Capítulo 12
Aquella noche Mariona bajó la foto a la tienda.
La cogió del cuarto de Rosa, donde llevaba desde el temporal apoyada contra la lámpara, mirando a la puerta, y se la trajo a la cocina, y la puso sobre la mesa mientras terminaba la tarta de las bodas de oro.
Trabajó con ella delante toda la mañana del jueves, glaseando y montando los tres pisos y colocando las flores de azúcar, y cada poco levantaba la vista y miraba a su abuela joven riéndose en la puerta de la tienda, con el chico moreno abrazándola, el chico clavado a Adrián.
El que volvería. No podía dejar de mirarla.
Se le había metido entre las cejas y no se iba.
Había llegado a apoyarla contra el bote de la harina, a la altura de los ojos, para trabajar con la cara de Rosa vigilándola, como si su abuela pudiera, desde una tarde de hace cincuenta años, decirle qué demonios se suponía que tenía que hacer ella con todo aquello.
Y encima estaba lo de la noche anterior.
Lo del obrador, lo de la harina, lo del pulgar en la mejilla, lo del centímetro y medio.
Todavía tenía el cuerpo raro de aquello, un cosquilleo de peligro que no se le quitaba, y le daba una rabia enorme, porque no había cosa más idiota que perder la cabeza por el hombre que venía a echarla.
Pero es que además —y esto era lo que de verdad no la dejaba en paz— el hombre por el que estaba perdiendo la cabeza tenía la misma cara que el hombre por el que su abuela había perdido la suya cincuenta años atrás.
Y eso no podía ser casualidad. En aquella casa nada era casualidad.
Las cosas de Rosa no pasaban por casualidad.
Había dado vueltas en la cama la mitad de la noche con las dos cosas mezclándosele, el pulgar en la mejilla y la cara del chico de la foto, hasta que se le juntaron en una sola idea incómoda que no la dejó dormir: que a lo mejor no estaba enamorándose de Adrián a pesar de la foto, sino de alguna manera retorcida por culpa de ella.
Que a lo mejor lo que sentía por aquel hombre venía de más atrás que aquel hombre, de una historia que ni siquiera era suya.
Y esa idea la asustaba, porque una cosa es querer a alguien y otra muy distinta querer a alguien porque se parece a un fantasma que llevaba cincuenta años metido en las paredes de tu casa.
Necesitaba entenderlo. Y en Peñalisa solo quedaba una persona que hubiera conocido a Rosa de joven y tuviera la cabeza para contarlo. Una persona que, además, ponía esa cara de saber más de lo que soltaba cada vez que salía el nombre de su abuela.
Así que cuando Emérito entró a las siete y cuarto, chorreando el paraguas y protestando por el precio del pan, Mariona ya lo tenía decidido.
Le puso el café. Lo dejó gruñir su ración de gruñidos matutinos, lo del pan, lo del ayuntamiento, lo de que ya no llovía como antes.
Esperó a que se tomara el primer sorbo, que era cuando Emérito estaba más humano.
Y entonces cogió la foto de la mesa y la puso delante de él, sobre la barra, junto a la taza.
—Don Emérito. ¿Quién es este?
Emérito bajó la vista a la foto. Y Mariona lo vio cambiar.
No fue mucho. Fue un hombre viejo que se quedó muy quieto, con la taza a medio camino de la boca.
Se le fue el color de gruñón de la cara y le quedó otro, uno más antiguo, uno que Mariona no le había visto nunca.
Dejó la taza en el plato despacio, sin ruido, y estuvo un rato largo mirando la foto sin tocarla, como quien mira algo que creía enterrado y se encuentra desenterrado sobre la barra de una pastelería un jueves cualquiera.
—¿De dónde has sacado esto? —dijo al fin. Y la voz le salió distinta, sin la costra de siempre.
—Estaba arriba. En el cuarto de mi abuela, con las cosas que no he tirado. —Mariona se apoyó en la barra, enfrente de él—. Es Rosa, ¿verdad? De joven. El día que abrió la tienda, se ve el rótulo detrás recién pintado.
—Es Rosa. —Emérito lo dijo mirando la foto, no a ella—.
El día que abrió, sí. Yo estaba. Estábamos medio pueblo.
Fue una fiesta. Tu abuela repartió pasteles gratis toda la tarde y no cobró ni uno, para que la gente entrara, y a partir de aquel día ya no dejó de entrar nadie.
—Una pausa—. Estaba guapísima, tu abuela.
Aquel día estaba para pararte el corazón.
Lo dijo con una ternura tan desnuda que a Mariona le dio hasta apuro oírla, como si hubiera abierto una puerta sin llamar. Emérito, el cascarrabias, el que fingía que no le gustaba el café, hablando de Rosa joven con la voz temblándole por debajo.
—Yo tenía veintipocos —siguió el viejo, más para la foto que para ella—.
Trabajaba de peón en el faro, aprendiendo el oficio del que se jubilaba.
Y venía aquí cada mañana antes de subir, como vengo ahora, solo que entonces era por otra cosa.
—Se calló, y torció el gesto, arrepentido de haber dicho de más—.
En fin. Éramos jóvenes. Medio pueblo estuvo enamorado de tu abuela en algún momento, niña.
Era ley de vida. Uno se enamoraba de Rosa igual que se moja cuando llueve, sin que hubiera nada que hacer.
Mariona lo miró de otra manera. Cincuenta años tomando café en aquella barra.
Cincuenta años bajando cada mañana del faro a lo de Rosa primero y a lo de Mariona después.
Nunca se había casado, Emérito. Nunca le había conocido mujer.
Y de pronto, con la foto sobre la barra, se le ocurrió por primera vez que a lo mejor el viejo cascarrabias que desayunaba en su tienda todos los días de su vida no bajaba solo por el café.
Guardó también aquello. Aquella tienda estaba llena de gente que había querido a alguien a la puerta de aquella barra y se lo había callado.
—¿Y él? —preguntó, con mucho cuidado, señalando al chico de la foto—. ¿Quién es él, don Emérito?
Y ahí se cerró.
Emérito apartó la vista de la foto, cogió la taza otra vez, se bebió el café de un trago aunque le quemara, y cuando volvió a hablar la costra había vuelto a su sitio, más gruesa que nunca.
—Eso no importa —dijo—. Un chico. De hace mucho. Ya no está.
—Se parece a alguien, don Emérito.
—Se parece a mucha gente. Todos los chicos morenos se parecen a los cuarenta años de distancia.
—No me venga con esas. Se parece a Adrián. Al forastero. Al que viene a vender el edificio. —Mariona se inclinó sobre la barra—. Es de la familia, ¿verdad? El de la foto. Es un Vega.
Emérito la miró. Mariona creyó ver algo cruzarle los ojos viejos, pero se hundió tan deprisa que no supo si era un sí, un no o un «basta». El viejo no lo dijo. Apretó la boca, negó despacio con la cabeza, y no de negar la verdad, sino de negarse a decirla.
—No me preguntes eso, niña.
—¿Por qué no?
—Porque no es mi historia. —Lo dijo con una firmeza que no admitía discusión, y Mariona entendió que aquello era lo más parecido a una confirmación que iba a sacarle—.
Es la de tu abuela. Y ella se la llevó. Si Rosa hubiera querido que lo supieras, te lo habría contado en vida, que tiempo tuvo.
Y no te lo contó. Por algo sería. Hay cosas que la gente se guarda no por mentir, sino porque dolerían más contadas que calladas.
—Rosa está muerta, don Emérito. Ya no puede contarme nada.
—Pues respeta su silencio. —Emérito dejó las monedas sobre la barra, las justas, como siempre, pero le temblaba un poco la mano al hacerlo—. Bastante tienes tú ahora mismo con lo tuyo.
—Es que lo mío y lo suyo a lo mejor son la misma cosa.
—Mariona no le dejó levantarse; le puso la mano en el brazo, y Emérito se quedó a medio camino, entre sentado y de pie—.
Don Emérito, míreme. Llevo un año viviendo sola encima de la tienda de una mujer a la que quería más que a nadie y de la que resulta que no sabía casi nada.
Un año. Y ahora aparece un hombre con esta cara —dio un golpecito en la foto— a quitarme la casa, y usted se pone pálido cuando la ve, y me dice que respete un silencio.
¿Qué silencio? Yo no sabía ni que había un silencio que respetar hasta esta semana.
No me pida que respete algo que nadie me ha contado que existe.
Emérito se soltó el brazo con suavidad, sin brusquedad, y volvió a sentarse, vencido a medias, con la vista en la taza vacía.
—Eres igual de cabezota que ella —murmuró—. Rosa tampoco dejaba una piedra sin levantar cuando se le metía algo entre ceja y ceja. Mira de lo que le sirvió.
—¿De qué le sirvió?
—De pasarse la vida esperando. —Lo dijo seco, y en cuanto lo dijo se dio cuenta de que había empezado a soltar el hilo sin querer, y apretó los labios—. Déjalo, niña.
—No lo dejo. —Mariona se plantó—. Dígame solo una cosa y no le vuelvo a preguntar más. Se lo juro. Una.
Emérito cerró los ojos un momento, con la cara de un hombre que sabe que va a ceder y se odia un poco por ello.
—Una —concedió—. Y luego me dejas en paz con esto, que soy muy viejo para desenterrar muertos a las siete de la mañana.
—¿Mi abuela lo quiso? —Puso la mano sobre la foto—. ¿A este de aquí?
Emérito se quedó callado un rato largo, mirando la lluvia por el escaparate, con la boina goteándole todavía.
Y cuando habló, lo hizo despacio, a regañadientes, arrancándose las palabras como quien se arranca una tirita pegada a la piel, y fue lo único que soltó en toda la mañana, pero fue suficiente para partir la historia en dos:
—Tu abuela esperó a ese hombre toda su vida.
—No la miraba—. Toda. Cincuenta años. Podía haberse casado; no le faltaron pretendientes, te lo digo yo, que alguno hubo.
—Algo se le quebró un instante y lo tapó con un carraspeo—.
Y no quiso a ninguno. Se quedó aquí, detrás de esta barra, haciendo pasteles para todo el mundo, esperando a uno que no volvió.
Un año tras otro. Al principio con esperanza, que los primeros años aún miraba la carretera cuando llegaba el correo.
Luego ya sin ella, por costumbre, como se espera lo que uno sabe que no va a venir pero no se atreve a dejar de esperar por si acaso.
Hasta que se murió esperando. Eso es lo que fue de tu abuela, Mariona.
Eso es lo que hay detrás de esa foto que has bajado tú tan tranquila un jueves.
Una mujer que esperó a alguien toda la vida.
Y ya está. No hay más que puedas sacarme, así que ni lo intentes.
Se levantó. Se caló la boina mojada. Y antes de irse, en la puerta, con la lluvia detrás, se volvió y le dijo una última cosa, y esta se la dijo mirándola a los ojos, ya no con la voz de la memoria, sino con la de la advertencia:
—Y ahora mismo hay un forastero yendo y viniendo por esta tienda, y tú lo miras a él de una manera que no me gusta un pelo.
—Endureció el gesto—. No repitas la historia de tu abuela, niña.
No te quedes tú también esperando a un hombre que se va a marchar.
Con una que se pasó media vida esperando a la puerta de esta tienda ya tuvo bastante esta casa. No seas tú la segunda.
Y se fue, dejando la campanilla temblando, el café frío a medias y a Mariona clavada detrás de la barra con la foto en la mano y la historia partida por la mitad delante de ella, viendo por fin, aunque solo a medias, la forma de lo que llevaba semanas mirando a trozos: que su abuela había querido a alguien, que ese alguien no había vuelto, que Rosa lo había esperado hasta morirse un martes.
Emérito no le había querido decir quién era el chico de la foto.
No le había hecho falta. La cara del chico se lo decía sola cada vez que la miraba, esa cara que ahora mismo iba y venía de Santander con una carpeta bajo el brazo.
Se quedó mucho rato así, con la tarta de las bodas de oro terminada a un lado —cincuenta años de una pareja que sí lo consiguió— y la foto de su abuela al otro —cincuenta años de una que no—, sin saber en cuál de las dos historias iba a acabar metida ella.
Pensó en Rosa de otra manera, por primera vez en su vida.
En toda una vida detrás de aquella barra.
Ella siempre había creído que su abuela era feliz; una mujer fuerte, entera, dueña de su negocio y de su calle, querida por todo el pueblo, que no había necesitado a ningún hombre para ser alguien.
Así se lo había contado siempre a sí misma.
Y ahora resultaba que aquella entereza tenía un forro escondido, que detrás de cada pastel que Rosa había horneado para consolar a los demás había una mujer que se iba a la cama sola cada noche a esperar a alguien que no llegaba.
Que a lo mejor por eso era tan buena consolando: porque conocía la pena por dentro, la suya propia, la que no se curaba con nada de lo que salía de aquel horno.
Y Mariona, que se creía tan distinta de su abuela y que resultaba ser idéntica hasta en la cabezonería, se preguntó, con un frío en el estómago, cuánta de la soledad de Rosa llevaría ya metida ella sin haberse dado cuenta.
Los martes que se comía sola la tartaleta de limón.
El delantal que no se lavaba. La sonrisa que se olvidaba puesta.
A lo mejor no había heredado solo las manos.
A lo mejor había heredado también la espera.
No abrió la carpeta de la gestoría ese día tampoco.
Pero por primera vez pensó que a lo mejor el secreto que necesitaba entender no estaba en los papeles de la venta, sino mucho más atrás, en un martes de hace cincuenta años del que no quedaba vivo nadie dispuesto a hablar.
Salvo, quizá, uno. El que iba y venía de Santander sin saber, tal vez, que era el vivo retrato del hombre al que su abuela había esperado hasta el final.
Tendría que preguntárselo a él. Y para preguntárselo tendría que volver a acercarse a él, justo el día después de que Emérito le hubiera dicho, con toda la razón del mundo, que se apartara. Justo el día después del pulgar en la mejilla y el centímetro y medio.
La idea la asustó más que ninguna otra cosa de aquella mañana.
Y aun así, mientras guardaba la foto en el cajón de la caja, debajo de las gomas, junto a la tarjeta con el apellido de fuera, supo que iba a hacerlo.
Porque era igual de cabezota que Rosa. Y porque, aunque le diera pánico reconocerlo, ya no sabía separar las ganas de resolver el secreto de su abuela de las otras ganas, las tontas, las peligrosas, las de volver a tener a aquel hombre cerca.