La pastelera de los martes tristes Capítulo 15
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Capítulo 15

Adrián llegó a media mañana, y Mariona supo, antes de que dijera nada, que aquel día no venía por la venta.

Lo notó en cómo aparcó, deprisa y torcido, él que aparcaba siempre con la precisión de todo lo suyo.

En cómo entró, sin el abrigo abrochado, sin la carpeta, con una cara que había dejado atrás la coraza en algún punto de la carretera.

Traía una carpeta distinta, de las de gomas, vieja, y los ojos de alguien que no ha dormido dándole vueltas a algo.

Bizcocho fue a saludarlo y él le rascó las orejas sin mirarlo, que en aquel hombre era señal de que traía la cabeza en otra parte.

—Necesito que me enseñes la foto —dijo, sin preámbulo, sin buenos días—. La del cuarto de tu abuela. La de Rosa con el chico.

Mariona se quedó con el trapo en la mano. Llevaba semanas queriendo sacarle a él esa foto, buscando el valor para ponérsela delante y preguntarle, y ahora era él quien se la pedía, con una urgencia que le puso el corazón en marcha.

—¿Cómo sabes tú lo de la foto?

—Enséñamela y te lo cuento. Por favor.

Subió a por ella. La bajó de donde llevaba desde el temporal, apoyada contra la lámpara, mirando a la puerta, y volvió a la tienda, y la puso sobre la barra, entre los dos, con el cuidado con que se pone una cosa que ya se ha vuelto peligrosa.

Adrián se acercó. La cogió. Y Mariona le vio la cara mientras la miraba, y fue como ver caer algo desde muy alto a cámara lenta.

Lo vio reconocer su propia cara en la de otro.

Vio a un hombre encontrarse los ojos, la mandíbula, la media sonrisa desganada que él ponía sin querer, en un desconocido de hace medio siglo abrazado a una chica muerta.

Vio que le costaba sostener la foto. Que se le iban un poco las manos.

Un hombre que se había pasado la vida sin saber de dónde le venía la cara, encontrándosela de golpe en una repisa de un pueblo que su familia le había mandado borrar.

Se quedó mirando al chico de la foto un rato larguísimo, sin decir nada, y Mariona vio pasarle por los ojos el reconocimiento, y el vértigo detrás del reconocimiento, y detrás del vértigo una especie de pena antigua que no era suya y que sin embargo lo doblaba.

—¿Sabes quién es? —preguntó ella, muy bajo.

—Creo que sí. —Adrián dejó la foto en la barra, con manos que no le iban del todo bien, y abrió la carpeta vieja que había traído.

Sacó unos folios fotocopiados, amarillentos, mecanografiados—.

Anoche pedí el expediente original del edificio.

El de cuando mi familia lo puso en alquiler.

Buscaba una cosa de papeles, para ganar tiempo con la venta. —Tragó—. Y encontré esto.

Le giró los folios. Mariona leyó por encima, sin entender de qué le hablaba, hasta que Adrián le puso el dedo debajo de dos nombres, en la primera página.

—El local se lo alquiló a tu abuela un hombre de mi familia. Hace cincuenta años. —El dedo se movió del primer nombre al segundo—. Con una renta de risa. Un contrato imposible, de los que no firma nadie que no esté regalando lo que firma. Se lo firmó él. Este.

Mariona miró el nombre donde apuntaba el dedo de Adrián. Y aunque medio esperaba lo que iba a leer, aunque llevaba semanas atando aquel cabo por su cuenta, verlo escrito, en tinta vieja, en un papel oficial, le paró la respiración.

Tomás Vega.

—Es mi abuelo —dijo Adrián—. Tomás. El padre de mi madre. —Señaló al chico de la foto, al que abrazaba a Rosa en la puerta de la tienda recién pintada—. Y ese de ahí, el que se me parece tanto que tú lo viste el primer día, es él. Cincuenta años más joven. Es mi abuelo.

La tienda se quedó muy quieta. Fuera pasó un coche, ladró un perro en alguna parte, la vida siguió como si nada, y dentro, sobre la barra, entre una taza sin servir y un trapo, acababan de encajar por fin las dos mitades de una cosa que llevaba medio siglo partida.

Mariona cogió la foto. Le dio la vuelta con dedos torpes, y le enseñó a Adrián el reverso, la letra grande y torcida de Rosa, las tres palabras que ella había leído la noche del temporal sin entenderlas y que ahora, de golpe, lo entendían todo.

El que volvería.

—Mi abuela escribió esto detrás —dijo, y le tembló la voz—.

«El que volvería.» —Levantó la vista—. Adrián, tu abuelo y mi abuela…

se querían. Aquí. Hace cincuenta años. Él le dio esta tienda, este edificio, este techo.

Y luego se fue. Y no volvió. —Se le rompió algo en la garganta y siguió—.

Y ella lo esperó. Toda la vida. Cincuenta años detrás de esta barra, haciendo pasteles para todo el pueblo, esperando a que volviera un hombre que no volvió nunca.

Me lo dijo Emérito la semana pasada y no quise creérmelo del todo.

Mi abuela se murió esperando a tu abuelo.

Lo dijo, y al decirlo lo vio entero por primera vez, la forma completa de la historia que llevaba semanas mirando a pedazos, y le dio un vértigo físico, como asomarse a un pozo y descubrir que es mucho más hondo de lo que parecía desde arriba.

No era solo una foto vieja. No era solo un edificio.

Era una historia de amor rota que llevaba cincuenta años latiendo por debajo de su vida sin que ella lo supiera, en las paredes de su casa, en la renta ridícula que pagaba cada mes, en los martes que no curaban, en el paso en blanco de una receta, en un delantal que olía a una mujer que se había pasado la vida queriendo a alguien que no estaba.

Todo aquello tenía ahora un porqué. Y el porqué se apellidaba igual que el hombre que tenía delante.

Se miraron por encima de la foto, y Mariona sintió que el suelo se le movía, porque de repente lo de ellos dos —el café que ella le ponía, la harina de la otra noche, el pulgar en su mejilla, el centímetro y medio— ya no era solo lo de ellos dos.

Estaba dentro de otra cosa mucho más grande y mucho más antigua.

Se estaba enamorando —porque lo estaba, ya no valía la pena mentirse— del nieto del hombre que le había destrozado la vida a su abuela.

Y él, sin saberlo hasta esa mañana, había venido a Peñalisa a rematar la obra: a vender la casa que su abuelo le regaló a la mujer que lo esperó hasta morirse.

Y lo que más vértigo le daba no era la coincidencia.

Era el patrón. Era que todo encajaba con una simetría que asustaba, como si alguien hubiera escrito la misma historia dos veces con cincuenta años de diferencia y a ellos les tocara ahora el segundo pase.

Una Prado y un Vega. Esta tienda. Un hombre de fuera que llega, que remueve, del que una Prado se enamora sin querer.

Emérito lo había visto venir desde el principio, con su instinto de viejo que ya ha visto la película: por eso se había puesto pálido con la foto, por eso le había suplicado que no repitiera la historia.

Y ella, tan lista, tan segura de que no se parecía en nada a su abuela, llevaba semanas repitiéndola paso por paso sin enterarse.

Poniéndole el café. Riéndose con la harina.

Guardándole el sitio en la barra como Rosa se lo había guardado a otro medio siglo entero.

La pregunta le llegó fría y clara, y no se atrevió a decirla en voz alta: si la historia se repetía, ¿en qué acababa esta vez?

¿También se iría él? ¿También se quedaría ella detrás de esta barra, envejeciendo, esperando a un Vega que no vuelve?

¿Era eso lo que le tocaba por herencia, la misma soledad con delantal, el mismo martes eterno?

Miró la foto de Rosa joven, radiante, sin saber todavía lo que le esperaba, y sintió un miedo que no había sentido nunca: el miedo de conocer el final de tu propia historia porque ya se lo has visto vivir a otra.

—Por eso mi familia no hablaba nunca de este sitio —dijo Adrián, más para sí que para ella, con la voz áspera—.

«El asunto del norte.» Lo decían con esa cara.

Yo creía que era por dinero, por un lío de escrituras.

Y era esto. Era que mi abuelo dejó aquí una mujer y una vida enteras y no volvió a nombrarlas jamás.

—Se pasó la mano por la cara—. Cincuenta años.

Y me mandan a mí, precisamente a mí, a cerrar el asunto con una firma.

Sin contarme nada. Como si vender el edificio fuera lo mismo que vender un solar cualquiera.

—La miró, y había en sus ojos algo desesperado—.

Mariona, yo no sabía nada de esto. Te lo juro.

Vine a hacer un trabajo. No sabía que venía a enterrar la historia de mi propio abuelo.

Mariona le creyó. No le costó creerle; se le notaba en el temblor, en el desconcierto, en que aquella mañana el hombre del muro estaba tan perdido como ella.

Y quiso odiarlo, porque habría sido más fácil, porque Emérito se lo había avisado, no repitas la historia de tu abuela, no seas tú la segunda, y ahí estaba ella, medio enamorada de un Vega, en el mismo sitio exacto donde su abuela se había pasado la vida esperando a otro.

Pero no pudo odiarlo. Solo pudo mirarlo y pensar que los dos eran, de alguna manera absurda, los herederos de aquel desastre, los que cargaban con una deuda que no habían contraído.

Y entonces se le ocurrió lo peor. Lo que lo cambiaba todo de escala otra vez.

—Adrián. —Se agarró al borde de la barra—. Tu abuelo. Tomás. ¿Vive?

Adrián levantó la cabeza despacio, y en su cara Mariona leyó la respuesta antes de que la dijera, y fue una respuesta terrible por lo que tenía de esperanza y de castigo a la vez.

—Vive —dijo—. Está en una residencia, en las afueras de Santander.

Tiene ochenta y dos años. —Bajó la voz—.

Y demencia. Hace tiempo que no reconoce a casi nadie.

Ni a mí, la última vez que fui. Se le está borrando todo.

—Miró la foto, al chico joven que sonreía abrazando a Rosa—.

Ese hombre de ahí sigue vivo. Pero ya casi no está.

Mariona se sentó en el taburete porque las piernas no la sostuvieron.

Rosa había muerto hacía un año. Un año. Después de esperar cincuenta.

Y el hombre al que había esperado seguía respirando, a dos horas de allí, en una cama que pagaba aquel mismo edificio, sin acordarse ya ni de su propio nombre y mucho menos del de una pastelera de la costa a la que había querido medio siglo atrás.

Se habían cruzado por un año. Por un solo año.

Si Rosa hubiera aguantado un poco más, o si alguien hubiera atado antes estos cabos, a lo mejor habría podido ir a verlo, a mirarlo una última vez, a preguntarle por qué no volvió.

Y en vez de eso se había muerto esperando, y él seguía vivo olvidando, y entre los dos, cincuenta años tarde, no quedaban más que un contrato amarillo, una foto y dos nietos temblando a un lado y otro de una barra.

Pensó en su abuela los últimos meses, ya enferma, mirando por el escaparate las tardes que no entraba nadie, con esa cara que Mariona había tomado por cansancio y que ahora entendía que había sido otra cosa.

La cara de quien vigila una puerta. Toda la vida vigilando una puerta por la que iba a entrar un hombre que a esas alturas ya ni se acordaba de haberla conocido.

Y Mariona ahí al lado, un año entero, creyendo que la acompañaba, sin saber que en aquella habitación había siempre una tercera presencia, la de un ausente, la del que no volvió.

Le entraron ganas de subir a abrazar a una muerta.

—Está vivo —repitió Mariona, como si necesitara oírlo dos veces para creerlo—. El hombre al que mi abuela esperó toda su vida está vivo.

—Está vivo —dijo Adrián—. Pero se le va la cabeza a trozos.

Hay días mejores y días peores, dice Nuria.

Días en que se acuerda de cosas de hace sesenta años como si fueran de ayer, y otros en que no sabe ni en qué ciudad está.

—Tragó saliva—. Si le queda algo de todo esto dentro, no le va a quedar mucho tiempo.

Y el día menos pensado se apaga del todo, y ya no habrá a quién preguntarle nada.

Se irá con lo que sabe, igual que se fue tu abuela con lo suyo.

Se quedaron callados. La historia había cambiado de tamaño delante de sus ojos y ya no cabía en la tienda.

Ninguno de los dos sabía todavía por qué Tomás no había vuelto, ni qué había pasado exactamente entre aquellos dos jóvenes de la foto, ni por qué Rosa había dejado un paso de su receta en blanco ni por qué los martes no curaban.

Faltaban piezas. Faltaban casi todas. Pero había una, de golpe, que ya no era una pieza de un misterio muerto, sino una persona viva, a dos horas de carretera, con la memoria borrándosele día a día.

Fue Mariona quien lo dijo, aunque los dos lo estaban pensando.

—Tenemos que ir a verlo. —Miró a Adrián—.

Antes de que se le borre del todo. Antes de que se muera él también sin que nadie le cuente que ella lo esperó hasta el final.

Tu abuelo tiene derecho a saber que Rosa no se fue con otro, que no lo olvidó, que se quedó aquí esperándolo.

Y yo… —se le quebró la voz— yo necesito saber por qué no volvió.

Necesito preguntárselo a la única persona que queda que puede contármelo.

—Puede que no te conteste —dijo Adrián, con cuidado, como quien avisa de un desnivel—.

Puede que no se acuerde. Puede que vayamos hasta allí y solo encontremos a un viejo que no sabe quién eres tú ni quién soy yo ni quién fue Rosa.

Casi seguro que es eso lo que encontramos, Mariona.

No quiero que te hagas ilusiones y luego te rompas.

—Ya lo sé. —Ella se levantó del taburete, se limpió los ojos con el dorso de la mano, con esa terquedad que le venía por sangre y de la que empezaba a sospechar el origen—.

Pero mi abuela se pasó cincuenta años sin poder preguntar.

Yo tengo un coche, dos horas de carretera y a un hombre vivo al otro lado.

Aunque solo haya una tarde buena entre cien, aunque solo suelte una frase con sentido, prefiero ir y encontrarme un muro a quedarme aquí, detrás de esta barra, sin preguntar.

Detrás de esta barra sin preguntar ya estuvo ella. No pienso hacer yo lo mismo.

Adrián la miró un largo rato, con la foto de sus abuelos entre los dos, y algo se le ablandó en la cara, miedo y rendición a la vez, y asintió despacio, como quien acepta una deuda heredada.

—Vamos a verlo —dijo—. Los dos. Yo te llevo. —Bajó la vista a la foto, a su abuelo joven, al hombre que le había prestado la cara sin que él lo supiera—. Y a lo mejor así, de paso, averiguo yo también de dónde vengo.

Recogieron la foto y el contrato de la barra y los guardaron juntos, las dos mitades por fin en el mismo cajón, y quedaron en ir aquel fin de semana, cuando la residencia dejaba visitas largas.

Y Mariona, con el corazón desbocado y el suelo todavía moviéndose, tuvo la certeza de que acababa de aceptar meterse hasta el fondo en la historia que Emérito le había suplicado que no repitiera, y de que ya era tarde para dar marcha atrás, porque aquella historia, la de hacía cincuenta años y la suya propia, habían dejado de ser dos.