La pastelera de los martes tristes Capítulo 16
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Capítulo 16

La residencia estaba en las afueras de Santander, en una loma con vistas a un pinar y, más allá, a una raya de mar.

Era un sitio bueno, se notaba: limpio, con jardín, con esa calma cara de los lugares donde la gente que puede pagarla va a olvidarse despacio.

A Mariona le pareció, mientras Adrián aparcaba, que hacía falta mucho dinero para morirse en un sitio tan bonito, y que aquel dinero, dos mil euros y pico al mes, salía en buena parte de la renta que ella no pagaba y del edificio que estaban a punto de venderle por encima de la cabeza.

Se le revolvió algo con la idea y no la dijo.

El viaje había sido callado. Dos horas de costa con la foto y el contrato en el asiento de atrás, guardados en la misma carpeta, y entre los dos, en el reposabrazos, todo lo que habían descubierto el día anterior sin saber cómo tocarlo.

Habían hablado poco, cosas de la carretera, y habían compartido silencios que ya no eran hostiles, sino de los de dos personas que cargan juntas algo pesado y prefieren guardar fuerzas.

—No te hagas ilusiones —dijo Adrián otra vez, antes de bajar, y Mariona entendió que lo decía tanto por ella como por él—. Puede que hoy no sea de los días. Y aunque lo sea, no es… no es el abuelo de las fotos, Mariona. Es lo que queda.

—Ya lo sé.

—Yo hace meses que no vengo. —Lo dijo mirando el volante, con la culpa de bulto—. Desde el verano. Vine, y no me conoció, y me… me pudo. No supe volver. —Apretó la mandíbula—. Mala excusa para un nieto. Ya lo sé.

Mariona le puso la mano en el brazo un segundo, sin decir nada, que era lo que había aprendido que servía. Y bajaron.

Los recibió una cuidadora de bata verde y trato de las que valen su peso en oro, una tal Merche, que conocía a Adrián de las visitas de antes y se alegró de verlo con una naturalidad que a él pareció avergonzarlo un poco.

—Anda, mira quién viene. Vas a alegrarle el día a don Tomás.

—Los guio por un pasillo de suelo brillante y olor a limpio y a comida de mediodía—.

Está en el office, en su sitio de siempre, junto a la ventana.

Hoy anda tranquilo. Tranquilo pero lejos, ya me entendéis.

—Miró a Mariona con curiosidad amable, sin preguntar quién era, y no le hizo falta que se lo dijeran para tratarla bien.

Y entonces Mariona lo vio.

Estaba sentado en un sillón orejero junto a un ventanal, mirando el pinar, con una manta de cuadros sobre las rodillas aunque no hacía frío.

Un hombre grande venido a menos, los hombros que habían sido anchos ahora vencidos, el pelo blanco peinado con esmero por alguien que no era él, las manos grandes quietas encima de la manta.

Y la cara. La cara era la de la foto. Cincuenta años más, mil arrugas más, toda la vida por encima, pero era la misma cara del chico que abrazaba a Rosa en la puerta de la tienda.

La misma que la de Adrián. Mariona se quedó parada en el umbral, con el corazón en la boca, mirando por fin, en carne y hueso, al hombre al que su abuela había esperado hasta morirse.

Le costó respirar. Llevaba semanas persiguiendo un fantasma, y el fantasma era un anciano con una manta de cuadros que miraba unos pinos.

Había imaginado tantas cosas de aquel hombre.

En su cabeza, las noches de dar vueltas al secreto, Tomás había sido un villano, un canalla que abandonó a una mujer buena; otras veces, un galán trágico, un amor imposible de novela.

Nunca había imaginado esto: un abuelo cualquiera en una residencia cara, esperando la hora de la merienda, arropado con una manta que no había pedido.

La vida, pensó Mariona, no dejaba a nadie en el papel que le habías asignado.

Ni a los que rompían corazones. Al final todos acababan siendo lo mismo, un cuerpo cansado junto a una ventana, con la memoria goteándose por dentro.

—Don Tomás —dijo Merche, en ese tono cálido y claro que usaba con él—. Tiene visita. Ha venido su nieto Adrián. ¿Se acuerda de Adrián?

Tomás giró la cabeza despacio. Miró a Adrián un rato largo, con unos ojos azules aguados, educados, buscando, y Mariona vio a Adrián aguantar aquella mirada como quien aguanta un peso, esperando, deseando y temiendo a la vez que el viejo dijera su nombre. No lo dijo.

—Buenos días —dijo Tomás, con una cortesía antigua, de otro tiempo, tendiéndole la mano a Adrián como a un desconocido correcto—. Perdone que no me levante. Las piernas ya no son lo que eran.

—Buenos días, abuelo —dijo Adrián, y le estrechó la mano, y se le quebró la voz en la última sílaba, y disimuló.

No lo corrigió. No le dijo «soy tu nieto, soy el hijo de tu hija».

Merche debía de haberle enseñado que no se corrige, que no se pelea con la niebla, que se entra en ella.

Adrián se sentó en la silla de al lado, cerca, y Mariona se quedó un paso atrás, dejándoles sitio, tragándose las lágrimas por un hombre que no era el suyo y por una abuela que sí.

Fue una visita de fragmentos. Así lo llamó luego para sus adentros: fragmentos.

Tomás iba y venía. A ratos estaba, cortés y suave, y contestaba cosas con sentido, y hasta gastó una broma vieja sobre lo mal que se comía allí que hizo reír a Merche.

A ratos se iba a un sitio adonde no se le podía seguir, y se quedaba mirando el pinar, o preguntaba por gente que Mariona no conocía, o se inquietaba porque tenía que hacer no sabía qué.

Preguntó dos veces qué hora era. Preguntó una vez si sus padres sabían que estaba allí, y a Adrián se le descompuso la cara, porque los padres de Tomás llevaban muertos medio siglo.

Merche lo llevó de vuelta con dulzura, sin contradecirlo del todo, y él se dejó llevar.

Pero incluso en la niebla, incluso perdido, el viejo conservaba una decencia que a Mariona le encogió el pecho.

Le daba las gracias a Merche por todo, por acercarle el vaso de agua, por recolocarle la manta, con una gratitud de hombre educado en otro siglo.

Cuando se dio cuenta de que Mariona estaba de pie, quiso levantarse a cederle la silla, y hubo que sujetarlo con cariño para que no se cayera en el intento.

Tenía las manos grandes y suaves, unas manos que Mariona no pudo dejar de mirar, porque eran las manos que habían firmado un contrato de regalo hacía cincuenta años, las manos que abrazaban a su abuela en la foto.

Ahora estaban quietas sobre una manta de cuadros, temblonas, cuidándose de no molestar a nadie.

Era imposible mirar a aquel hombre y odiarlo.

Mariona había ido preparada, por si acaso, para odiar al que había roto a Rosa.

Y se encontró con un anciano cortés y roto que le cedía la silla y no sabía qué día era. El rencor no tenía dónde agarrarse.

En un momento dado, Mariona se acercó. No aguantó quedarse atrás. Se puso donde él la viera, con el pulso en las sienes, y le dijo, con toda la suavidad que tenía:

—Don Tomás, yo me llamo Mariona. Soy de Peñalisa. —Le tembló la voz—. La nieta de Rosa. Rosa Prado. De la confitería.

Y por un segundo —solo un segundo, pero Mariona lo guardaría para siempre— algo cruzó la cara del viejo.

Un temblor. Los ojos aguados se le pusieron un punto más despiertos, como cuando en una radio mal sintonizada se cuela, entre la estática, media palabra clara.

Movió los labios. Mariona se inclinó, conteniendo el aliento, rezando por que dijera algo, lo que fuera, un «Rosa», un «la confitería», una migaja.

—¿Ya es martes? —dijo Tomás.

Mariona se quedó helada.

—No —contestó, con un hilo de voz—. Hoy es sábado.

—Ah. —El viejo asintió, con una decepción suave, y volvió la vista al pinar—.

Cuando sea martes tengo que ir. Me está esperando.

—Lo dijo tan tranquilo, tan seguro de aquello aunque no estuviera seguro de casi nada más, que a Mariona se le empañaron los ojos sin permiso—.

Siempre le digo que el martes. Que este martes sí.

Y ya está. No dijo más. Se le nubló otra vez la cara, se le fue el punto de luz de los ojos, y volvió a ser un anciano cortés y perdido mirando unos árboles.

No explicó quién lo esperaba, ni dónde, ni por qué el martes, ni qué martes.

No dijo el nombre de Rosa. Soltó aquellas tres frases desde el fondo de un pozo de cincuenta años y volvió a hundirse, dejándolas ahí, temblando en el aire del office, para que las recogieran dos nietos que aún no entendían del todo lo que acababan de oír.

Pero Mariona lo entendió lo suficiente para tener que salir un momento al pasillo a respirar.

Porque aquel hombre, con la memoria hecha jirones, sin acordarse de sus propios padres, sin reconocer a su nieto, sin saber en qué día vivía, seguía guardando, en el último rincón que no se le había borrado, una cita de un martes con una mujer que llevaba un año muerta esperándolo.

Cincuenta años después. Le habían fallado el nombre, la cara, la vida entera, y no le había fallado aquello.

Cuando sea martes tengo que ir. Me está esperando.

Rosa lo había esperado hasta morirse. Y él, sin saberlo, seguía prometiendo llegar.

Adrián salió detrás de ella al pasillo. No dijo nada.

Se apoyó en la pared, a su lado, con la cara descompuesta, y Mariona vio que él también lo había entendido, y que le había caído encima el mismo peso.

Estuvieron así un rato, los dos, sin tocarse, hombro con hombro contra una pared de residencia, cada uno tragándose lo suyo.