte de morcilla que asomaba por el recto de la difunta. —Espero que esta pobre desgraciada ya hubiera fallecido para entonces.

Clarice se fijó en los diversos moratones por todo el cuerpo y en las raspaduras en carne viva de sus muñecas.

—Luchó hasta el final, mire las marcas de sus muñecas, sus uñas… —levantó una de las frías manos.

—Luchó y sufrió hasta el último aliento. Jamás había visto algo semejante. De haber podido esta infeliz se hubiera arrancado las manos para escapar—dictaminó Harold dejando el cuerpo de nuevo boca arriba.

Clarice había nacido con el estómago suficiente para aguantarlo casi todo, o al menos todo lo que en primero de anatomía se llegaba a ver.

Otros compañeros más blanditos vomitaban durante varias semanas.

Incluso estaban los “blandiblú” que tras ponerse verdes en la primera jornada y desmayarse, abandonaban la carrera sin mirar atrás.

El olor de las prácticas de anatomía era muy difícil de llevar, pero también era cierto que los cuerpos en formol, tras unos meses, parecían más muñecos esperpénticos de un museo de cera cutre de pueblo que personas que hubieran comido, respirado, enamorado y tenido familia.

Eran como piezas descosidas carentes de la humanidad que da la vida, y aquello facilitaba tratar los restos sumergidos en formol como partes de muñecos.

Pero aquel cadáver desnudo que tenía delante no parecía el de un museo de los horrores, por muy destrozado que se viera.

Aún conservaba las trazas, el color, la textura de un ser humano real y eso hizo dudar a Clarice, que respiró hondo para recomponerse.

—Si necesita salir, yo puedo encargarme de todo. La mayoría de los forenses jamás se cruzan con un cadáver como el de esta joven. Sería comprensible para cualquiera.

—No será necesario, Harold. El cansancio y no haber cenado más que una pera, me tienen con la guardia baja.

—Respire hondo media docena de veces. Cierre los ojos y relájese. En realidad, es un cuerpo más.

Clarice respiró en profundidad, cerrando los ojos con suavidad hasta que el suave mareo que sentía se disolvió en aquella sala helada de azulejos blancos como paletas.

—¿Se sabe quién es? —preguntó Clarice haciendo acopio de valor.

—Seguro que podemos averiguarlo. Un segundo —cogió del mostrador lateral una caja de cartón.

—Estas son las pertenencias de la víctima.

Un bolso con enseres propios de una chica joven.

La cartera con la documentación… Cuando acabemos con ella, miró hacia la difunta, hay que analizar todo esto en busca de cualquier rastro.

Clarice decidió centrarse en aquellas pertenencias; necesitaba apartar la vista de la chica y sustituir la imagen del intestino grueso que asomaba por el ano por algo más banal.

La luz era buena y el resto de las mesas de aluminio estaban vacías.

Ella, Harold y el cuerpo eran los únicos presentes.

Mientras él preparaba los útiles de disección, ella extendió los enseres de la difunta sobre la mesa de al lado.

Hacía un frío horroroso y la barra de cacao para labios Chapstick Strawberry sabor fresa fue lo primero que cogió.

Sin pensar en ello, sacó el tapón y comprobó que estaba sin usar.

Era la misma que ella y media población del este de EEUU usaba.

Había rímel, pintalabios, una libreta con un bolígrafo engarzado, un tubito de crema hidratante para la cara, dos tampones y la cartera.

Tras ojearlo todo, abrió la cartera. Dos billetes de 50 dólares, 1 de diez y varias monedas.

Luego sacó el carné de identidad y, tras ver la foto y leer el nombre, Clarice dio un pequeño grito que no pudo contener.

—¿La conoce? —se giró Harold hacía ella con el bisturí en la mano.

—Es Anne Miller. Estudia en el mismo campus que yo. Estaba en cuarto de derecho. El año próximo pretendía entrar en la firma Potter League For Animals. Era una amante incondicional de todo ser vivo. No la había reconocido, George. No puedo creer que sea ella. Es...

—Un cadáver puede ser muy diferente de su réplica viva.

A la pobre Anne le han arrancado los ojos, recortado el sexo, los pezones y los labios y roto la mandíbula, la nariz, los dos pómulos…

Sin contar que quién se ensaño así, le rapó la cabeza.

Creo que ni su propia madre la podría reconocer ahora mismo.

Harold tenía toda la razón del mundo. Aquella Anne no era Anne. Sólo un cuerpo y una cara destrozados que obligarían a tener el ataúd cerrado con casi total seguridad.