Capítulo 16 #2
—Es el padre de mi madre —dijo Adrián al cabo, en voz baja, mirando el suelo brillante—.
Cuando yo era crío me llevaba a pescar. Me enseñó a silbar.
—Una risa sin risa—. Fíjate qué cosa. Me enseñó a silbar el hombre que ya no sabe ni qué día es.
A lo mejor la música me viene de ahí y nunca me paré a pensarlo.
—Tragó—. Y llevo tres años sin venir a verlo porque me dolía que no me reconociera.
Como si el que lo pasa mal fuera yo. Como si él, ahí dentro, no estuviera pasándolo peor.
—Cerró los ojos—. Vaya nieto. Se muere mi madre y me escondo de todo el mundo, hasta de su padre.
Y ahora vengo, y resulta que el viejo se acuerda mejor de un martes de hace cincuenta años que de mi cara.
—No es tarde para venir —dijo Mariona, con cuidado—. Sigue aquí. Le has estrechado la mano. Le has dicho «buenos días, abuelo». Aunque él no sepa que eres tú, tú sí lo sabes. Eso también cuenta.
Adrián la miró, y en aquella mirada había algo que a Mariona le dio miedo por lo hondo que era, y apartó la vista antes de que se le desbordara a ella también.
—Merche —dijo Adrián al fin, cuando la cuidadora pasó—. Lo del martes. Eso de que espera a alguien el martes. ¿Lo dice mucho?
Merche se paró, con esa sabiduría tranquila de quien lleva años acompañando gente hasta la puerta.
—Los martes es otro hombre —dijo—. No sé por qué, pero es así.
Aquí lo sabemos todos. Don Tomás tiene días malos y días regulares, como todos los de su planta.
Pero los martes, muchos martes, amanece claro.
Habla mejor, se acuerda de cosas, está aquí.
—Se encogió de hombros—. Los llamamos sus martes buenos.
Le duran hasta la tarde, a veces solo la mañana.
Ninguna doctora me lo sabe explicar. Yo ya no le busco explicación.
Hay gente que tiene su día, y el suyo es el martes.
—Miró a Mariona, que se había quedado blanca—. ¿Estás bien, hija?
Mariona asintió, aunque no lo estaba. Los martes.
Claro que eran los martes. En su tienda los martes no curaba nada; en aquella residencia, los martes, un viejo salía de la niebla.
La misma casa, la misma promesa sin cerrar, latiendo a dos orillas del mismo día, cincuenta años y ochenta kilómetros de distancia.
Todo giraba alrededor de un martes que nadie había terminado.
—¿Podríamos venir un martes? —preguntó—. ¿Para hablar con él cuando esté… cuando amanezca claro?
—Claro que sí. —Merche sonrió—. Venid un martes por la mañana temprano, que es cuando mejor está. Y traedle algo dulce, que es muy de dulce el hombre, aunque la dietista me riña. Le alegra.
Volvieron a entrar a despedirse. Tomás les tendió otra vez la mano cortés, a los dos, como a dos visitas amables cuyos nombres no retenía, y les deseó buen viaje con una educación de otra época. Ya en la puerta, cuando se iban, el viejo dijo, sin dirigirse a nadie, mirando el pinar:
—Que no se me olvide. El martes.
Y Mariona, que en su vida había deseado tanto que llegara un martes, se prometió a sí misma, allí mismo, en el umbral de aquella habitación, que iba a hornear para aquel hombre el dulce más lleno de intención que hubiera hecho nunca, y que iba a volver un martes, y que esta vez, por una vez en cincuenta años, alguien iba a estar al otro lado de la cita.
En el coche, de vuelta, con el mar otra vez a la izquierda, Adrián condujo un buen rato en silencio antes de hablar.
—Un año —dijo, con la voz rota—. Se murió hace un año.
Si esto hubiera pasado hace dos, tres… Ella podría haber venido.
Podría haberlo visto. En un martes bueno él a lo mejor la habría reconocido, aunque fuera un minuto.
—Golpeó el volante, despacio, sin rabia, solo derrota—.
Un año, Mariona. Se cruzaron por un año.
—Ya no podemos darles ese año —dijo ella, mirando el mar, con una calma nueva y triste asentándosele en el pecho—.
Pero podemos darle a él lo que quede. Podemos ir un martes y contarle que ella lo esperó, que no lo dejó por otro, que se quedó en la tienda que él le regaló hasta el final.
A lo mejor no lo entiende. A lo mejor se le olvida a los cinco minutos.
Pero se lo habremos dicho. Alguien se lo habrá dicho por fin.
—Se le quebró la voz—. Es tarde para todo menos para eso.
Adrián alargó la mano por encima del cambio de marchas y le apretó la suya, un momento, sin apartar los ojos de la carretera.
No fue un gesto de novios. Fue otra cosa.
Fue el gesto de dos personas que acababan de heredar juntas una deuda de medio siglo y habían decidido, sin decírselo, empezar a pagarla.
Mariona le dejó la mano ahí, sobre la suya, hasta el siguiente cambio de marcha, y las dos horas de vuelta se le hicieron a la vez larguísimas y demasiado cortas.
Ya cerca de Peñalisa, cuando empezaron a aparecer las primeras luces del pueblo entre la lluvia, Mariona rompió el silencio con lo único que le quedaba claro de todo aquel día.
—El próximo martes —dijo—. Vamos el próximo martes. Yo cierro la tienda, que total los martes no sirvo para nada, y le llevo el mejor pastel que sepa hacer. Y le contamos lo de Rosa. Aunque sea un minuto de martes bueno. Aunque se le olvide enseguida.
—El próximo martes —repitió Adrián, y por primera vez en todo el viaje algo que se parecía a la esperanza le cruzó la voz.
Y así, sin ceremonia, en un coche mojado a la entrada de un pueblo, quedaron citados para un martes, igual que se habían citado sus abuelos medio siglo atrás. Solo que esta vez, se juró Mariona mirando la carretera, alguien iba a cumplir.