La pastelera de los martes tristes Capítulo 14
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Capítulo 14

Frenar una venta sin que se note que la estás frenando es, resultó, un arte parecido a componer: todo está en el ritmo, en dónde metes los silencios.

Una nota sostenida a destiempo, una pausa donde nadie la espera, y una pieza que debería durar tres minutos se te va a diez sin que el oyente sepa señalar en qué momento lo has entretenido.

Adrián llevaba media vida haciendo eso con la música.

Descubrió, casi con sorpresa, que se hacía igual con la burocracia. Solo había que saber dónde respirar.

Adrián se puso a ello el jueves, en su piso alquilado de Santander, con el mar de El Sardinero al fondo y una taza de café que se le enfrió mientras trabajaba.

Empezó por lo fácil. Llamó a la gestoría y planteó, con la voz preocupada de quien solo quiere hacer las cosas bien, que un arrendamiento de renta antigua como el de la señora Prado tenía protecciones legales que convenía revisar a fondo antes de comunicar nada en firme, no fuera a ser que el desalojo se les impugnara y el comprador se echara atrás.

Sugirió pedir un informe jurídico. Los informes jurídicos tardaban.

Sugirió, además, una segunda tasación, alegando que las humedades y el estado de la tabiquería —que él mismo había fotografiado semanas atrás como quien reúne pruebas contra sí mismo— podían haber inflado el valor y exponer a la familia a una reclamación del comprador.

Las segundas tasaciones también tardaban.

Y de paso dejó caer que el grupo inversor le parecía «con menos solvencia de la que aparentaba», y que no estaría de más revisar sus avales antes de firmar nada.

Nada de aquello era mentira, en rigor. Todo era posible.

Todo era prudente. Y todo, sumado, retrasaba la venta semanas, puede que meses.

Adrián lo sabía de sobra, porque llevaba veinte años negociando contratos de música y sabía exactamente cuántos silencios hay que meter en una partitura para que una pieza que dura tres minutos parezca que dura diez.

No sabía por qué lo hacía. O lo sabía y no se atrevía a decírselo con todas las letras, ni siquiera solo, delante del mar.

Colgó con la gestoría bastante satisfecho de su propia hipocresía. Y a los diez minutos llamó Nuria, porque Nuria tenía un radar para las cosas que se torcían a su favor de otros.

—¿Se puede saber qué historia les has contado a los de la gestoría?

—No saludó. Nuria nunca saludaba cuando estaba enfadada, y estaba enfadada casi siempre—.

Me acaba de llamar Peláez diciendo que has pedido un informe jurídico y una segunda tasación.

¿Una segunda tasación, Adrián? ¿Para qué?

Estaba todo listo. Íbamos a firmar en tres semanas.

—Estamos expuestos, Nuria. —Adrián se oyó mentir con una calma que le dio hasta miedo—.

Es un contrato antiguo, con una inquilina que lleva viviendo ahí toda la vida.

Si hacemos las cosas deprisa y mal, nos empapela.

Y si el comprador huele problemas legales, se va, y nos quedamos sin venta y con abogados. Solo estoy protegiendo a la familia.

Hubo un silencio al otro lado. Nuria no era tonta; Nuria era muchas cosas, pero tonta no.

—Tú, protegiendo a la familia —dijo, y en su voz había una desconfianza afilada—. Desde cuándo.

Eso dolió, porque era justo. Adrián llevaba tres años protegiendo a la familia lo justo para que no lo molestaran.

No había ido a las comidas. No había cogido la mitad de las llamadas.

Había dejado que Nuria cargara sola con todo desde que su madre murió: los papeles, las cuentas, la residencia del abuelo.

Y ahora, de pronto, aparecía preocupadísimo por los detalles legales de una venta que hasta el mes pasado le importaba lo mismo que el tiempo en Cuenca.

—Estoy intentando hacerlo bien —dijo, que era la mentira más honesta que tenía a mano.

—Pues hazlo bien rápido. —Nuria bajó la voz, y en ese cambio Adrián oyó, por debajo del enfado, el cansancio de verdad—.

Adrián, necesitamos ese dinero. No es un capricho.

La residencia del abuelo son casi tres mil euros al mes, y con lo de mamá y lo de la casa de Madrid ya sabes cómo estamos.

Yo no vendo ese edificio porque me apetezca echar a una pastelera.

Lo vendo porque tu abuelo necesita que alguien le pague la cama en la que se está muriendo sin acordarse ya ni de cómo se llama.

Ese es el capricho. —Respiró—. Así que perdona si no me emociona que de repente te dé por los escrúpulos.

Adrián se quedó con el teléfono pegado a la oreja y sin nada que decir, porque Nuria acababa de ponerle delante, en treinta segundos, todo el peso de lo que estaba haciendo.

No estaba frenando a una tía codiciosa. Estaba frenando la cama de un anciano con demencia.

El dinero de aquel edificio de Peñalisa, el edificio de la pastelera de las manos manchadas, iba a pagar la residencia del abuelo Tomás, un viejo al que Adrián no visitaba desde hacía meses porque no soportaba verlo mirarlo sin reconocerlo.

Cada semana que él robaba a la venta era una semana que alguien de la familia tendría que sacar de donde no había.

—Oye —dijo Nuria, y ablandó la voz, que era peor que cuando la endurecía—.

Ya sé que lo estás pasando mal desde lo de tu madre.

Todos lo estamos pasando mal, cada uno a su manera.

Tú te desapareciste y yo me quedé. No te lo echo en cara, o sí, un poco, qué más da ya.

Pero necesito que estés en esto, Adrián.

Necesito que lo cierres y vuelvas, que no me dejes otra vez sola con todo.

Es una venta. Es papeleo. Es lo único que te he pedido en tres años.

—Una pausa—. No me lo compliques. Por favor.

Aquel «por favor» de Nuria, que no pedía por favor jamás, fue lo que estuvo a punto de tumbarlo.

Porque Nuria tenía razón en todo. Él se había ido.

Ella se había quedado. Ella era la que llevaba al abuelo a las revisiones, la que peleaba con la residencia, la que aguantaba las llamadas de medianoche cuando el viejo se despertaba sin saber dónde estaba.

Y ahora él le mentía, le inventaba informes jurídicos, le robaba semanas, por una mujer a la que Nuria ni conocía, todo desde la comodidad de no tener que cargar con nada.

—Lo cierro pronto —dijo, y odió cada sílaba—. Dame un poco de tiempo. Hazme caso en lo del informe. Es por protegernos.

—Más te vale. —Nuria volvió a endurecerse, que era su manera de despedirse—. Y ve a ver a tu abuelo un día de estos, anda. Aunque no te reconozca. Le sienta bien la compañía, aunque no sepa de quién es.

Colgó ella. Adrián se quedó frente al mar gris de Santander con la sensación de haber salido peor parado de una discusión que técnicamente había ganado, porque había conseguido su tiempo y había pagado por él con la moneda más cara que tenía: mentirle a la única persona que se había quedado a su lado.

Y aun así no dio marcha atrás.

Esa fue la parte que más lo asustó de sí mismo, colgando con Nuria y quedándose frente al mar gris de Santander.

Que sabiendo todo aquello, sabiendo el coste real, sabiendo que estaba mintiendo a la única persona que se había quedado a cargo de todo, seguía sin poder ejecutar la orden.

Porque cada vez que se sentaba a firmar los papeles que dejaban a Mariona Prado en la calle, veía el dibujo de una niña con un delantal de reina, y una mujer sacando un bizcocho del horno para una madre agotada, y un pueblo entero que entraba triste por una puerta y salía menos triste, y no podía.

No podía, y punto. Prefería mentirle a Nuria y robarle semanas al abuelo antes que ser el hombre que apagaba aquella tienda.

Y esa preferencia, tan clara, tan poco razonable, lo tenía aterrorizado, porque significaba que había empezado a elegir, y que había elegido a una mujer que ni siquiera sabía que él la estaba eligiendo.

Porque esa era la otra cosa. La peor. Que Mariona no lo sabía.

Para ella, Adrián seguía siendo el forastero de la carpeta, el que venía a echarla, el Vega de las escrituras.

Lo trataba con una amabilidad de tregua, le ponía el café, se reía con él entre la harina, pero por debajo seguía tratándolo, y con razón, como al hombre que le iba a arrancar la casa en febrero.

Y él no podía decirle la verdad. No podía plantarse en la tienda y anunciarle: tranquila, estoy saboteando la venta de mi propia familia por ti, estoy mintiéndole a mi tía y robándole tiempo a la cama de mi abuelo, todo para ganarte unas semanas que a lo mejor no sirven de nada.

No podía. Primero, porque era una locura que ni él entendía.

Segundo, porque decirlo la obligaría a ella a cargar con el peso, a sentirse en deuda, a mirarlo distinto, y él no quería comprar su mirada con un favor.

Y tercero, y sobre todo, porque no tenía ni idea de cómo iba a terminar aquello.

Podía frenar la venta semanas. No podía frenarla siempre.

Tarde o temprano la cama del abuelo pesaría más que el dibujo de la niña, o la familia le quitaría el asunto de las manos, y entonces Mariona se quedaría igual de en la calle, solo que unos meses después.

Contarle ahora que la estaba protegiendo sería prometerle algo que no estaba seguro de poder cumplir.

Y bastante mentía ya aquellos días como para mentirle también a ella.

Así que se guardó la verdad. Cargó él solo con la información, con el coste y con la culpa, y dejó que ella siguiera creyéndolo el enemigo. Era, se dijo, lo más honrado que podía hacer siendo tan deshonesto.

Trabajó el resto de la tarde en su piso vacío, alargando plazos, redactando correos prudentes, tejiendo despacio la red de complicaciones que iba a mantener la tienda de Mariona abierta unas semanas más sin que ella lo supiera nunca.

Y en un momento dado, buscando munición legal, pidió a la gestoría que le mandara el expediente original del edificio, el de verdad, el de cuando la familia lo adquirió, por si en la letra pequeña de hacía medio siglo había algún resquicio que le sirviera para enredar más el asunto.

Se lo mandaron escaneado esa misma noche.

Un legajo viejo, mecanografiado, con sellos de otra época y el papel amarilleado por el escáner.

Adrián lo abrió por encima, cansado, con el mar ya negro tras la ventana y una copa de vino que tampoco se terminó, buscando cláusulas, resquicios, la letra pequeña donde suelen esconderse las salidas.

Y sin buscarlo, en la primera página, se topó con dos nombres que le hicieron parar el cursor.

El del arrendatario original del local, en 19—: una tal Rosa Prado. La abuela de Mariona. Eso ya lo sabía.

Y el del arrendador que le había firmado aquel contrato, medio siglo atrás.

Un contrato de renta ridícula, tan por debajo de mercado, tan largo, tan blindado a favor de la inquilina, tan de regalo, que ningún propietario en su sano juicio lo habría firmado con una desconocida.

Un contrato que no era un negocio. Era otra cosa disfrazada de negocio, la clase de documento que solo firma un hombre que quiere asegurarse de que la mujer a la que se lo firma no tenga nunca que preocuparse por el techo bajo el que vive.

Lo había firmado su abuelo. Tomás Vega.

Adrián se quedó mirando la pantalla mucho rato.

Le subió por la espalda esa sensación que solo conocen los que trabajan con el oído: la del músico que va tocando una pieza que cree conocer de memoria y de pronto oye, enterrada en la armonía, una nota que lleva ahí desde el principio y que lo cambia todo, que obliga a volver al primer compás y escucharlo otra vez sabiendo ya lo que esconde.

Así se le reorganizó de golpe todo lo de las últimas semanas.

El fastidio de su familia cada vez que salía «el asunto del norte».

El silencio de Nuria cuando él preguntaba de dónde venía aquel edificio.

La frase que él mismo le había soltado a Mariona sin pensar, la primera tarde: mi familia y este edificio tienen una historia larga.

La tenía. Vaya si la tenía. Solo que la historia no la había escrito ningún notario.

No entendía los detalles todavía. No sabía por qué su abuelo, hacía cincuenta años, le había puesto medio local en bandeja a una mujer de un pueblo perdido de la costa, ni qué había pasado entre ellos, ni por qué en su familia aquello se guardaba como se guarda una vergüenza.

No sabía nada. Pero por primera vez desde que aceptó aquel encargo tuvo la certeza de que el edificio que le habían mandado vender no era un activo.

Era el escenario de algo que le pertenecía a él por sangre, algo que su abuelo se había llevado a la demencia sin contarlo, y que Adrián, sin saberlo, había venido a rematar con una firma.

Pensó en la foto. En la de arriba, la del cuarto de la abuela de Mariona, la que él había tenido una noche entre las manos durante el temporal y había dejado boca abajo porque le dio un no sé qué mirarla.

Rosa joven en la puerta de la tienda. Y a su lado un chico.

Un chico moreno con una media sonrisa desganada que él había mirado sin querer detenerse, porque había algo en aquella cara que lo incomodaba y no sabía por qué.

Ahora, con el nombre de su abuelo en la pantalla y el contrato de regalo delante, aquella incomodidad tenía de pronto un peso nuevo, aunque Adrián todavía no se atrevía a nombrar de qué.

No pensaba resolverlo esa noche, solo, a oscuras, con un vino sin terminar y medio expediente por leer.

Había demasiadas piezas y le faltaban demasiadas.

Sabía que su abuelo le había hecho a Rosa Prado un favor de los que no se hacen por negocio.

No sabía por qué. No sabía qué había habido entre ellos, ni cómo había acabado, ni qué tenía que ver con el silencio que su familia guardaba sobre «el asunto del norte».

Y no iba a averiguarlo escrutando papeles amarillos a la una de la mañana.

Lo averiguaría en Peñalisa. Con la única persona que tenía la otra mitad de aquello: una mujer que vivía encima de la tienda, que guardaba una foto contra una lámpara y que llevaba semanas mirándolo, ahora se daba cuenta, con una insistencia rara, como si también ella estuviera atando cabos por su lado.

Cogió el teléfono para llamarla y no la llamó.

Aquello no era para el teléfono. Guardó el expediente, apagó la pantalla, y se quedó a oscuras en el piso alquilado, con el nombre de su abuelo repitiéndosele en la cabeza como una nota sostenida que no sabía a qué acorde pertenecía.

Supo que al día siguiente conduciría otra vez las dos horas de la costa.

Y que esta vez no iría por la venta que estaba saboteando, ni por el café que ella le ponía sin cobrarle, sino a preguntarle a Mariona Prado, de una vez, quién era el chico de aquella foto.

Aunque sospechaba, con un frío nuevo en el estómago, que la respuesta la llevaba él en su propio apellido.