La pastelera de los martes tristes Capítulo 13
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Capítulo 13

Adrián sabía que no tenía por qué haber conducido dos horas por la costa un martes de lluvia para dejar en persona unos papeles que la gestoría podía haber mandado por correo.

Lo sabía perfectamente. Y aun así estaba otra vez en la carretera del argayo, con el limpiaparabrisas a máxima potencia, inventándose un motivo profesional para volver a un pueblo del que debería haberse marchado hacía semanas.

Se le había vuelto una costumbre y las costumbres le daban miedo, porque era compositor —había sido compositor— y sabía que una melodía es solo una nota que insiste.

Él llevaba tres años sin insistir en nada.

Y de pronto insistía en aquello: en la carretera, en la esquina, en la campanilla de una tienda que su propia familia le pagaba por cerrar.

No sabía ponerle nombre a lo que le pasaba en Peñalisa, y eso, para un hombre acostumbrado a nombrar los sentimientos ajenos con doce instrumentos, era una humillación menor pero constante.

Solo sabía que allí respiraba distinto. Que el aire de aquella tienda, que olía a mantequilla y a algo más viejo que la mantequilla, le aflojaba un nudo que llevaba tres años apretado y que él ya había dado por permanente.

La primera vez lo achacó al cansancio. La segunda, al perro.

A la tercera dejó de buscar explicaciones porque todas eran peores que el silencio.

Lo que sí tenía nombre, y feo, era su trabajo allí.

Había aceptado el encargo del edificio porque era lo único que su familia le había pedido en tres años y decir que no le habría costado más energía de la que tenía; porque estaba lejos, en un pueblo perdido donde no lo conocía nadie; y porque, en el fondo, tasar paredes y firmar papeles era la clase de tarea mecánica y sin alma que un hombre sin música podía hacer sin que se le notara que estaba roto.

Le había parecido un buen sitio para no sentir nada.

Ese había sido el chiste. Había ido a Peñalisa a no sentir nada, y llevaba semanas sintiendo más de lo que había sentido desde el entierro de su madre, todo por culpa de una pastelera hostil, un perro sin criterio y una tienda que su familia le pagaba por borrar del mapa.

Aparcó en la esquina. La tienda estaba casi vacía, cosa rara. Y Mariona, detrás de la barra, estaba rara también.

Lo notó nada más entrar, con ese oído que no se le había secado del todo, el que le servía para captar cuándo algo desafina.

Ella lo saludó, le señaló dónde dejar los papeles, le puso un café sin preguntar —había renunciado a impedírselo—, pero todo lo hacía a media asta.

Sin la energía de otras veces. Sin esa manera suya de llenar la tienda con solo estar.

Atendió a una señora que compró pan, y Adrián, que ya la había visto obrar su pequeño milagro cotidiano con medio pueblo, notó que hoy no ocurría.

La señora entró apagada y salió igual de apagada.

Mariona lo intentó y no le salió. Se quedó mirando la puerta después, con una cara de derrota que a él le resultó desconcertante en una mujer que parecía capaz de arreglarlo todo.

Fue esa cara la que le llamó la atención.

Adrián se había pasado la vida ganándose el pan por saber leer a la gente: un buen compositor de cine no le pone música a lo que se ve, se la pone a lo que se siente y no se dice, al temblor que hay debajo de la cara del actor.

Y la cara de Mariona aquel martes tenía debajo un tema que él conocía nota por nota, uno que llevaba tres años sonándole a él por dentro sin parar: el de alguien que hace lo que siempre ha sabido hacer y descubre que, de golpe, no le funciona.

La había visto radiante otras veces, encendida, capaz de cambiarle el día a un desconocido con un bollo.

Y ahora la veía apagada, dándose contra un muro invisible, sin entender por qué el don del que dependía no acudía a la cita.

La reconoció. Era él mismo, delante de un piano mudo.

Y le dio, sin poder remediarlo, una ternura enorme y un poco culpable.

—¿Un mal día? —preguntó, por decir algo.

—Los martes —dijo ella, como si eso lo explicara todo, y no lo explicaba nada—. Los martes no me salen las cosas. Da igual lo que haga. —Se encogió de hombros con una tristeza vieja, ensayada—. Todo el mundo tiene un día así. El mío es el martes. Con puntualidad suiza.

Adrián no entendió del todo lo que quería decir, pero entendió la música de cómo lo decía, y esa la conocía bien. Era la de alguien que carga con una avería que no puede explicar y ha dejado de intentar que se la crean.

Se sentó en un taburete. No tenía prisa.

Nunca tenía prisa en aquella tienda, lo cual era otro misterio, porque en su otra vida vivía con prisa desde que se levantaba.

Bizcocho vino a echársele encima de los pies con la lealtad de siempre, y él le rascó las orejas, y por un rato no dijeron nada, ella limpiando cosas limpias, él con el café.

—Te iba a preguntar una cosa —dijo Mariona al fin. La notó dudar, elegir mal las palabras, arrepentirse—. Sobre tu familia. Dijiste que teníais una historia con este edificio. Una historia larga.

Algo se le tensó a Adrián en el pecho. No sabía qué historia era esa.

Su familia hablaba de aquel edificio de Peñalisa como se habla de una muela que hay que sacar: con fastidio y sin detalles.

Su tía Nuria lo llamaba «el asunto del norte».

Nadie contaba nada. Y a él, la verdad, tres años atrás había dejado de importarle de dónde venían las cosas de su familia.

—No sé cuál es esa historia —dijo, y era verdad—.

Sé que el edificio lleva en la familia desde siempre, que nadie ha venido a verlo en décadas y que ahora hay que venderlo.

Lo demás no me lo han contado. Ni lo he preguntado.

—Hizo una pausa—. Mi familia no es de contar cosas.

Es más de guardarlas hasta que se pudren solas.

Y ahí, sin venir del todo a cuento, se le escapó lo suyo. No supo por qué. Quizá porque llevaba tres años sin decírselo a nadie que no cobrara por escucharlo, y aquella mujer de las manos manchadas tenía una manera de mirar que no pedía nada.

—Mi madre era así —dijo—. La de guardar. —Le dio vueltas a la taza—. Murió hace tres años.

Mariona no dijo lo que dice la gente. No dijo «lo siento», ni «cuánto lo lamento», ni ninguna de las fórmulas con que los demás tapan el hueco cuanto antes.

No hizo nada. Solo dejó de limpiar, se apoyó en la barra enfrente de él, y esperó, con esa quietud suya, dejándole sitio.

Y Adrián, que había venido preparado para el pésame de rigor y sus defensas correspondientes, se encontró sin muro contra el que apoyarse, porque ella no empujaba.

—Fue rápido —siguió, más para las manos de ella que para su cara—.

Cuatro meses desde que se lo encontraron.

Yo estaba en Los Ángeles cuando empezó, trabajando en una película, la mejor que me habían ofrecido nunca.

Volví, claro. Pero volví ya con ella mal.

Y me pasé esos cuatro meses en un hospital de Madrid intentando terminar una banda sonora que ya no me importaba nada, componiendo música alegre para una comedia romántica mientras mi madre se apagaba en la habitación de al lado.

—Una sonrisa sin nada de sonrisa—. La entregué tarde.

Fue lo último que entregué. La última nota que escribí en mi vida la escribí en la sala de espera de una uci, y era una tontería, un tema de amor para dos actores que se querían de mentira.

—Levantó la vista—. Ella se murió un jueves por la mañana.

Y desde ese jueves no he podido escribir una nota más.

Lo he intentado. Me siento delante del piano y no hay nada.

Silencio. Como si me hubieran quitado el idioma.

Se calló. Había dicho más de lo que decía nunca, y esperó a arrepentirse, a que subiera el asco de haberse abierto. No subió. La tienda seguía caliente, el perro seguía en sus pies, y Mariona seguía enfrente, escuchando, sin arreglar nada.

—No te voy a decir que lo entiendo —dijo ella al cabo, muy despacio—.

Cada duelo es del que lo lleva. Pero sé algo de perder a la persona que te crió y quedarte de repente en una casa demasiado grande, sin saber para quién haces las cosas.

—Miró la tienda, la suya—. Mi abuela me crió.

Se murió hace un año. Y todavía hay noches que subo a cerrar y me sorprendo a mí misma poniendo dos tazas para el café de la mañana, como si ella siguiera arriba.

Un año, y las manos aún no se han enterado.

—Se le quebró un poco la voz y siguió como si no—.

Y sigo aquí horneando para todo el pueblo, y hay días —los martes, por ejemplo— en que no le llego a nadie por mucho que lo intente, en que hago exactamente lo mismo que los otros días y no sirve de nada.

Y me pregunto si no será que se me está acabando a mí lo que fuera que yo tenía.

Igual que a ti. —Se encogió de hombros—.

A lo mejor los dos hacemos lo mismo. Trabajar para otros porque no sabemos trabajar para nosotros.

Adrián la miró. Y por primera vez desde que había llegado a aquel pueblo tuvo la sensación exacta, física, de haber sido comprendido, no consolado, que era distinto y era mucho mejor.

No le había dado una solución. No le había dicho que el tiempo lo cura ni que su madre estaría orgullosa ni ninguna de las mentiras amables.

Le había dicho: yo también. Y le había puesto delante su propia avería como quien enseña una cicatriz para que la otra cicatriz no se sienta sola.

En su otra vida, la de antes, había estado rodeado de gente que sabía consolar de maravilla.

Productores que le mandaban flores al hospital, colegas que le dejaban mensajes largos y sentidos, una novia de entonces que le había recomendado un duelo con horario y terapeuta caro.

Todos habían hecho lo correcto. Ninguno le había servido de nada, porque todos empujaban en la misma dirección: la de que dejara de estar mal cuanto antes, la de que volviera a componer, la de que la promesa apagada se reencendiera para tranquilidad de todos.

Nadie se había limitado a sentarse enfrente y aguantarle el silencio sin pedirle que lo llenara.

Aquella mujer, que apenas lo conocía y que tenía todos los motivos del mundo para odiarlo, acababa de hacerlo a la primera. Sin esfuerzo. Como quien sabe.

—Se te da bien esto —dijo él, con la voz un poco tomada—. Escuchar.

—Es lo único que se me da bien.

—No es verdad. También cascas huevos.

Ella se rio, una risa pequeña que le devolvió algo de color a la cara de martes, y a Adrián le pasó por dentro una cosa cálida y peligrosa, la certeza de que aquella mujer se le había metido bajo la guardia sin que él firmara ningún permiso, y de que estaba, además, sentado en la tienda que le pagaban por quitarle, tomándose el café que ella le ponía sin cobrarle, mientras en su carpeta dormía la orden de dejarla en la calle en febrero.

El pensamiento le cortó la risa. Se le debió de notar, porque Mariona lo miró con curiosidad, pero él no lo explicó.

No podía explicárselo. No podía decirle: acabo de darme cuenta de que no voy a poder hacerte esto.

Todavía no lo sabía decir ni para sus adentros.

Solo sabía que la orden de la carpeta, que hasta hacía unas semanas era un trámite, se le había convertido en una piedra en el estómago, y que cada día que pasaba en aquella tienda la piedra pesaba más.

Se terminó el café. Se levantó antes de decir algo de lo que no pudiera retirarse.

—Tengo que volver a Santander —dijo, aunque no tenía que volver a nada—. Gracias por el café. Y por… —señaló vagamente el aire entre los dos, lo que fuera que había pasado ahí— por no decir «lo siento».

—Cuando quieras. —Mariona lo acompañó a la puerta—. Y, Adrián. —Dudó—. Lo de la música. Que no te salga no quiere decir que se haya ido. A lo mejor solo está esperando. Las cosas esperan más de lo que creemos.

Él no supo qué contestar a eso, así que no contestó.

Salió a la lluvia. Y en el coche, antes de arrancar, se quedó un minuto quieto, con las manos en el volante, escuchando el agua en el techo, y se descubrió a sí mismo haciendo algo que no hacía desde el jueves en que su madre se murió: llevar el compás con los dedos sobre el cuero, muy suave, a un ritmo que no venía de ninguna canción conocida.

Se paró en cuanto se dio cuenta. Pero le tembló la mano al arrancar, porque durante cuatro segundos, sin querer, había vuelto a oír algo dentro.

Y venía de aquel pueblo. Venía de aquella tienda que él tenía órdenes de arrancar de cuajo.

No era la primera vez, además. Le había pasado con el bolero, la noche de las pastas.

Le había pasado con el perro, tarareándole una nana sin darse cuenta.

Le pasaba en aquella esquina y no en ningún otro sitio del mundo, y Adrián, que se había pasado tres años esperando a que la música volviera y había terminado por convencerse de que no volvería, empezaba a entender, con más miedo que alegría, que a lo mejor sí estaba volviendo, y que estaba volviendo por el peor camino posible: por una mujer a la que él iba a destrozar la vida en febrero.

Porque ese era el problema. Ese era el lío del que hablaba conduciendo, más grande que un edificio.

Que si se quedaba en Peñalisa, si seguía volviendo, si dejaba que aquello siguiera pasando, tarde o temprano tendría que elegir.

Entre su familia y ella. Entre el dinero de la venta, que a su familia le hacía falta más de lo que Nuria confesaba, y una tienda que curaba a un pueblo entero y a la que él, por lo visto, también se estaba curando sin permiso.

Entre firmar los papeles y mirarse al espejo.

Y Adrián, que llevaba tres años sin ser capaz de elegir ni la corbata, no se sentía en absoluto preparado para elegir aquello.

Lo peor era que ya notaba hacia qué lado se le inclinaba la balanza, y no era hacia el de su familia.

Todavía no había hecho nada. No había movido un plazo, no había dicho una palabra a la gestoría, no le había mentido aún a Nuria.

Pero conducía de vuelta a Santander sabiendo, con una claridad incómoda, que el trámite que hasta hacía un mes le habría parecido rutina se le había vuelto imposible de ejecutar tal cual, y que algo iba a tener que hacer al respecto, algo que le iba a costar caro con los suyos, aunque todavía no supiera el qué ni se atreviera a ponerle fecha.

Condujo de vuelta a Santander pensando que estaba metido en un lío mucho más grande que un edificio.