La pastelera de los martes tristes Capítulo 11
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Capítulo 11

El miércoles de la semana siguiente Adrián la pilló hundida hasta las cejas en el pedido de las bodas de oro.

Don Aurelio y doña Pilar cumplían cincuenta años casados el sábado, y sus hijos habían encargado en la confitería una tarta para ochenta personas, seis docenas de pastas surtidas y una bandeja de hojaldres, todo para el mediodía del sábado sin falta.

Era un encargo de los grandes, de los que Mariona quería que salieran perfectos porque cincuenta años juntos le parecían una cosa lo bastante rara y lo bastante hermosa como para merecer el mejor hojaldre del Cantábrico.

El problema era que la chica que a veces la ayudaba con los pedidos gordos, la Vero, estaba con gripe, y Mariona se había quedado sola con una montaña de trabajo, la tarde cayendo y las manos que no le daban para todo.

Adrián apareció a las siete, cuando ella tenía harina hasta en las orejas y cara de pocos amigos, con una carpeta de la gestoría bajo el brazo.

—Vengo a dejarle unos papeles del tema del…

—Ahora no puedo —dijo Mariona, sin levantar la vista de la masa de hojaldre, que estaba en ese punto delicado en que como te despistes se te calienta la mantequilla y adiós—. En serio. Hoy no. Déjelos ahí y ya los miro.

Adrián dejó la carpeta en la barra. Pero no se fue.

Se quedó en la puerta del obrador, mirando el desastre organizado que era aquello: las bandejas a medio llenar, el horno a tope, la manga pastelera sin rellenar, Mariona estirando hojaldre con el pelo escapándosele de la coleta y una mancha de harina en la mejilla.

—¿Necesita ayuda? —preguntó.

Mariona levantó la cabeza, incrédula.

—¿Usted?

—No veo a nadie más aquí.

—Usted no sabe hacer nada de esto.

—Es probable. —Se quitó el abrigo, lo colgó, y empezó a remangarse la camisa cara como quien acepta un reto que no ha pedido—.

Pero sé seguir instrucciones y tengo dos manos.

Dígame qué hago. No por usted —añadió, y le tembló otra vez el fantasma de sonrisa—.

Por don Aurelio y doña Pilar, que cincuenta años son muchos y no se merecen malos hojaldres.

Y ahí Mariona hizo una cosa que sabía que no debía. Le dio un delantal. Uno de los normales, no el de Rosa, que ese no se lo daba ni a la gripe de la Vero. Y lo puso a trabajar.

Fue un desastre precioso.

Adrián, el hombre que le había puesto música a media España, resultó ser un absoluto inútil para la repostería.

Le mandó rellenar las pastas de crema con la manga pastelera y las reventó una tras otra, dejando unos churretes que parecían un accidente.

Le mandó batir claras a punto de nieve y las batió tanto que se le cortaron.

Cascó un huevo con tanta fuerza que se lo dejó entero en la mano, yema, clara y trocitos de cáscara, y se quedó mirándose la palma con una perplejidad tan sincera que a Mariona se le escapó la primera carcajada del día.

—Es que no me ha dicho la fuerza —protestó él, con el huevo chorreándole entre los dedos.

—La fuerza de cascar un huevo es de conocimiento universal.

—Para usted. Yo no he cascado un huevo en mi vida.

—¿Y qué comía?

—Cosas que casca otra gente.

Se rio ella otra vez, sin poder ni querer evitarlo, y algo cambió en el aire del obrador, algo pequeño que Mariona notó y no quiso mirar de frente.

Le enseñó a cascar el huevo, guiándole la mano, un golpe seco en el borde del bol, y él aprendió a la segunda y lo celebró con una dignidad ridícula, y ella pensó que aquel hombre serio y cerrado tenía, debajo de todo, un sentido del humor seco que solo salía cuando se olvidaba de vigilarse.

Le fue dando tareas a su medida, es decir, tareas de daño limitado.

Que pesara la harina. Que forrara los moldes con papel.

Que colocara las pastas ya rellenas en las bandejas, en filas rectas, que eso al menos lo hacía bien, con una precisión de hombre acostumbrado a que las cosas cuadren.

Y trabajaron codo con codo en el poco espacio del obrador, chocándose los brazos al alcanzar el mismo cajón, pidiéndose la espátula, el azúcar, el paño, en esa coreografía torpe de dos cuerpos que no se conocen todavía moviéndose en una cocina pequeña.

Hubo un rato largo en que no hablaron, solo trabajaron, con la radio de fondo y el horno zumbando, y a Mariona le resultó raro lo poco raro que era.

Se suponía que aquel hombre era su enemigo.

Se suponía que compartir su obrador, su reino, el sitio donde solo entraban Rosa en su memoria y la Vero cuando había gripe, tendría que haberle escocido.

Y no le escocía. Le salía natural tenerlo ahí, pasándole moldes, como si aquel hueco a su lado llevara tiempo esperando a alguien y ella no se hubiera enterado hasta esa noche.

—¿Puedo preguntar una cosa? —dijo él, en mitad del silencio, sin dejar de colocar pastas.

—Depende.

—Toda esta gente. Don Aurelio, doña Pilar, la niña del otro día, el viejo que me miraba como si fuera a robarle la cartera. —La miró de reojo—. Los cuida a todos. Se deja la piel. Y no cobra ni la mitad de lo que debería, lo he visto en las cuentas. ¿Por qué?

Mariona se encogió de hombros, sin dejar de trabajar.

—Porque alguien tiene que. Mi abuela lo hacía. Yo lo hago. —Alisó el borde de un molde—. En los pueblos, si no os cuidáis los unos a los otros, no os cuida nadie. No hay más.

Adrián se quedó callado un momento, colocando pastas rectísimas, y luego dijo, muy bajo, casi para las bandejas:

—Debe de ser bonito. Tener un sitio así. Gente así. —Y en cuanto lo dijo se arrepintió, se le notó, porque él era precisamente el que había venido a deshacer aquel sitio, y volvió a lo suyo sin añadir nada.

Mariona no dijo nada tampoco. Pero se le quedó la frase dando vueltas: debe de ser bonito tener un sitio así.

Un hombre que le sobraba el dinero, que había ganado premios, que había hecho llorar a media España, envidiándole a ella, la que iba a quedarse sin nada en febrero, un pueblo pequeño y una tienda prestada.

El mundo, pensó, estaba mal repartido de maneras que no salían en ninguna cuenta.

En la radio, encendida como siempre a esa hora, sonaba el programa de coplas y dedicatorias que ponían por la tarde, ese que escuchaban las señoras del pueblo mientras hacían la cena.

Empezó un bolero antiguo, de esos de orquesta y voz rota, una canción de amor de las de antes que la madre de la madre de cualquiera había bailado alguna vez.

Y Mariona, que estaba de espaldas montando la base de la tarta, se dio cuenta de que Adrián se había quedado quieto.

No cantaba. No tarareaba. Solo escuchaba, con las manos manchadas paradas sobre el bol, la cabeza un poco ladeada, como quien reconoce a alguien por la calle.

Al cabo de un momento, sin darse cuenta de que lo hacía, empezó a marcar el compás con los dedos sobre el mármol, muy suave, y luego, más bajo todavía, dijo, casi para sí:

—Aquí modula. Escucha. —Levantó un dedo justo antes de que la canción cambiara de tono, y cambió, exactamente donde él había dicho—. Ahí. Sube una tercera. Es un truco viejo, para romperte el corazón en el estribillo. Funcionaba entonces y funciona ahora.

Mariona se giró despacio. Era la primera vez que le oía hablar de música, y lo había hecho sin querer, arrastrado por un bolero de radio de tarde, con las manos llenas de crema.

Por un segundo no fue el hombre de la carpeta ni el forastero del abrigo caro.

Fue otra cosa. Fue el chico de las fotos de los premios, el de la sonrisa entera, asomando por una grieta.

—¿Lo echa de menos? —preguntó ella, con cuidado—. Lo de la música.

Y ahí, como una persiana, se le cerró la cara. La grieta se juntó. Volvió a coger la manga pastelera y reventó otra pasta.

—No sé de qué me habla —dijo—. Yo solo destrozo pastas.

Mariona no insistió. Ya iba aprendiendo el idioma: cuando se cerraba así, era que había llegado a la puerta de la habitación clausurada, y a esa puerta no se llamaba.

Cambió de tema, le puso otra bandeja delante, y siguieron trabajando, y poco a poco el hombre volvió a soltarse, y volvieron a reírse de sus desastres, y la tarde se les fue así, entre harina y bandejas y una radio de coplas, en la cocina caliente mientras fuera oscurecía y el pueblo cenaba.

Bizcocho contribuyó robando una pasta entera de las pocas que habían salido bien, la única que Adrián había conseguido rellenar sin que pareciera un crimen, y se la comió con descaro delante de los dos antes de que pudieran impedirlo.

—Encima me roba la obra maestra —dijo Adrián.

—Es su manera de decirte que te ha adoptado del todo. Le robas el corazón, le robas la pasta. Es un intercambio.

Se le escapó el «te». El tuteo. Llevaban desde el principio de usted, con toda la distancia y toda la hostilidad que cabe en un usted, y de pronto, entre la harina y las risas, a Mariona se le había caído sin darse cuenta.

Los dos lo notaron. Ninguno dijo nada. Pero el usted, una vez roto, no volvió a colocarse en toda la noche.

Terminaron tarde las pastas y la base de la tarta.

Lo del glaseado y el montaje lo dejaría Mariona para la mañana, con la cabeza fresca.

Adrián se lavó las manos, que tenía hechas un desastre, y ella le pasó un paño, y al pasárselo se rozaron los dedos, y fue una tontería, un roce de nada, de esos que pasan cien veces al día en una cocina compartida.

Pero ninguno de los dos apartó la mano tan deprisa como debía.

Y luego, cuando Mariona se giró para colgar su delantal, él dijo:

—Tienes harina. —Y antes de que ella pudiera limpiársela, le levantó la mano hacia la cara y le rozó la mejilla con el pulgar, despacio, quitándole la mancha que llevaba ahí desde las cinco de la tarde.

El obrador se quedó muy quieto. La radio había pasado a otra canción que ninguno de los dos oía.

Estaban muy cerca, más de lo que ninguno había decidido estar, el pulgar de él todavía en la mejilla de ella, y Mariona notó que se le olvidaba respirar como es debido, y vio en la cara de Adrián que a él le pasaba lo mismo, que también él estaba a un centímetro y medio de una tontería enorme e irreparable.

Él no retiró la mano. La bajó apenas, hasta la mandíbula de ella, con una lentitud que no tenía nada de accidental, y a Mariona el corazón se le puso a hacer cosas que no le pedía que hiciera.

Olía a mantequilla y a él, a la colonia buena de ciudad debajo de la harina.

Tenía los ojos en los de ella, esperando, dejándole a ella la última palabra, y esa cortesía —la de un hombre que se paraba a un centímetro y le cedía la decisión— fue lo que estuvo a punto de perderla del todo.

Bastaba con no moverse. Bastaba con inclinarse un dedo hacia delante.

La cocina caliente, la noche fuera, el bolero muerto en la radio, y aquel hombre imposible mirándola como no la miraba nadie desde hacía siglos, como si fuera algo más que la que arregla a los demás, como si fuera alguien a quien arreglar, a quien querer, a quien mirar así.

Y entonces Mariona se acordó.

Se acordó de los folios de la gestoría en la barra, ahí al lado, esperando.

Se acordó de la cinta láser midiéndole el dormitorio, del «esta habitación da al norte», del plazo de febrero, del apellido de la tarjeta.

Se acordó de que aquel hombre, por muy bien que cascara ya un huevo, por mucho que le temblara el fantasma de una sonrisa, había venido a quitarle la casa y se iba a ir en cuanto firmara los papeles, y de que ella se iba a quedar sin tienda, sin hogar, y encima con el corazón tonto si no lo remediaba ya.

Dio un paso atrás.

—Se hace tarde —dijo, y le salió la voz rara. Volvió al usted como quien vuelve a ponerse un abrigo—. Gracias por la ayuda. De verdad. Pero se hace tarde.

Adrián bajó la mano. Algo le pasó por la cara, decepción o alivio o las dos cosas, y asintió, y no insistió, porque él también sabía, seguramente mejor que ella, todo lo que había en aquella barra esperando entre los dos.

—Claro. —Recogió el abrigo—. Gracias por dejarme destrozarle las pastas. —Una pausa en la puerta—. Y por lo del bolero. No se lo he contado a nadie en tres años, eso de la tercera. No sé por qué se lo he contado a usted.

Y se fue, dejando la carpeta en la barra, sin cobrarse el momento, con la campanilla temblando detrás.

Mariona se quedó sola en el obrador que olía a mantequilla y a las dos manos de un hombre que no debería haber tocado.

Se llevó los dedos a la mejilla, al sitio donde había estado la harina y ahora no había nada, y se quedó así un rato tonto, con la mano en la cara, oyendo alejarse el coche cuesta arriba.

Se lo explicó a sí misma con lógica de adulta, que para eso se pagaban los años.

Que estaba sola desde que murió Rosa. Que hacía mucho que nadie la miraba a ella, que se pasaba la vida siendo mirada como se mira a la que resuelve, la que consuela, la que da.

Que era normal, entonces, que el primer hombre que la mirase de otra manera —aunque fuera el peor hombre posible, el que venía a echarla— le pusiera el corazón a hacer tonterías.

Era hambre atrasada, se dijo. Hambre de que la vieran.

No tenía nada que ver con él. Podría haber sido cualquiera.

No se lo creyó, igual que no se creía casi nada de lo que se decía para no asustarse.

Porque no habría sido cualquiera. Había sido él, el del silencio con forma de música, el que cascaba huevos como un desastre y colocaba pastas rectas como un cirujano, el que le había confesado lo de la tercera del bolero como quien enseña una herida.

Ese. El imposible. El que se iba a marchar en febrero con su casa en la carpeta.

Se dijo, con toda la firmeza de la que fue capaz, que aquello no podía volver a pasar. Que era una locura del tamaño de su propia vida. Que a partir de mañana volvería el usted, la distancia, la carpeta abierta y leída y peleada con un abogado, como debía haber hecho desde el principio.

Luego miró la carpeta de la gestoría, cerrada, en la barra, y no la abrió.

La dejó ahí, sin mirar lo que decía, un día más.

Y supo que eso, no abrir los papeles que decidían su vida por no romper del todo la magia tonta de una tarde de harina, era la cosa más peligrosa que había hecho desde que aquel hombre apareció en su esquina.