La patóloga Chapter 2
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La patóloga

La patóloga

Por F. J. Beristain

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Chapter 2

LA PATÓLOGA

I.

—Nací del vientre de una heroinómana que jamás me abrazó. Nunca he sabido si porque me odiaba por ser un bebé no deseado o porque murió mientras me paría en un polígono a las afueras de la ciudad de Memphis, quizá la ciudad más peligrosa de Estados Unidos.

El capullo maniatado que sufriría como un cerdo durante la próxima media hora no se impresionó nada al contemplar el juego de armas blancas ante él.

Los hijos de puta como aquel son tan necios que se creen intocables; pero para Edmundo era sólo otra cosa a la que arrebatar la vida de manera dolorosa: “debe sufrir hasta desear la muerte”.

Habían sido muy concretos en aquel encargo.

—Bua, bua, buaaa… qué penita me das, perro sarnoso. Me importa un puto carajo el coño podrido de la zorra que te parió. Y será mejor que me sueltes. Aún estás a tiempo de salir vivo de esta.

Edmundo se había alejado de las armas, y de su víctima, y miraba por un mugriento ventanal de cristales hecho añicos.

La calle desolada que se desplegaba a sus pies en la oscura y gélida noche parecía el campo de batalla por el que hubieran pasado, hace décadas, varias patrullas de tanques disparando a todas partes.

Ni una sola de las farolas, todas ellas herrumbrosas y retorcidas, servía ya para nada.

Aquel lugar podría ser un jodido vertedero a las afueras del infierno.

Al tipo maniatado a la silla lo había capturado en Ashland, Virginia.

Como al resto de cosas que se habían cruzado en su camino, no lo había visto en la vida.

Su trabajo era simple. Recoger el sobre de la caja de latón enterrada a los pies de un gran sauce llorón del cementerio de Forest Hill y acabar con la vida del desconocido, de la manera indicada; fuera hombre, mujer o niño. En su cabeza todo era muy simple.

Edmundo era tan austero como meticuloso.

Quizá ese era su secreto para no haberla cagado jamás: no exponerse a nada.

Vivía en un cuchitril y si cambiaba de lugar, se instalaba en otro.

Jamás había pagado una misera pensión, ya que vivía en polígonos abandonados como el que usaba para realizar su trabajo.

Tenía dinero, ya que el trabajo de sicario estaba muy bien pagado, pero nunca había pensado qué iba hacer con él si algún día se retiraba…

aunque jamás se le había pasado por la imaginación que pudiera retirarse de lo que hacía.

—Debes de ser un cabrón de los grandes—dijo Edmundo sin apartar la vista de las ruinas del exterior.

—Y pienso arrancarte los intestinos y estrangularte con ellos. La has cagado y mucho, perro sarnoso.

—El tiempo me ha enseñado que cuanto más miserable es mi presa, mayor es el pago. Y tú debes ser un auténtico miserable—formuló con calma Edmundo.

—¡Te arrancaré el corazón y las entrañas y se las haré tragar a tus seres queridos! ¡¿Me oyes puto chingao?! —gritó rabioso intentado soltarse de las ataduras.

Edmundo suspiró y se encaminó hacía el tipo que iba a sufrir los minutos más largos de su vida.

Su trabajo consistiría en lanzar sobre él un puto calvario en el que desearía la muerte mil veces antes de que sus deseos se cumplieran.

Iban a ser unos pocos minutos; aunque eternos para el miserable y placenteros para Edmundo.

—Estoy agotado y desearía que todo pudiera ser rápido.

Los desgraciados arrogantes como tú me resultáis aburridos.

Sois mierda con la que me gusta acabar enseguida y seguir con lo mío.

Pero contigo han sido muy específicos: « Que sufra como un gorrino en el matadero.

Que desee la muerte mil veces… » Y este es mi matadero—extendió los brazos hacia el estuche de cuchillos de diversas formas y tamaños.

—Nadie en kilómetros a la redonda. Nadie que oiga a un puerco berrear. ¿Qué edad tienes? ¿Treinta?

—¿Qué cojones te importa?

—¿Cuánto pesas? ¿Cien kilos?

—Qué te jodan, hijoputx.

—Eres joven y fuerte… te costará morir—aclaró Edmundo con indiferencia.

Aunque había otros sicarios que también eran meticulosos, Edmundo se diferenciaba de ellos en algo que lo hacía único y monstruoso en el mundo de monstruos en el que se ganaba la vida: “cazaba” cualquier cosa.

Hombres, mujeres, niños, bebés… aunque los encargos de bebés eran tan raros que solo le habían encargado uno en los 23 años de profesional que llevaba.

Lo recordaba bien por haber sido un trabajo del que dudó si sería capaz de llevar a cabo.

A la postre, finalizado el encargo, resultó que había sido muy sencillo: lo asfixió con la almohada y salió por la ventana por la que había entrado.

Cuando lo tuvo delante, al bebé de tres meses, lo miró con atención llegando a la conclusión de que sería algo muy muy sencillo.

En la oscuridad, con los avioncitos colgando sobre la cabeza del bebé, el pequeñín le devolvió la mirada con una sonrisa en la boca.

Y mientras cogía una almohada y se la ponía sobre la cara, Edmundo pensó que « hay que ser un monstruo para pedir un encargo así ».

Pero él jamás fallaba ni rechazaba un trabajo.

No importaba el que fuera. Ese era su distintivo: « cualquier cosa que respire hago que deje de respirar ».

A Edmundo le gustaban los cuchillos y los machetes, pero con un bebé como aquel no le pareció nada oportuno.

Y como no había sugerencias con respecto a la forma, optó por poner la almohada sobre su cabecita hasta que dejó de moverse.

« Pobre pequeñín, casi ni se ha resistido, se dijo » .

Luego dejó la almohada en la cama de matrimonio y volvió a plantarse ante la criatura, que esta vez no se movía y parecía dormir en paz.

« ¿Como es posible tener enemigos tan importantes siendo tan pequeño?

Si el pobre no ha podido hacer nada malo en su vida…

— pensó sin más ... Lo cierto es que Edmundo sabía bien que existían desgraciados aborrecidos sólo por nacer.

Luego se santiguó pidiendo en una suerte de diabólica plegaria que en la otra vida ese pequeño tuviera más suerte de la que había tenido en esta y se marchó.

Llegó al coche y se sentó tras el volante pensando que no estaba mal acabar con bebés.

Eran trabajos tan sencillos como bien pagados.

Le habían ingresado el día anterior veinte veces más que por un hombre y diez veces más que por una mujer.

Tras unas dudas y por ser aquel un asesinato tan particular, decidió esperar en el coche, tomando una cerveza, frente a la bonita casa con rosales a la entrada.

Había leído que la fisiología de los bebés era especial.

Que podían parecer muertos, incluso con tonos azulados, y no estarlo.

« Los bebés pueden revivir con mayor facilidad que cualquier adulto », había escuchado en cierta ocasión a un médico en la televisión.

Y esos recuerdos comenzaron a preocuparle.

Las asistencias tardaron diez minutos en llegar.

Edmundo iba por la tercera cerveza y comenzaba a tener hambre: « esta noche caerá una “doble cuarto de libra” con triple de queso », decidió eructando.

Que las asistencias llegaran tan pronto le hizo dudar: “seguro que lo reviven, maldita sea. Debí usar el puto cuchillo, joder” , pensó revisando el reloj.

« La sangre es una moneda que no se puede devolver » , le había dicho su mentor cuando degolló a Valentina, una niña de clase que le había dado una bofetada por tocarle la entrepierna.

« Serás mi aprendiz », respondió mientras Valentina se sujetaba el cuello con las dos manos.

«¿Aprendiz de qué? », preguntó Edmundo mientras agarraba la entrepierna de aquella perra que le había abofeteado.

«¿ De qué va a ser, atontado? De carnicero ».

Veinte minutos más tarde, sobre las dos de la mañana, bajaron las asistencias con cara de funeral.

Un joven matrimonio los seguía. Por la forma de llorar y abrazarse, supo que todo había ido bien.

—Soy el puto capo del Este de Virginia, gilipollas descerebrado. Todo lo que me hagas te lo harán a ti y a todos tus familiares multiplicado por 1000. Espero que no tengas críos, porque si me tocas un solo pelo será su sentencia de muerte.

Edmundo no tenía hijos y aunque los hubiera tenido nada hubiese cambiado.

Se agachó y extrajo del compartimento más pequeño un estilete de apenas dos pulgadas que observó detenidamente.

Hacía tres días lo había usado para sacar los ojos de una joven de ojos azules de no más de 20 años: el cliente los quería y pagó un buen extra por ellos.

Luego acabó con el sufrimiento de la chica clavando ese mismo estilete en su cerebelo, como los toreros hacen con los toros que agonizan.

Esa idea de acabar el sufrimiento último, ese en el que su víctima ya está más en el otro mundo que en este de forma que ya no siente nada, le vino a la cabeza tras presenciar una corrida en México D.C.

Tenía diez años y se coló por la puerta principal en un despiste del vigilante.

Tras la corrida quiso ser torero hasta los 13 años.

—Este pequeño cuchillo es el que siempre uso cuando se requiere intensidad y duración—lo plantó ante los ojos del capo que ya se había convencido de que aquel loco no pararía bajo ninguna amenaza.

—¿Cuánto te pagan? Te ofrezco el doble, el triple… Puedo conseguirte las mujeres que quieras. Niñas pequeñas. Niños… Lo que sea.

—Soy un profesional, capo del Este de Virginia.

El destino nos tiene justo donde quería.

Es la confluencia de los astros. Quitar vidas es mi naturaleza.

Si tengo un objetivo, una cosa que cazar—fijó los ojos negros como el pedernal en el capo—, la cazo.

Llega un momento en el que no es cuestión de dinero, ni de mujeres…

—Pero… mírate. Pareces un jodido pordiosero. Podría pagarte una vida de lujos que ni imaginas.

—Hace años que no paso hambre…

—Hablo de lujos inmensos. Noches de desenfreno, mujeres exuberantes, coches y mansiones de lujo que ni has llegado a soñar.

Aquel tipo no entendía que Edmundo había dejado la vida de dificultades con siete años, tras el momento en el que degolló a Valentina y quedó al cargo de su mentor.

Luego miró al capo con desdén. Le aburría que los que menos saben crean saber lo que los demás necesitan.

Eso le sacaba tan de quicio que le cortó la lengua en primer lugar.

No estaba de humor para escuchar lamentos y tonterías.

Llegado el momento, cuando la sangre comienza a fluir, todos creen que hay una forma de salir de su infierno; pero no la hay.

Y todos mueren creyendo que despertarán de esa pesadilla.

Y que lo harán como hombres o mujeres nuevos, redimidos de sus pecados después de todo el dolor y sufrimiento.

Pero nadie renace ni se redime de Edmundo.